Entre cazuelas y silencios: La batalla diaria en mi cocina
—¿Otra vez lentejas recalentadas, Lucía? —La voz de Darío retumbó en la cocina, cortando el silencio como un cuchillo afilado. Me detuve en seco, cuchara en mano, sintiendo cómo el calor de la olla subía hasta mis mejillas. No era la primera vez que lo decía, ni sería la última.
Miré el reloj: las ocho y media. Había salido del trabajo a las seis, recogido a los niños del colegio, pasado por el supermercado y, aun así, no había tenido tiempo de preparar algo “fresco” como él exigía. Me mordí el labio para no responder. Sabía que cualquier palabra podía encender una discusión y los niños estaban en el salón, haciendo los deberes.
—Mañana haré algo diferente —susurré, casi para mí misma.
Darío bufó y se sentó a la mesa sin mirarme. El sonido de su tenedor chocando contra el plato llenó la estancia. Sentí una punzada en el pecho. ¿En qué momento cocinar se había convertido en una batalla? Antes me encantaba experimentar con recetas nuevas, sorprenderle con un guiso o una tortilla española bien jugosa. Ahora todo era prisa, exigencia y ese silencio denso que se instalaba entre nosotros cada noche.
Mi hija pequeña, Marta, me miró con ojos grandes.
—Mamá, ¿puedo repetir?
Le sonreí con esfuerzo y le serví otra cucharada de lentejas. Al menos a ella le gustaban. Mi hijo mayor, Álvaro, ni levantó la vista del móvil. La adolescencia le había robado las palabras y la complicidad que antes compartíamos en la cocina.
Cuando terminé de recoger la mesa, Darío ya estaba en el sofá viendo las noticias. Me acerqué con la esperanza de romper el hielo.
—¿Te apetece que salgamos a dar un paseo después?
Él ni siquiera apartó la vista de la pantalla.
—Estoy cansado. Además, mañana madrugo.
Me senté a su lado, pero el silencio era tan incómodo que terminé levantándome al cabo de unos minutos. Fui a la cocina y abrí la ventana. El aire fresco de Madrid en marzo me despejó un poco las ideas. Miré las luces de los pisos vecinos e imaginé otras familias cenando juntas, riendo, compartiendo historias del día. ¿Sería igual en todas partes? ¿O solo yo sentía este vacío?
Recordé cuando Darío y yo nos conocimos en la universidad. Él era divertido, espontáneo; yo soñadora y llena de energía. Cocinábamos juntos en aquel piso pequeño de Lavapiés, riéndonos cuando algo salía mal. Ahora todo era diferente. La rutina nos había devorado.
—¿Por qué no compras comida preparada como las demás? —me soltó Darío una noche, sin mirarme.
—Porque tú siempre dices que lo hecho en casa sabe mejor —respondí, intentando no sonar herida.
—Pero no recalentado —remató él.
Esa frase me persiguió durante días. Empecé a sentirme invisible, como si mi esfuerzo no valiera nada. Cada vez que cocinaba, lo hacía con menos ganas. Me limitaba a cumplir con lo justo para que nadie pudiera reprocharme nada.
Un sábado por la mañana, mientras preparaba churros para los niños, mi madre me llamó por teléfono.
—Lucía, hija, te noto apagada últimamente. ¿Va todo bien?
No supe qué decirle. ¿Cómo explicarle que me sentía sola incluso rodeada de mi familia? Que cada día era una lucha contra el reloj y contra mí misma.
—Estoy cansada, mamá —admití al fin—. Siento que nadie valora lo que hago.
Ella suspiró al otro lado del teléfono.
—A veces los hombres no se dan cuenta de lo que tienen hasta que lo pierden. No te olvides de ti misma, Lucía.
Sus palabras me acompañaron todo el día. Empecé a preguntarme cuándo había dejado de pensar en mí. ¿Cuándo fue la última vez que salí con mis amigas? ¿O que me dediqué una tarde solo para mí?
Esa noche, después de cenar (una vez más algo rápido y sin gracia), me encerré en el baño y lloré en silencio. No quería que los niños me oyeran. Me miré al espejo y apenas me reconocí: ojeras profundas, piel apagada, sonrisa ausente.
Al día siguiente tomé una decisión. Preparé una tortilla de patatas como las de antes, pero esta vez la hice para mí. Puse música y bailé mientras cortaba las patatas. Cuando estuvo lista, me senté sola en la mesa del comedor y la saboreé despacio, sin prisas ni reproches.
Darío entró en la cocina sorprendido.
—¿No vas a preparar nada para cenar?
Le miré a los ojos por primera vez en mucho tiempo.
—Hoy no. Hoy ceno yo sola lo que me apetece.
Él frunció el ceño pero no dijo nada más. Los niños picotearon algo y se fueron a sus habitaciones. Por primera vez sentí una extraña paz.
Esa semana empecé a salir a caminar por el Retiro después del trabajo. Llamé a mi amiga Carmen y quedamos para tomar un café. Poco a poco fui recuperando pequeñas parcelas de mi vida que había dejado abandonadas entre cazuelas y silencios.
Darío empezó a notar el cambio. Una noche se acercó mientras yo leía en el sofá.
—¿Estás enfadada conmigo?
Suspiré.
—No estoy enfadada… Solo estoy cansada de sentirme invisible.
Él bajó la mirada y por primera vez pareció entender algo.
—No quería hacerte sentir así…
No respondí. No sabía si sus palabras cambiarían algo o si solo era un momento pasajero de conciencia. Pero esa noche dormí mejor que en mucho tiempo.
Ahora sigo cocinando, pero ya no lo hago por obligación ni esperando reconocimiento. Lo hago cuando quiero y para quien quiera compartirlo conmigo con alegría. A veces Darío se une; otras veces ceno sola o con los niños viendo una película.
Me pregunto cuántas mujeres habrá como yo, atrapadas entre fogones y expectativas ajenas… ¿Cuándo fue la última vez que pensaste solo en ti? ¿Cuándo te diste permiso para dejar de ser invisible?