¡Ayuda! Mi nuera está enfadada y está alejando a mi hijo de mí: ¿Qué puedo hacer?
—No lo entiendo, mamá. ¿Por qué no puedes simplemente ceder el piso?— La voz de Sergio, mi hijo, retumbó en el pequeño salón, mientras yo apretaba los puños para no romper a llorar delante de él y de Lucía, mi nuera.
No era la primera vez que teníamos esta conversación, pero sí la más tensa. Lucía me miraba con esos ojos fríos, cruzada de brazos, como si yo fuera una extraña en mi propia casa. El piso donde he vivido los últimos treinta años, el mismo donde crié a Sergio y donde aún guardo las fotos de su primera comunión en la estantería del pasillo, se había convertido de repente en el campo de batalla de nuestra familia.
Todo empezó hace seis meses, cuando Lucía y Sergio vinieron a cenar un domingo. Entre risas y tortilla de patatas, Lucía soltó la bomba:
—¿Y si intercambiamos los pisos? El tuyo es más grande y tiene ascensor. Nos vendría genial ahora que estoy embarazada.
Me quedé helada. Mi piso es mi vida. El suyo, aunque más nuevo, es pequeño y está lejos del centro. Les expliqué que no podía, que aquí tenía mis recuerdos, mis amigas del barrio, la farmacia de toda la vida… Pero Lucía insistió. Y Sergio, por primera vez, no me defendió.
Desde entonces, todo ha ido cuesta abajo. Lucía dejó de saludarme con cariño y empezó a poner excusas para no venir a verme. Sergio cada vez me llama menos. Cuando lo hace, noto su voz distante, como si le costara hablar conmigo.
El otro día, al salir del supermercado, me encontré con Carmen, mi vecina de toda la vida. Me preguntó por Sergio y no pude evitar romper a llorar en plena calle.
—No sé qué hacer, Carmen. Siento que estoy perdiendo a mi hijo.
Ella me abrazó y me dijo que hablara con él a solas. Que las nueras van y vienen, pero los hijos son para siempre. Pero yo ya no estoy tan segura.
Ayer por la tarde, Sergio vino solo. Se sentó en el sofá y miró el suelo durante un rato largo.
—Mamá… Lucía está muy dolida. Dice que no la aceptas en la familia. Que prefieres tu piso a nosotros.
Me temblaron las manos.
—Eso no es cierto, hijo. Sabes que os quiero más que a nada. Pero este piso… es todo lo que tengo. Aquí viví con tu padre, aquí creciste tú…
Sergio suspiró y se levantó.
—No sé qué hacer. Solo quiero que estemos bien todos.
Se fue sin darme un beso. Me quedé sentada en el sofá, mirando la foto de nuestra última Navidad juntos.
Hoy he recibido un mensaje de Lucía: «No hace falta que vengas al hospital cuando nazca el bebé».
Me he pasado toda la tarde llorando. Me siento sola, incomprendida y culpable. ¿Debería haber cedido? ¿Estoy siendo egoísta por querer quedarme en mi casa?
He pensado en llamar a Lucía e intentar hablar con ella, pero tengo miedo de empeorar las cosas. No quiero perder a mi nieto antes siquiera de conocerlo.
Esta noche apenas he dormido. He recordado cuando Sergio era pequeño y venía corriendo a abrazarme después del colegio. Ahora parece que hay un muro entre nosotros que no sé cómo derribar.
¿Alguien ha pasado por algo parecido? ¿Qué haríais en mi lugar? ¿De verdad estoy perdiendo a mi hijo por culpa de un piso?
A veces me pregunto: ¿vale la pena sacrificar mis recuerdos y mi hogar por mantener unida a mi familia? ¿O debería luchar por lo que es mío aunque eso signifique quedarme sola?