Una decisión bajo la lluvia: El precio de la dignidad

—¿Mamá, por qué no cenamos hoy? —La voz de Lucía, mi hija pequeña, retumbó en el pasillo helado del piso. Me quedé quieta, con la espalda apoyada en la puerta, las bolsas vacías en la mano y el corazón encogido. No podía mirarla a los ojos. No podía decirle que el frigorífico estaba tan vacío como mi esperanza.

Esa noche de noviembre, la lluvia golpeaba los cristales con furia. Mi hijo mayor, Sergio, intentaba distraer a su hermana con un viejo móvil sin batería. Yo me senté en la mesa y miré las facturas apiladas: luz, agua, alquiler. Todo era urgente. Todo era imposible. Desde que Juan se fue con otra mujer y nos dejó con sus deudas, cada día era una batalla perdida.

—Mamá, ¿no tienes hambre? —insistió Lucía.
—No, cariño. Ya he comido en el trabajo —mentí.

Pero esa tarde me habían despedido del supermercado. «No podemos mantener a nadie más», me dijo el encargado, sin mirarme a la cara. Salí bajo la lluvia, sin paraguas, sintiendo que el mundo se encogía a mi alrededor.

Esa noche, mientras mis hijos dormían abrazados para darse calor, yo lloré en silencio. Pensé en llamar a mi hermana Pilar, pero hacía meses que no hablábamos. Desde que le pedí dinero y no pude devolvérselo, nuestra relación se rompió. Mi madre, enferma en un pueblo de Toledo, apenas podía ayudarse a sí misma.

Al día siguiente, recorrí las calles de Vallecas buscando trabajo. En cada bar, en cada tienda, la respuesta era la misma: «Lo siento, no necesitamos a nadie». Al volver a casa, vi a Doña Rosario, la vecina del tercero, sacando bolsas de comida del coche. Me acerqué con vergüenza.

—Rosario, ¿te sobra algo de pan?
Ella me miró de arriba abajo y suspiró.
—Carmen, tú antes eras muy orgullosa. ¿Qué ha pasado?
—La vida —respondí bajito.
Me dio una barra dura y un par de yogures caducados.

Esa noche, mientras partía el pan para mis hijos, sentí una rabia sorda. ¿Por qué tenía que mendigar? ¿Por qué nadie veía nuestro sufrimiento?

A la semana siguiente, la situación era insostenible. Sergio empezó a faltar al instituto porque no tenía ropa limpia ni para el frío. Lucía tosía por las noches; no podía llevarla al médico porque debía tres meses del seguro. Una tarde, mientras buscaba monedas entre los cojines del sofá, vi una cartera olvidada en el portal. Era de un vecino nuevo, don Álvaro, un hombre mayor y solitario.

La abrí temblando: billetes de cincuenta euros y una tarjeta del banco. Dudé unos segundos eternos. Pensé en devolverla. Pensé en mis hijos. Pensé en mi dignidad.

Esa noche compré comida caliente y leche para Lucía. Cuando Sergio vio la mesa llena por primera vez en semanas, me abrazó llorando.
—Gracias, mamá. Eres la mejor.

Pero yo no podía dormir. Al día siguiente, don Álvaro pegó carteles por el portal: «Se ha perdido cartera con documentos importantes». Cada vez que lo veía subir las escaleras cabizbajo, sentía un nudo en el estómago.

Una tarde, Pilar apareció en casa sin avisar.
—Carmen, me ha llamado mamá preocupada. ¿Qué pasa?
No pude contenerme y le conté todo entre lágrimas: el despido, las facturas, la cartera.
—¿Estás loca? ¡Eso es robar! —me gritó.
—¿Y qué harías tú si tus hijos pasan hambre? —le respondí desafiante.

Discutimos como nunca antes. Pilar se fue dando un portazo y yo me quedé sola con mi culpa.

Días después, llamaron a la puerta. Era don Álvaro con dos policías.
—¿Ha visto usted mi cartera? —preguntó serio.
Negué con la cabeza mientras sentía que me ahogaba.

Esa noche no dormí. Al amanecer, bajé al portal y dejé la cartera —con menos dinero— en su buzón. No podía seguir viviendo así.

Al día siguiente encontré una nota bajo mi puerta:
«Gracias por devolver mis documentos. Si necesita ayuda, no dude en llamarme».

Me derrumbé en el suelo y lloré como nunca antes. No por vergüenza ni por miedo; lloré por sentirme invisible en un mundo donde nadie pregunta cómo estás hasta que cometes un error.

Con el tiempo encontré trabajo limpiando casas y poco a poco salimos adelante. Pero nunca olvidaré esa noche bajo la lluvia ni el sabor amargo de la desesperación.

A veces me pregunto: ¿Qué harías tú si tuvieras que elegir entre tu dignidad y el hambre de tus hijos? ¿Cuántas Carmen hay en España que callan su dolor cada día?