Volver a Encontrarnos: El Silencio de Lucía

—¿Por qué no nos llama? —pregunté en voz baja, casi temiendo la respuesta, mientras recogía los platos del desayuno. Mi marido, Fernando, ni siquiera levantó la vista del periódico. El silencio de Lucía, nuestra única hija, era como una sombra que se colaba por cada rincón de la casa desde hacía meses. Desde que se casó con Álvaro, apenas sabíamos de ella. Un mensaje escueto por WhatsApp, alguna foto en Instagram y poco más.

Recuerdo el día de su boda como si fuera ayer. Lucía estaba radiante, pero yo sentía un nudo en el estómago. No era celos, era miedo. Miedo a perderla, a que su nueva vida la alejara de nosotros. Y, sin embargo, nunca imaginé que el silencio sería tan absoluto.

—Quizá está ocupada —dijo Fernando finalmente, pero su voz sonaba hueca. Sabía que él también sufría. Por las noches lo veía mirar el móvil, esperando un mensaje que nunca llegaba.

Una tarde de domingo, mientras llovía sobre Madrid y la televisión murmuraba de fondo, decidí llamarla. El tono sonó varias veces antes de que Lucía contestara:

—¿Sí, mamá?
—Hola, cariño… ¿Todo bien? Hace tiempo que no hablamos.
—Sí, todo bien. Estoy liada con el trabajo y… bueno, ya sabes.

Sentí cómo se me encogía el corazón. Su voz era distante, casi fría. Quise preguntarle si estaba enfadada, si habíamos hecho algo mal, pero me contuve. No quería parecer una madre pesada.

Colgué con una sensación amarga. Fernando me abrazó en silencio. Esa noche apenas dormí. Me preguntaba en qué momento habíamos empezado a perderla. ¿Fue cuando discutimos por su decisión de mudarse al otro lado de la ciudad? ¿O cuando le reproché que ya no venía a comer los domingos?

Pasaron las semanas y el vacío creció. En Navidad, Lucía y Álvaro vinieron a cenar. La mesa estaba llena de comida y recuerdos, pero las palabras eran escasas. Noté cómo Lucía evitaba mi mirada. En un momento dado, mientras recogíamos los platos en la cocina, me armé de valor:

—Lucía, ¿he hecho algo para que estés así conmigo?
Ella dejó el plato en el fregadero y suspiró.
—Mamá… siempre estás encima de mí. Nunca te parece suficiente lo que hago. Desde que me casé siento que nada te parece bien.

Me quedé helada. Quise defenderme, decirle que solo me preocupaba por ella, pero entendí que mis palabras podían herir más que sanar. Me limité a asentir y la abracé torpemente.

Esa noche lloré en silencio junto a Fernando. Él intentó consolarme:
—Quizá deberíamos dejarle espacio. A veces los hijos necesitan equivocarse solos.

Pero yo no quería resignarme a perderla.

Un día recibí una llamada inesperada de mi hermana Carmen:
—He visto a Lucía en el mercado y me ha parecido triste. ¿Por qué no intentas hablar con ella sin reproches?

Me pasé la tarde pensando en esas palabras. Recordé cuando Lucía era pequeña y venía corriendo a mis brazos después del colegio. ¿En qué momento se había roto ese hilo invisible entre nosotras?

Decidí escribirle una carta. No para reprocharle nada, sino para contarle cómo me sentía:

“Querida Lucía,
Sé que últimamente estamos distantes y quizá sea culpa mía. Solo quiero que sepas que te echo de menos cada día y que siempre estaré aquí para ti, pase lo que pase.”

No esperaba respuesta inmediata. Pero dos días después recibí un mensaje:
—¿Podemos vernos mañana para tomar un café?

Nos encontramos en una cafetería cerca de su trabajo. Lucía llegó con ojeras y una sonrisa cansada.
—Mamá… siento haber estado tan distante —dijo mientras removía el café—. Es solo que todo me supera últimamente: el trabajo, la casa… Siento que no soy suficiente ni para ti ni para Álvaro.

Le cogí la mano.
—No tienes que demostrarme nada, hija. Solo quiero verte feliz.

Lucía rompió a llorar y yo la abracé como cuando era niña.

A partir de ese día las cosas empezaron a cambiar poco a poco. Aprendí a escuchar más y juzgar menos. Fernando también hizo su parte: dejó de insistirle para que viniera todos los domingos y empezó a mandarle mensajes solo para preguntarle cómo estaba.

Un sábado cualquiera, Lucía apareció en casa con una tarta casera.
—He pensado que podríamos merendar juntos —dijo sonriendo tímidamente.

Sentí que el aire volvía a llenarse de vida.

Ahora sé que las relaciones familiares no son perfectas ni fáciles. Requieren paciencia, humildad y mucho amor. A veces hay que aprender a soltar para poder reencontrarse.

Me pregunto: ¿cuántas madres y padres habrán sentido este miedo a perder a sus hijos? ¿Cuántos habrán encontrado el valor para pedir perdón y empezar de nuevo?