“Vuelve a casa de tus padres”: Una noche, un bebé y el eco de la soledad
—¡No puedo más, Lucía! ¡Vete a casa de tus padres! —gritó Álvaro desde la puerta del dormitorio, su voz rota por el cansancio y la frustración. El llanto de mi hija, Inés, llenaba cada rincón del piso, rebotando en las paredes como un eco interminable. Eran las tres de la mañana y yo llevaba horas acunándola, intentando calmar esos cólicos que parecían desgarrarla por dentro.
Me quedé paralizada, con Inés en brazos, sintiendo cómo el suelo se abría bajo mis pies. ¿De verdad me estaba echando de casa? ¿Así, en mitad de la noche, con una niña de apenas tres semanas? No supe qué decir. Solo pude mirar a Álvaro, buscando en su rostro algún rastro del hombre con el que me casé. Pero solo vi agotamiento y rabia.
—¿De verdad quieres que me vaya? —pregunté, la voz temblorosa.
Él se pasó las manos por el pelo, desesperado.
—Necesito dormir, Lucía. No puedo más. Esto me supera. Vete unos días con tu madre, por favor.
No lloré. No entonces. Solo asentí y empecé a meter lo imprescindible en una bolsa: pañales, bodis, el peluche que mi hermana Marta le había regalado a Inés cuando nació. Mi madre contestó al teléfono a la primera llamada.
—¿Qué pasa, hija? ¿Estáis bien?
—¿Puedo ir a casa? Álvaro… no puede más —dije, tragando saliva.
—Claro que sí, cariño. Vente ya mismo.
El trayecto en taxi hasta el barrio de Chamberí fue un borrón. Inés seguía llorando y yo sentía que cada sollozo era un reproche. Mi madre me recibió en bata, con los ojos hinchados por el sueño y los brazos abiertos. Me abrazó fuerte y por fin me permití llorar.
Durante los días siguientes, la casa de mis padres se convirtió en mi refugio y mi cárcel. Mi padre intentaba animarme con bromas torpes sobre el fútbol y mi madre preparaba caldos y me ayudaba con Inés. Pero yo sentía que flotaba en una especie de limbo: ni casada ni separada, ni madre capaz ni hija adulta.
Las noches eran lo peor. Inés no dormía más de dos horas seguidas y yo me sentaba en la mecedora del cuarto que fue mío de adolescente, mirando las fotos en la pared: mi graduación, el viaje a la playa con mis amigas, la boda con Álvaro. ¿En qué momento se rompió todo?
Una tarde, Marta vino a verme. Se sentó a mi lado en la cama y me miró con esa mezcla de ternura y preocupación que solo tienen las hermanas mayores.
—¿Has hablado con Álvaro?
Negué con la cabeza.
—No sé si quiero hacerlo —admití—. Me siento tan sola…
Marta suspiró.
—Lucía, criar a un bebé es durísimo. Pero no tienes por qué hacerlo sola. Álvaro también está perdido. Quizá deberíais hablarlo los dos…
No respondí. ¿Cómo explicarle que lo que más dolía no era el cansancio ni los cólicos de Inés, sino esa sensación de abandono? Que el hombre con el que había compartido mi vida prefiriera dormir antes que estar a mi lado en el momento más vulnerable.
Esa noche soñé que volvía a casa y encontraba el piso vacío. Álvaro se había ido sin dejar rastro y yo me quedaba sola con Inés en brazos, rodeada de silencio.
Al día siguiente recibí un mensaje suyo:
“¿Cómo estáis? Lo siento mucho por todo. No sé qué me pasa.”
Me quedé mirando la pantalla durante minutos. ¿Qué le podía responder? ¿Que yo tampoco sabía quién era esa mujer agotada y triste en la que me había convertido?
Mi madre entró en la habitación y me encontró llorando otra vez.
—Hija, tienes que decidir qué quieres hacer —me dijo suavemente—. No puedes quedarte aquí para siempre.
Tenía razón. Pero ¿cómo volver a una casa donde ya no me sentía bienvenida?
Esa tarde llamé a Álvaro. Su voz sonaba apagada.
—Lucía…
—Necesitamos hablar —le interrumpí—. No solo por nosotros, sino por Inés. No puedo seguir así.
Quedamos en un parque cerca de casa, donde solíamos pasear antes de que naciera Inés. Él llegó antes que yo y se levantó al verme llegar con el carrito.
—Perdóname —dijo nada más verme—. Estoy desbordado… No sé cómo ayudarte ni cómo ayudarme a mí mismo.
Me senté frente a él y durante un rato solo escuchamos el murmullo de los niños jugando en los columpios.
—Yo también estoy desbordada —admití—. Pero necesito saber que puedo contar contigo. Que somos un equipo.
Álvaro asintió, los ojos llenos de lágrimas contenidas.
—No quiero perderte —susurró—. Ni perder esto… nuestra familia.
Nos quedamos allí mucho tiempo, sin saber muy bien cómo recomponer los pedazos rotos. Pero al menos habíamos empezado a hablar.
Volví a casa esa noche con Inés dormida sobre mi pecho y una mezcla extraña de esperanza y miedo en el estómago. Sabía que nada sería fácil a partir de ahora, pero también que no quería rendirme sin luchar por lo que habíamos construido juntos.
A veces me pregunto: ¿cuántas mujeres se sienten tan solas dentro de su propio matrimonio? ¿Cuántas callan por miedo o vergüenza? ¿Y si empezáramos a hablarlo sin tapujos?