Te fuiste y ahora somos desconocidos: Historia de una madre en Madrid
—¿Por qué te fuiste, Luis? —susurré en la oscuridad del salón, con la voz rota y el corazón hecho trizas. El eco de mi pregunta se perdió entre los juguetes esparcidos y el silencio de la madrugada madrileña. Lucía dormía en su habitación, abrazada a su peluche favorito, ajena al vacío que había dejado su padre al marcharse hace ya casi dos años.
A veces, cuando el cansancio me vence y el dolor me desborda, me siento a su lado y la observo dormir. Me pregunto si algún día entenderá por qué su padre decidió desaparecer de nuestras vidas justo después de su nacimiento. Me llamo Carmen, tengo treinta y seis años, y nunca imaginé que la maternidad sería una batalla tan solitaria.
La mañana en que Luis se fue, recuerdo que llovía. Madrid parecía llorar conmigo. Apenas había salido del hospital tras dar a luz a Lucía. Él me miró con una mezcla de miedo y hastío, y solo dijo: “No puedo con esto, Carmen. No soy capaz.” Cerró la puerta y el sonido de sus pasos alejándose fue el principio de mi nueva vida.
Los primeros meses fueron un infierno. Mi madre, Pilar, venía a ayudarme cuando podía, pero ella misma estaba agotada por cuidar de mi padre enfermo. Mi hermana, Laura, vivía en Valencia y solo podía llamarme de vez en cuando. Me sentí atrapada entre pañales, noches en vela y una tristeza que me ahogaba. A veces, mientras daba el pecho a Lucía, lloraba en silencio para que no me viera débil.
—Mamá, ¿por qué papá no viene nunca? —me preguntó Lucía una tarde, con solo tres años, mientras jugábamos en el parque del Retiro. Sentí un nudo en la garganta. ¿Cómo explicarle que su padre había huido de nosotras? ¿Cómo decirle que no era culpa suya ni mía?
—A veces los mayores se asustan y no saben cómo quedarse —le respondí, acariciándole el pelo—. Pero yo siempre estaré contigo.
Lucía me miró con esos ojos grandes y tristes que había heredado de Luis. No dijo nada más, pero sentí que una grieta se abría entre nosotras. Desde entonces, cada vez que algo iba mal, cada vez que me enfadaba porque no quería cenar o porque no recogía sus cosas, ella me miraba con distancia, como si yo también pudiera marcharme en cualquier momento.
El trabajo tampoco ayudaba. Volví a mi puesto de administrativa en una pequeña gestoría del centro, pero las jornadas eran eternas y el sueldo apenas alcanzaba para pagar el alquiler y la guardería. Mis compañeros me miraban con lástima, y algunos susurraban cuando pasaba: “Pobre Carmen, la dejaron tirada con una niña tan pequeña.”
Una tarde, al recoger a Lucía de la guardería, la encontré sentada sola en un rincón. Las otras niñas jugaban entre risas, pero ella parecía un fantasma. Me agaché a su lado y le pregunté qué le pasaba.
—No quiero estar aquí —me dijo, sin mirarme—. Quiero irme a casa con papá.
Sentí que el mundo se me caía encima. ¿Cómo podía competir con un fantasma? ¿Cómo podía luchar contra la ausencia de alguien que ella idealizaba porque nunca estaba?
Las discusiones en casa se hicieron más frecuentes. Lucía empezó a tener rabietas, a gritarme que no la entendía, que no era como las otras madres. Una noche, después de una pelea por los deberes, me gritó: “¡Eres una extraña! ¡No eres mi madre de verdad!”
Me encerré en el baño y lloré hasta quedarme sin lágrimas. Me miré al espejo y vi a una mujer derrotada, con ojeras y el pelo sin arreglar. ¿En qué momento me había perdido a mí misma? ¿Cuándo dejé de ser Carmen para convertirme solo en la madre de Lucía?
Intenté pedir ayuda. Fui a hablar con la orientadora del colegio, con la psicóloga del centro de salud. Me dijeron que era normal, que los niños sufren cuando hay rupturas familiares, que debía tener paciencia. Pero nadie me enseñó cómo reconstruir la confianza de mi hija, cómo curar su dolor ni el mío.
Mi madre me repetía: “Tienes que ser fuerte por Lucía.” Pero yo solo quería que alguien fuera fuerte por mí, aunque fuera un instante. Mi padre murió ese invierno y sentí que el poco apoyo que tenía se desmoronaba. Laura vino unos días desde Valencia, pero pronto tuvo que marcharse. Me quedé sola otra vez.
Los fines de semana eran los peores. Veía a las familias paseando juntas por el parque, padres jugando con sus hijos, madres riendo despreocupadas. Yo solo podía fingir una sonrisa para que Lucía no notara mi tristeza. Pero los niños lo notan todo.
Una noche, mientras le leía un cuento, Lucía me interrumpió:
—Mamá, ¿tú también te vas a ir algún día?
Sentí que el corazón se me partía en dos. La abracé con todas mis fuerzas y le prometí que nunca la dejaría. Pero en mi interior dudaba de mi propia fortaleza.
Ahora Lucía tiene cinco años y cada día es una lucha. Hay días en los que parece que todo va mejor, en los que reímos juntas y compartimos secretos. Pero hay otros en los que la distancia entre nosotras es un abismo imposible de cruzar.
A veces me pregunto si he hecho algo mal, si podría haber luchado más por mantener a Luis a nuestro lado, si debería haber sido más paciente, más comprensiva, menos exigente conmigo misma y con los demás.
Pero también sé que he dado todo lo que tengo, que he amado a mi hija con cada fibra de mi ser, aunque a veces no sepa cómo demostrárselo.
¿De verdad somos extrañas? ¿O solo somos dos heridas intentando encontrarse de nuevo? ¿Alguna vez habéis sentido que lo dais todo y aún así no es suficiente?