¡Ayuda! Me arrepiento de haber llamado a la casamentera de mi hijo: una historia de amor, miedo y los límites del cuidado materno

—¿Pero cómo has podido hacerme esto, mamá? —La voz de Álvaro retumbó en el pasillo, tan fría y cortante que sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

No supe qué responder. Me quedé allí, con el teléfono aún temblando entre mis manos, mientras él me miraba con esos ojos oscuros que heredó de su padre. Había llamado a la casamentera, sí. Había cruzado una línea invisible, empujada por el miedo y el amor, por esa mezcla tan española de querer proteger y controlar al mismo tiempo.

Todo empezó hace unos meses, cuando vi a Álvaro llegar cada noche más tarde, con la mirada perdida y el móvil siempre en silencio. Desde que terminó con Lucía, su novia de toda la vida, no era el mismo. Apenas comía, apenas hablaba. Yo intentaba animarle con sus platos favoritos —cocido madrileño, tortilla de patatas— pero él solo apartaba el tenedor y se encerraba en su cuarto.

Una tarde, mientras doblaba su ropa, encontré una tarjeta en el bolsillo de su chaqueta: «María Eugenia López — Casamentera. Encuentra el amor que mereces». Me quedé helada. ¿Mi hijo recurriendo a una casamentera? En pleno siglo XXI, en Madrid. No podía creerlo. Pero al mismo tiempo sentí un alivio extraño: al menos estaba intentando rehacer su vida.

No pude evitarlo. La inquietud me devoraba por dentro. ¿Y si esa mujer era una estafadora? ¿Y si le rompían el corazón otra vez? Así que marqué el número, sin pensarlo dos veces.

—¿María Eugenia? Soy Carmen, la madre de Álvaro. Quería hablar con usted sobre mi hijo…

La conversación fue breve y tensa. María Eugenia me aseguró que todo era confidencial, que no podía darme detalles. Pero yo insistí, le pregunté si Álvaro estaba bien, si había conocido a alguien decente. Ella se mantuvo profesional, pero noté un matiz de reproche en su voz.

Esa noche Álvaro llegó antes de lo habitual. Yo estaba en la cocina, removiendo una olla de lentejas, cuando escuché la puerta cerrarse de golpe.

—¿Has llamado tú a María Eugenia? —preguntó desde el umbral.

Me quedé paralizada. ¿Cómo lo había sabido? ¿Se lo habría dicho ella? ¿O simplemente me conocía demasiado bien?

—Solo quería ayudarte… —balbuceé—. Me preocupas mucho, hijo.

Él se pasó las manos por el pelo, desesperado.

—¡No puedes meterte así en mi vida! ¡No soy un niño! ¿No te das cuenta de que esto me humilla?

Sentí cómo se me rompía algo por dentro. Recordé cuando era pequeño y venía corriendo a mis brazos después de caerse en el parque. Ahora era un hombre hecho y derecho, pero para mí seguía siendo mi niño.

Los días siguientes fueron un infierno. Álvaro apenas me dirigía la palabra. Comía fuera o cenaba en su cuarto. Mi marido, Antonio, intentaba mediar:

—Carmen, tienes que dejarle espacio. Los chicos ahora hacen las cosas de otra manera…

Pero yo no podía dormir. Me sentía culpable y sola. Mi hermana Pilar me llamó para preguntarme por Álvaro y terminé llorando al teléfono.

—Lo has hecho por amor —me consoló—. Pero tienes que pedirle perdón.

Una tarde me armé de valor y llamé a la puerta de su habitación.

—¿Puedo pasar?

Silencio.

—Solo quiero hablar contigo un momento —insistí.

Al final abrió la puerta. Tenía ojeras y la barba sin afeitar.

—Lo siento mucho, hijo —dije con la voz temblorosa—. No tenía derecho a intervenir así en tu vida. Solo… solo tengo miedo de verte sufrir otra vez.

Él suspiró y se sentó en la cama.

—Mamá, sé que lo haces porque me quieres. Pero tienes que confiar en mí. No puedes protegerme siempre.

Nos quedamos en silencio unos segundos. Luego me abrazó, y sentí cómo se me aflojaba el nudo en el pecho.

A partir de ese día intenté cambiar. Me obligué a no preguntar tanto, a no revisar sus cosas ni sus mensajes. Pero no era fácil. Cada vez que salía por la puerta sentía una punzada de ansiedad: ¿y si volvía a equivocarse? ¿Y si le hacían daño?

Un domingo por la tarde vino a casa con una chica nueva: Marta. Era simpática y educada, aunque noté que me miraba con cierta desconfianza. Supongo que Álvaro le habría contado todo.

Durante la comida intenté ser amable y no entrometerme demasiado. Pero cuando Marta fue al baño, no pude evitar preguntarle:

—¿Estás bien? ¿Te hace feliz?

Álvaro sonrió con tristeza.

—Estoy aprendiendo a ser feliz por mi cuenta, mamá. Eso es lo importante.

Esa noche me quedé pensando en sus palabras. ¿Hasta dónde debe llegar el amor de una madre? ¿Dónde está el límite entre cuidar y controlar?

A veces pienso que las madres españolas llevamos esa carga extra: queremos proteger tanto a nuestros hijos que olvidamos dejarles volar solos. Pero también sé que no hay amor más grande ni más difícil que este.

¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Dónde pondríais el límite entre ayudar y dejar ir?