El día que mi hijo fingió no conocerme: una madre rota en la estación de Atocha
—¿Mamá? ¿Eres tú? —La voz de Lucía, mi vecina, me sacó del trance en el que me había sumido mientras miraba a lo lejos, entre la multitud de la estación de Atocha. Pero no era Lucía quien me preocupaba. Era Sergio. Mi hijo. Mi único hijo.
Lo vi antes de que él me viera a mí. Caminaba deprisa, con ese paso nervioso que siempre tuvo desde pequeño, cuando corría por el pasillo de casa con los cordones desatados y la mochila colgando. Pero ahora era un hombre hecho y derecho, con barba descuidada y auriculares enormes cubriéndole las orejas. Iba acompañado de una chica rubia, seguramente su novia. Me acerqué, el corazón golpeando fuerte en el pecho, como si quisiera salirse de mi cuerpo.
—Sergio —susurré, apenas audible. Él levantó la vista, me miró un segundo… y siguió andando. Ni una palabra. Ni un gesto. Ni siquiera una mueca de incomodidad. Fue como si yo fuera invisible.
—¿No era ese tu hijo? —insistió Lucía, con esa curiosidad malsana que tienen los vecinos de toda la vida.
—No… no estoy segura —mentí, sintiendo cómo se me rompía algo por dentro.
Me quedé allí, plantada entre turistas y maletas rodantes, recordando todo lo que había hecho por él. Cuando su padre nos dejó, Sergio tenía solo cinco años. Me tocó ser madre y padre a la vez, trabajando en la panadería de doña Pilar por las mañanas y limpiando casas por las tardes. Recuerdo las noches sin dormir, los deberes que hacíamos juntos en la mesa de formica, los bocadillos de chorizo envueltos en papel de aluminio para las excursiones del colegio.
Pero todo eso parecía no haber servido de nada. Cuando Sergio cumplió dieciocho años y se fue a estudiar a Madrid, empezó a distanciarse. Al principio eran llamadas cortas: «Estoy bien, mamá. No te preocupes». Luego vinieron los silencios, los mensajes sin responder, las excusas para no venir en Navidad.
La última vez que hablamos fue hace dos años, cuando le pedí ayuda porque me iban a desahuciar del piso. «No puedo ahora, mamá. Tengo muchos líos», me dijo al teléfono antes de colgarme. Desde entonces, silencio absoluto.
Hoy le necesitaba más que nunca. Había venido a Madrid para una revisión médica importante; el médico sospechaba algo grave y yo estaba aterrada. Pensé que si veía a Sergio, aunque fuera solo un minuto, todo sería más llevadero.
Pero él… él fingió no conocerme.
Volví al hostal esa noche con los ojos hinchados de tanto llorar. La señora Carmen, la dueña del hostal, intentó consolarme:
—Los hijos a veces se olvidan de quién les dio la vida, Bárbara. Pero tú eres una buena madre.
¿Buena madre? ¿De qué sirve ser buena madre si tu propio hijo te borra de su vida?
Me pasé horas mirando el móvil, repasando fotos antiguas: Sergio disfrazado de pirata en Carnaval; Sergio con las rodillas peladas y una sonrisa desdentada; Sergio abrazándome fuerte el día que le regalaron su primera bicicleta. ¿En qué momento se rompió todo?
Al día siguiente decidí buscarle en su trabajo. Sabía que estaba en una oficina cerca de Gran Vía porque una vez lo vi en LinkedIn desde el ordenador del locutorio. Me planté allí con el alma hecha jirones y esperé en la puerta hasta que salió para fumar un cigarro.
—Sergio —dije con voz temblorosa.
Él me miró como si fuera una extraña.
—Perdona… creo que te confundes —me dijo delante de sus compañeros.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.
—Sergio… soy yo… tu madre —insistí, casi suplicando.
Él bajó la mirada y murmuró:
—Por favor, vete. No hagas esto aquí.
Me fui caminando sin rumbo por las calles de Madrid, sintiendo que ya no tenía fuerzas para seguir luchando. Pensé en volver al pueblo, pero ¿para qué? Allí solo me esperaban las miradas compasivas y los cuchicheos: «Pobre Bárbara, su hijo ni la saluda».
Esa noche llamé a mi hermana Pilar. Ella siempre fue más fuerte que yo.
—Bárbara, tienes que dejarle ir —me dijo—. No puedes vivir esperando algo que no va a llegar.
Pero ¿cómo se deja ir a un hijo? ¿Cómo se aprende a vivir con ese vacío?
Han pasado semanas desde aquel encuentro y sigo sin respuestas. Cada vez que veo a una madre abrazar a su hijo en el parque o escuchar risas familiares en el supermercado, siento una punzada en el pecho.
A veces me pregunto si hice algo mal. Si fui demasiado exigente o demasiado blanda; si debí haberle contado la verdad sobre su padre antes; si debí haberme cuidado más para no enfermar y depender ahora de nadie.
Pero lo único cierto es que sigo siendo su madre, aunque él ya no quiera ser mi hijo.
¿De verdad puede romperse así el vínculo entre una madre y un hijo? ¿O es solo mi corazón el que se niega a aceptarlo?