Cuando mi familia política me dio la espalda: una historia de dolor y renuncia

—¿De verdad vas a dejarme sola otra vez, Sergio? —le pregunté con la voz quebrada, mientras él recogía las llaves del coche sin mirarme a los ojos.

—No empieces, Lucía. Sabes que mi madre me necesita —respondió, casi en un susurro, como si temiera que alguien más pudiera oír la verdad de nuestra rutina.

Era la tercera vez esa semana que Sergio salía corriendo a casa de su madre, Carmen, porque le dolía la espalda o porque simplemente se sentía sola. Yo, en cambio, llevaba dos semanas con fiebre y una tos que no me dejaba dormir. Nadie preguntó por mí. Nadie llamó para saber si necesitaba algo. Ni siquiera Sergio.

Recuerdo el día de nuestra boda como si fuera ayer. El salón de bodas en Toledo estaba lleno de risas y brindis, pero yo solo veía miradas frías y sonrisas forzadas desde la mesa de la familia de Sergio. Su hermana, Marta, ni siquiera se molestó en saludarme. Su padre, don Manuel, me dedicó un apretón de manos tan rápido como el de un político en campaña. Pensé que con el tiempo todo cambiaría. Qué ingenua fui.

Durante los primeros años, intenté ganármelos. Les llevaba dulces caseros en Navidad, ayudaba a Carmen con las compras y hasta acompañaba a don Manuel a sus revisiones médicas. Como enfermera, era casi mi deber cuidar de ellos. Pero cada gesto era recibido con indiferencia o, peor aún, con desconfianza.

—No hace falta que vengas, Lucía. Ya me apaño yo —me decía Carmen cada vez que intentaba acompañarla al médico.

Pero cuando Marta tuvo a su primer hijo y necesitó ayuda con las vacunas y los controles del bebé, fui la primera a la que llamaron. Y yo acudí sin dudarlo, porque así soy yo: incapaz de decir que no cuando alguien me necesita.

Las cosas empeoraron cuando mi madre enfermó. Vivíamos en un piso pequeño en el centro de Madrid y yo tenía que hacer malabares entre el hospital, mi trabajo y cuidar de ella. Sergio apenas se asomaba por casa; siempre tenía una excusa para irse antes o llegar tarde. Su familia ni siquiera preguntó cómo estaba mi madre. Ni una llamada, ni un mensaje. Nada.

Una noche, agotada tras un turno doble en el hospital y después de limpiar la casa y preparar la cena para todos, me derrumbé en el baño. Lloré tanto que pensé que me quedaría sin lágrimas. Me pregunté si alguna vez sería suficiente para ellos. Si algún día dejaría de ser «la mujer de Sergio» para convertirme en parte de su familia.

El punto de quiebre llegó el día que ingresaron a Carmen por una caída. Sergio estaba fuera por trabajo y Marta no podía dejar a los niños. Me llamaron a mí, como siempre.

—Lucía, ¿puedes venir al hospital? Mamá está muy asustada —me suplicó Marta por teléfono.

Fui. Por supuesto que fui. Pasé toda la noche junto a Carmen, calmando su ansiedad y asegurándome de que recibiera el mejor trato posible. Cuando Sergio llegó al día siguiente, ni siquiera me dio las gracias. Solo abrazó a su madre y me ignoró por completo.

Al volver a casa esa tarde, encontré a mi madre sentada sola en el sofá, temblando por la fiebre. Nadie había estado con ella en todo el día.

—¿Por qué siempre eres tú la que cuida de todos? —me preguntó mi madre con voz débil.

No supe qué responderle. Quizás porque nunca aprendí a ponerme en primer lugar.

Los meses pasaron y la situación solo empeoró. Empecé a sentirme invisible en mi propia casa. Sergio se volvió más distante y su familia seguía tratándome como una extraña útil solo cuando les convenía.

Un domingo cualquiera, mientras preparaba la comida para todos —como siempre— escuché a Carmen decirle a Marta en voz baja:

—Nunca será una de los nuestros.

No pude más. Dejé el cuchillo sobre la encimera y salí al balcón a respirar hondo. El aire frío de Madrid me golpeó la cara y sentí cómo algo dentro de mí se rompía definitivamente.

Esa noche hablé con Sergio:

—No puedo más. Estoy cansada de darlo todo y no recibir nada a cambio. Tu familia nunca me ha aceptado y tú tampoco has hecho nada por cambiarlo.

Él bajó la mirada y no dijo nada. Su silencio fue más doloroso que cualquier palabra.

A partir de ese día decidí cambiar. Dejé de acudir cada vez que me llamaban para solucionar sus problemas médicos o familiares. Empecé a decir «no» sin sentirme culpable. Me centré en cuidar de mi madre y en recuperar mi vida poco a poco.

Al principio hubo reproches y caras largas, pero pronto dejaron de buscarme para todo. Y aunque dolió darme cuenta de lo poco que significaba para ellos cuando no era útil, también fue liberador.

Hoy miro atrás y me pregunto: ¿cuántas veces nos sacrificamos por personas que nunca moverían un dedo por nosotros? ¿Cuánto tiempo perdemos intentando encajar donde nunca seremos bienvenidos?

Quizás ha llegado el momento de pensar más en mí misma y menos en quienes solo saben pedir sin dar nada a cambio.