¿Cuidar de mi hija no es un trabajo? La vez que pedí a mi marido que me pagara por ser madre

—¿Y tú qué haces todo el día? —La voz de Luis retumbó en el pasillo, mientras yo, con las manos aún mojadas del fregadero, sentía cómo se me encogía el estómago. Nuestra hija, Lucía, lloraba en el salón porque no encontraba su peluche favorito. Yo llevaba días sin dormir bien, con ojeras marcadas y el cuerpo dolorido de cargarla, consolarla y perseguirla por toda la casa. Pero lo que más pesaba era esa pregunta, lanzada como un dardo envenenado.

Me quedé quieta, mirando el reflejo distorsionado de mi cara en la ventana. ¿Qué hacía todo el día? ¿De verdad no lo veía? ¿No veía los platos limpios, la ropa doblada, los deberes supervisados, las rabietas calmadas, las comidas preparadas y los cuentos leídos antes de dormir? ¿No veía cómo me desvivía para que todo funcionara mientras él trabajaba desde su despacho, con la puerta cerrada y el café caliente?

Esa noche, mientras Lucía dormía abrazada a su peluche —que yo había encontrado después de media hora de búsqueda—, me senté frente a Luis en la cocina. El reloj marcaba las once y media y la casa olía a leche tibia y cansancio.

—Luis, quiero hablar contigo —dije, con la voz temblorosa pero decidida—. Estoy agotada. Siento que todo lo que hago aquí no vale nada. Quiero que me pagues por cuidar de nuestra hija.

Él levantó la vista del móvil, sorprendido. —¿Cómo que te pague? ¿Por ser madre?

—Por ser madre, sí. Pero también por ser niñera, cocinera, limpiadora, enfermera… Si tuvieses que contratar a alguien para hacer todo lo que hago yo, ¿cuánto te costaría?

Luis se quedó callado. Vi cómo se le tensaba la mandíbula. —Pero… esto es lo normal, ¿no? Es lo que hacen todas las madres.

—¿Y por qué tiene que ser normal? —le interrumpí—. ¿Por qué se da por hecho que yo tengo que hacerlo todo gratis? Tú cobras por tu trabajo. Yo también trabajo, pero nadie me paga ni me reconoce.

El silencio se hizo espeso entre nosotros. Sentí las lágrimas ardiendo en mis ojos, pero no quería llorar delante de él. No esta vez.

Al día siguiente, Luis salió temprano para ir a la oficina. Yo me quedé sola con Lucía y el eco de nuestra conversación. Todo el día estuve dándole vueltas: ¿estaba exagerando? ¿Era egoísta por querer algo más que un «gracias» ocasional?

Por la tarde, mientras paseábamos por el parque del Retiro y Lucía jugaba en los columpios con otros niños, vi a otras madres sentadas en los bancos, algunas con cara de agotamiento, otras distraídas con el móvil. Me pregunté si ellas también sentían ese vacío, esa sensación de ser invisibles.

Esa noche, Luis volvió tarde. Se sentó a mi lado en el sofá y me miró serio.

—He estado pensando en lo que dijiste —empezó—. No sé si pagarte es la solución… pero tienes razón: nunca te lo he reconocido como debería. Siempre he pensado que era «lo normal» porque así fue en mi casa también. Mi madre hacía todo y nadie se lo agradecía.

Me sorprendió su sinceridad. Por primera vez en mucho tiempo sentí que me escuchaba de verdad.

—No quiero dinero —le dije—. Quiero sentirme valorada. Quiero que compartamos las tareas. Que cuando llegues a casa no te sientes directamente al sofá mientras yo baño a Lucía o recojo la cocina. Que seas parte de esto.

Luis asintió y me cogió la mano. —Tienes razón. No quiero que Lucía crezca pensando que esto es solo cosa tuya. Quiero ser un padre presente… y un marido mejor.

No fue fácil cambiar las rutinas. Hubo discusiones: sobre quién sacaba la basura, quién preparaba la cena o quién se levantaba cuando Lucía tenía fiebre por la noche. A veces Luis olvidaba su compromiso y yo tenía que recordárselo con más firmeza de la que me gustaría. Otras veces era yo quien caía en el hábito de hacerlo todo sola porque «así se hace más rápido».

Pero poco a poco empezamos a funcionar como un equipo. Luis aprendió a peinar a Lucía (aunque al principio sus coletas parecían hechas por un pulpo), a preparar su merienda y a leerle cuentos antes de dormir. Yo aprendí a delegar y a pedir ayuda sin sentirme culpable.

Un domingo por la mañana, mientras desayunábamos los tres juntos —algo raro hasta entonces—, Lucía nos miró y dijo:

—Me gusta cuando estamos todos juntos.

Luis y yo nos miramos y sonreímos. Sentí una paz nueva en casa, como si hubiéramos abierto una ventana después de años de encierro.

A veces pienso en todas las mujeres —y hombres— que cuidan de sus hijos sin reconocimiento ni descanso. Pienso en mi madre, en mis amigas, en las madres del parque… ¿Cuántas veces habrán sentido lo mismo?

Ahora sé que pedir reconocimiento no es egoísmo: es justicia. Y aunque no recibí un sueldo por cuidar de mi hija, gané algo mucho más valioso: respeto y complicidad.

¿Y vosotros? ¿Alguna vez habéis sentido que vuestro trabajo en casa no vale nada? ¿Qué haríais si estuvierais en mi lugar?