Una sola frase de mi marido destrozó mi mundo: Al borde del abismo en Madrid
—No te quiero, Lucía. No sé si alguna vez te quise.
La voz de Luis retumbó en el salón como un trueno inesperado. Era una noche de viernes cualquiera en nuestro piso de Chamberí, con el olor a tortilla de patatas todavía flotando en el aire y la televisión encendida de fondo. Me quedé paralizada, con el cuchillo a medio camino entre la tabla y el plato. ¿Había escuchado bien? ¿Era una broma cruel? Pero su mirada, fría y cansada, no dejaba lugar a dudas.
—¿Cómo dices? —pregunté, con la voz temblorosa.
Luis suspiró, se pasó la mano por el pelo y evitó mirarme a los ojos.
—No puedo seguir fingiendo. Estoy vacío. No eres tú, soy yo…
La frase más gastada del mundo, pero en ese momento sentí cómo mi pecho se rompía en mil pedazos. Llevábamos quince años juntos, desde la universidad. Habíamos construido una vida: hipoteca, dos hijos, cenas con los suegros los domingos y vacaciones en la playa de Sanlúcar cada verano. ¿Cómo podía ser que todo eso no significara nada?
Me encerré en el baño y me miré al espejo. Tenía el rímel corrido y la cara desencajada. Recordé a mi madre, Carmen, siempre tan pendiente de las apariencias: “Lucía, una mujer debe saber mantener su casa y su matrimonio”. ¿Qué pensaría ahora si supiera que su hija estaba al borde del abismo?
Esa noche no dormí. Escuchaba los pasos de Luis por el pasillo, el crujido de la madera bajo sus pies. Me pregunté si él también estaría llorando o si ya había pasado página. Al amanecer, fui al cuarto de los niños. Marta dormía abrazada a su peluche favorito; Álvaro roncaba suavemente. ¿Cómo les iba a explicar que papá y mamá ya no se querían?
El día siguiente fue un desfile de silencios incómodos y miradas esquivas. Luis se fue temprano “a despejarse”. Yo me senté en la cocina con mi hermana Elena al teléfono.
—¿Pero te ha dicho si hay otra? —preguntó ella, directa como siempre.
—No lo sé… No me atrevo a preguntarle —respondí entre sollozos.
—Tienes que ser fuerte, Lucía. Por ti y por los niños. No puedes dejar que te hunda.
Pero yo ya estaba hundida. Me sentía como una sombra en mi propia casa. Los días siguientes fueron una sucesión de rutinas vacías: llevar a los niños al colegio, hacer la compra en el Mercadona de la esquina, fingir normalidad ante los vecinos y los padres del colegio. Nadie sospechaba nada; todos pensaban que seguíamos siendo la pareja perfecta.
Una tarde, mientras doblaba ropa en silencio, escuché a Luis hablando por teléfono en el balcón.
—Sí, te echo de menos… No sé cuánto más podré aguantar así —susurró.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Había otra mujer. De repente todo encajó: sus ausencias, su frialdad, las excusas para llegar tarde… Me invadió una rabia sorda que me hizo temblar las manos.
Esa noche le enfrenté.
—¿Quién es ella?
Luis bajó la cabeza y no dijo nada. Su silencio fue peor que cualquier confesión.
—¿Por qué? ¿Qué he hecho mal? —grité.
—Nada… Simplemente se acabó —murmuró.
Me sentí humillada, traicionada, vacía. Llamé a mi madre buscando consuelo, pero solo encontré reproches.
—¿Ves? Ya te lo decía yo… No debiste dejar tu trabajo por él. Ahora mira cómo te paga —sentenció Carmen.
Me sentí aún más sola. Elena fue la única que me apoyó sin juzgarme. Venía cada tarde a casa para ayudarme con los niños y escuchar mis lamentos.
—No eres menos mujer por esto —me repetía—. Eres valiente por seguir adelante.
Pero yo no me sentía valiente; me sentía rota. Empecé a ir a terapia porque no podía soportar la ansiedad ni las noches en vela. La psicóloga me animó a escribir un diario para sacar fuera todo el dolor. Así descubrí que llevaba años perdiéndome a mí misma entre las exigencias de ser madre, esposa e hija ejemplar.
El divorcio fue un proceso largo y doloroso. Luis se mudó a un piso pequeño cerca del Retiro y los niños iban y venían entre dos casas como si fueran maletas. Las cenas familiares se convirtieron en campos de batalla: mi madre criticando cada decisión que tomaba; mi padre callando para no meterse; Elena intentando mediar sin éxito.
Un día Marta me preguntó:
—Mamá, ¿por qué papá ya no vive aquí?
No supe qué decirle. Solo la abracé fuerte y lloramos juntas.
Poco a poco empecé a reconstruirme. Volví a trabajar como administrativa en una pequeña empresa del barrio. Recuperé amistades que había dejado de lado por centrarme tanto en mi familia. Aprendí a disfrutar de mi soledad: paseos por el Retiro, tardes de cine con Elena, risas con mis hijos los fines de semana.
Pero las cicatrices siguen ahí. Cada vez que veo a Luis con su nueva pareja por el barrio siento una punzada en el pecho. A veces me pregunto si alguna vez podré volver a confiar en alguien o si este dolor será siempre parte de mí.
¿De verdad es posible reconstruirse después de una traición así? ¿O simplemente aprendemos a vivir con las grietas?