El precio de la generosidad: Cuando tu familia confunde amor con obligación
—Gregorio, ¿puedes prestarme otros cien euros?— La voz de mi hermano Álvaro retumbó en el salón, justo cuando yo intentaba cuadrar las cuentas del mes. Mi madre, sentada a su lado, ni siquiera levantó la vista del televisor. Mi padre, desde la cocina, gritó: —¡Y no te olvides de pagar la luz, que este mes viene fuerte!
Me quedé mirando la pantalla del móvil, donde la app del banco mostraba un saldo que apenas sobrevivía a fin de mes. Pero, como siempre, asentí. —Claro, Álvaro. Te hago un Bizum ahora mismo.
No sé en qué momento mi vida se convirtió en esto: el hermano que nunca dice que no, el hijo que resuelve todo con dinero. En el trabajo soy Gregorio el tacaño; mis compañeros se ríen porque llevo la comida de casa y nunca participo en los desayunos del bar. Pero aquí, en casa de mis padres en Vallecas, soy Gregorio el generoso. El que paga las facturas atrasadas, el que adelanta la matrícula de la universidad de Álvaro, el que compra los medicamentos de mamá y hasta el que pone gasolina en el coche familiar.
Recuerdo una vez, hace dos años, cuando intenté decir que no. Álvaro quería irse de viaje a Ibiza con sus amigos y me pidió 300 euros. Le dije que no podía, que tenía que ahorrar para arreglar mi coche. Mi madre me miró como si hubiera matado a alguien. —¿Pero cómo le vas a negar eso a tu hermano? Si tú siempre has tenido trabajo fijo…
Esa noche no dormí. Me sentía culpable, egoísta. Al día siguiente le di el dinero a Álvaro y él ni siquiera me dio las gracias.
Desde entonces, cada vez que me piden algo, cedo. A veces pienso que si no lo hago dejarán de quererme o me verán como un extraño. Pero últimamente siento que no soy más que un cajero automático con patas.
El mes pasado fue especialmente duro. Me llamaron del banco porque tenía la cuenta en números rojos. Había pagado la reparación del frigorífico de mis padres y la multa de tráfico de Álvaro. Cuando les pedí que me devolvieran aunque fuera una parte, mi madre se ofendió: —¿Ahora nos vas a cobrar intereses? ¡Eres peor que un banco!
Me encerré en mi habitación y lloré como un niño. No por el dinero, sino por la sensación de estar solo incluso rodeado de mi propia familia.
Una tarde, mientras fregaba los platos después de cenar, escuché a mis padres hablar en voz baja:
—Gregorio está raro últimamente —dijo mi padre—. ¿No será que tiene problemas con el dinero?
—¡Qué va! Si siempre ha sido un agarrado… Lo que pasa es que ahora se ha vuelto más egoísta —respondió mi madre.
Sentí una punzada en el pecho. ¿De verdad pensaban eso de mí? ¿No veían todo lo que hacía por ellos?
Esa noche decidí hablar con mi mejor amiga, Lucía. Nos sentamos en una terraza de Lavapiés y le conté todo entre lágrimas y cervezas baratas.
—Gregorio, tienes que poner límites —me dijo—. Si sigues así te vas a quedar sin nada… ni dinero ni dignidad.
Pero ¿cómo se ponen límites a la familia? ¿Cómo le dices que no a una madre enferma o a un hermano pequeño que siempre ha dependido de ti?
La semana pasada fue el cumpleaños de mi padre. Le compré una chaqueta cara porque sé que nunca se da un capricho. Cuando se la di, apenas sonrió y dijo: —Bueno, ya era hora de que te estiraras un poco.
Esa frase me dolió más que cualquier deuda.
Hoy he decidido escribir esta historia porque siento que me estoy perdiendo a mí mismo. No sé si soy generoso o simplemente tonto. No sé si mi familia me quiere o solo me necesita.
A veces sueño con hacer la maleta e irme lejos, empezar de cero donde nadie espere nada de mí. Pero luego veo a mi madre sonreír cuando le llevo sus pastillas o a Álvaro abrazarme cuando le saco de un apuro… y vuelvo a caer.
¿Es esto amor o es dependencia? ¿Hasta dónde debe llegar el sacrificio por los tuyos? ¿Alguna vez aprenderán a quererme sin condiciones?
Quizá algún día tenga el valor de decirles que yo también necesito ser cuidado. Que yo también merezco un poco de generosidad.
¿Y vosotros? ¿Hasta dónde habéis llegado por vuestra familia? ¿Dónde está el límite entre ayudar y dejarse pisotear?