Todos lo sabían, menos yo: Vivir entre mentiras en un bloque de pisos madrileño
—¿Por qué huele a perfume de mujer si yo no he salido hoy?—me pregunté en voz baja, mientras colgaba mi abrigo empapado en el perchero del pasillo. El reloj marcaba las once y media y la lluvia golpeaba los cristales del piso como si quisiera entrar. Mi hija, Paula, dormía en su cuarto. Mi marido, Sergio, no estaba. Otra vez.
Me senté en el sofá, con el corazón encogido y la cabeza llena de dudas. El móvil vibró: “No me esperes despierta, tengo mucho trabajo”. Mentira. Lo supe en ese instante, como si una venda se me cayera de los ojos. Pero ¿por qué ahora? ¿Por qué después de diecisiete años juntos, después de tantas cenas familiares, cumpleaños y domingos de paseo por el Retiro?
No pude dormir. A las dos de la madrugada oí la puerta. Sergio entró de puntillas, creyendo que yo estaría dormida. Me levanté y lo enfrenté en el pasillo.
—¿De dónde vienes?—le pregunté, la voz temblorosa.
Él bajó la mirada.—Del trabajo, Lucía. Ya te lo he dicho.
—¿Y ese perfume? ¿Y esa mancha de carmín en el cuello de tu camisa?
Sergio se quedó helado. Por un segundo pensé que iba a negarlo todo, pero solo suspiró y se apoyó contra la pared.
—No quería que te enteraras así…
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. No hacía falta que dijera más. Me fui al dormitorio y cerré la puerta con llave. Lloré hasta quedarme sin lágrimas.
A la mañana siguiente, mientras preparaba el desayuno para Paula, intenté fingir normalidad. Pero ella me miró con esos ojos grandes e inteligentes que siempre han visto más de lo que yo quisiera.
—¿Mamá, por qué has llorado?—me preguntó con voz suave.
No supe qué responderle. ¿Cómo explicarle a una niña de doce años que su padre ya no era el hombre que yo creía?
Pasaron los días y la tensión en casa era insoportable. Sergio dormía en el sofá y evitaba mirarme a los ojos. Yo apenas podía comer. Mi madre, Carmen, vino a visitarnos y enseguida notó algo raro.
—Lucía, hija, ¿qué pasa aquí?—me preguntó mientras fregábamos los platos juntas.
No pude más y rompí a llorar en sus brazos.—Me ha engañado, mamá. Y no sé qué hacer.
Ella me abrazó fuerte.—Tienes que ser valiente, por ti y por Paula. No eres la primera ni serás la última mujer a la que le pasa esto.
Pero lo peor estaba por llegar. Una tarde, mientras recogía a Paula del colegio, vi a mi mejor amiga, Marta, esperándome junto al parque. Llevábamos veinte años compartiendo secretos, risas y lágrimas. Me acerqué a ella buscando consuelo.
—Marta, necesito hablar contigo…
Pero antes de que pudiera decir nada, vi el miedo en sus ojos. Y entonces lo supe.
—¿Eres tú?—le susurré.
Ella bajó la cabeza.—Lucía, lo siento… No quería hacerte daño…
Sentí náuseas. Todo encajaba: las llamadas perdidas, las excusas para no quedar conmigo, las miradas esquivas en las reuniones del colegio. Todos lo sabían menos yo.
Me alejé corriendo, sin mirar atrás. Esa noche no pude dormir. Me sentía humillada, traicionada por las dos personas en las que más confiaba.
Los días siguientes fueron un infierno. En el bloque de pisos todos parecían saberlo: las vecinas cuchicheaban cuando pasaba por el portal; la portera me miraba con lástima; incluso los padres del colegio evitaban mi mirada. Madrid puede ser una ciudad enorme, pero en un bloque como el nuestro los secretos no duran mucho.
Una tarde, mientras recogía la ropa tendida en la azotea, me encontré con Pilar, una vecina mayor que siempre había sido amable conmigo.
—Lucía, hija… No te encierres en casa. Sal a pasear, habla con alguien… No dejes que esto te hunda.
Sus palabras me hicieron pensar. ¿Por qué debía esconderme yo? ¿Por qué debía sentir vergüenza si los que habían mentido eran otros?
Decidí pedir ayuda profesional. Empecé terapia y poco a poco fui reconstruyendo mi autoestima. Paula fue mi motor: necesitaba una madre fuerte y serena.
Sergio intentó pedirme perdón varias veces.—Fue un error… No sé cómo pasó… Marta estaba sola… Yo también…
Pero ya no podía creerle. Había cruzado una línea que no tenía vuelta atrás.
El divorcio fue duro y largo. Tuvimos discusiones por todo: la custodia de Paula, el piso, hasta por quién se quedaba con el perro. Marta desapareció de mi vida; su traición fue demasiado grande para perdonarla.
Con el tiempo aprendí a vivir sola. Redescubrí Madrid: paseos por el Rastro los domingos, tardes de cine con Paula, cafés con nuevas amigas del trabajo. Mi madre fue mi mayor apoyo; sin ella no habría salido adelante.
A veces aún me despierto sobresaltada por las noches, recordando aquellos días oscuros. Pero también siento orgullo: sobreviví al dolor y aprendí a quererme otra vez.
Ahora miro a Paula y veo en sus ojos la fuerza que yo misma he recuperado. Sé que nunca podré olvidar lo ocurrido, pero tampoco quiero vivir anclada al pasado.
¿Quién no ha sentido alguna vez que vivía entre mentiras? ¿Cuántas veces nos negamos a ver lo evidente por miedo a perderlo todo? Quizá la verdadera valentía sea atreverse a mirar de frente la verdad y empezar de nuevo.