Vendida como una carga: El milagro en la Sierra de Gredos
—¡No vales nada, Lucía! —gritó mi madre mientras me empujaba hacia la puerta de la casa, el eco de su voz rebotando en las paredes de piedra. Tenía diecisiete años y el frío de la sierra me calaba los huesos, pero dolía más el desprecio en sus ojos. Mi padre, sentado junto al fuego, ni siquiera levantó la vista. «Una boca menos que alimentar», murmuró, y sentí que el suelo se abría bajo mis pies.
En nuestro pueblo, perdido entre los pinos y las nieblas de la Sierra de Gredos, las mujeres valían lo que podían dar: hijos, trabajo, silencio. Yo, tras dos años de matrimonio con Tomás —un hombre veinte años mayor que yo, elegido por mi familia—, no había conseguido quedarme embarazada. Las vecinas cuchicheaban, mi suegra me miraba con asco y mi marido, cada vez más frío, apenas me dirigía la palabra. «Estás maldita», me dijo una noche, y desde entonces dormía solo, dejándome a mí el catre junto a la ventana rota.
La decisión se tomó sin consultarme. Una tarde, mi madre me llevó de la mano hasta la casa de Don Eusebio, el hombre más rico del pueblo, y allí, delante de todos, me entregó a cambio de una mula y dos sacos de trigo. «No sirve para nada, pero al menos te limpiará la casa», dijo mi madre. Sentí que me arrancaban el alma. Don Eusebio, un viudo hosco y amargado, me miró de arriba abajo y asintió. «Que no me des problemas, muchacha. Aquí no hay sitio para inútiles.»
Los días en la casa de Don Eusebio eran una sucesión de trabajos interminables y silencios pesados. Me levantaba antes del alba para encender la lumbre, ordeñar las cabras y limpiar cada rincón. Si algo no estaba perfecto, me gritaba o me lanzaba lo primero que tenía a mano. Por las noches, lloraba en silencio, preguntándome qué había hecho para merecer ese destino. Nadie en el pueblo me hablaba; era la estéril, la vendida, la vergüenza de mi familia.
Pero en el pueblo había alguien aún más marginado que yo: Ramón, el loco. Vivía en una cabaña apartada, entre los robles, y decían que hablaba solo y veía cosas que no existían. Los niños le tiraban piedras y los adultos le evitaban. Un día, mientras recogía leña cerca de su cabaña, me sorprendió su voz: —¿Por qué lloras, Lucía?
Me asusté, pero su mirada era limpia, sin juicio. Me senté en una piedra y, por primera vez en años, hablé. Le conté mi historia, mis miedos, la soledad. Ramón escuchó en silencio y, cuando terminé, me dijo: —No estás rota. Hay cosas que no se ven, heridas que otros no entienden. Pero tú no eres una carga.
A partir de ese día, empecé a visitarle en secreto. Ramón me enseñó a leer las plantas, a escuchar el bosque, a encontrar belleza en lo pequeño. Me regaló un cuaderno y un lápiz, y me animó a escribir mis pensamientos. Poco a poco, sentí que volvía a respirar. Pero la tranquilidad no duró mucho.
Una tarde, Don Eusebio me sorprendió volviendo de la cabaña de Ramón. Me acusó de perder el tiempo, de traer la desgracia a su casa. Me encerró en el granero y, durante días, sólo me daba pan duro y agua. Pensé que moriría allí, olvidada como un animal. Pero Ramón, arriesgando todo, vino una noche y forzó la puerta. —No puedes quedarte aquí, Lucía. Ven conmigo.
Huimos al bosque. Durante semanas, vivimos escondidos, alimentándonos de lo que encontrábamos. Ramón me cuidó como nadie lo había hecho nunca. Una noche, mientras mirábamos las estrellas, me confesó su secreto: él también había sido rechazado por su familia, acusado de cosas que no había hecho. «La gente teme lo que no entiende», me dijo. «Pero tú y yo no somos lo que ellos dicen.»
El invierno llegó y, con él, la enfermedad. Caí enferma de fiebre y Ramón, desesperado, fue al pueblo a pedir ayuda. Nadie quiso escucharle. Sólo una mujer, Carmen, la curandera, se apiadó de nosotros. Me cuidó hasta que recuperé las fuerzas. Durante mi convalecencia, Carmen descubrió algo que cambiaría mi vida: no era estéril. Un problema sencillo, una infección mal curada, había impedido que me quedara embarazada. Con el tratamiento adecuado, podría tener hijos.
La noticia corrió como la pólvora. Mi familia, al enterarse, intentó recuperarme, pero yo ya no era la misma. Me negué a volver. Don Eusebio, furioso, intentó denunciar a Ramón por secuestro, pero el pueblo, avergonzado por su crueldad, se puso de nuestro lado. Por primera vez, sentí que tenía una voz.
Con el tiempo, Ramón y yo construimos una vida juntos, lejos de los prejuicios. Adoptamos a niños huérfanos y llenamos la cabaña de risas y amor. Mi familia nunca me pidió perdón, pero aprendí a perdonarles para poder seguir adelante.
A veces, cuando paseo por el bosque y escucho el viento entre los árboles, me pregunto: ¿Cuántas Lucías habrá aún, vendidas como cargas, silenciadas por mentiras? ¿Cuándo aprenderemos a mirar más allá de los prejuicios y ver el valor de cada persona? ¿Y tú, qué harías si te vendieran como una carga?