El precio invisible del amor: Mi historia como madre y esposa en Madrid

—¿De verdad crees que esto es justo, Álvaro? —le espeté una mañana, mientras recogía los juguetes de Isabella del suelo del salón. Mi voz temblaba, no sabía si de rabia o de cansancio. Él, sentado frente al portátil, apenas levantó la vista—. ¿Justo el qué, Carmen? —preguntó, como si no entendiera nada.

Ahí estaba yo, en nuestro piso de Lavapiés, con la luz de Madrid entrando a raudales por la ventana y una niña de tres años reclamando mi atención cada cinco minutos. Había dejado mi trabajo en la editorial cuando nació Isabella porque los horarios eran imposibles y la guardería costaba casi lo mismo que mi sueldo. Álvaro nunca se opuso, pero tampoco preguntó cómo me sentía. Simplemente asumió que yo estaría en casa, como su madre lo estuvo con él.

Al principio no me importó. Isabella era un sol y yo me sentía afortunada. Pero los días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses. Mi mundo se redujo a parques infantiles, meriendas de galletas y conversaciones con otras madres en el WhatsApp del colegio. Álvaro llegaba tarde del trabajo, cansado, y se limitaba a besarme en la frente antes de encerrarse con su móvil o el ordenador.

Una noche, después de acostar a Isabella, me senté frente al espejo y apenas me reconocí. ¿Dónde estaba la Carmen que soñaba con escribir novelas? ¿La que salía con sus amigas a tomar cañas por Malasaña? Me sentía invisible.

La gota que colmó el vaso fue un sábado por la mañana. Álvaro estaba viendo el partido del Atleti y yo intentaba preparar el desayuno mientras Isabella lloraba porque quería ponerse el disfraz de Elsa. —¡Álvaro, ayúdame! —grité desde la cocina. Él ni se inmutó. Cuando por fin apareció, solo dijo: —¿Por qué te pones así? Si solo tienes que cuidar de la niña.

Esa frase me atravesó como un cuchillo. «Solo tienes que cuidar de la niña». Como si fuera poco. Como si no fuera un trabajo. Como si no mereciera reconocimiento ni descanso.

Esa noche no dormí. Di vueltas en la cama pensando en todo lo que hacía: limpiar, cocinar, organizar citas médicas, comprar ropa para Isabella, ayudarla con los colores, consolarla cuando tenía pesadillas… ¿Por qué nadie valoraba eso? ¿Por qué Álvaro pensaba que era mi obligación?

Al día siguiente le propuse algo radical: —Quiero que me pagues por cuidar de Isabella —le dije sin rodeos mientras desayunábamos. Él se atragantó con el café—. ¿Qué dices? —preguntó entre risas nerviosas—. No es una broma, Álvaro. Si quieres que siga ocupándome de todo en casa y de nuestra hija, quiero un sueldo. Como si fuera una cuidadora externa.

El silencio fue absoluto. Isabella jugaba ajena a todo, pero yo sentía que el mundo se detenía. Álvaro me miró como si estuviera loca—. Carmen, somos una familia. Esto no funciona así.

—¿No funciona así? ¿Y cómo funciona entonces? ¿Yo trabajo gratis y tú te olvidas de todo cuando cruzas la puerta? —le respondí con lágrimas en los ojos.

Discutimos durante horas. Él decía que no podía pagarme porque éramos pareja, que el dinero era de los dos. Yo le respondía que entonces por qué él tenía tarjeta propia y yo tenía que pedirle para comprarme unos vaqueros nuevos.

Las semanas siguientes fueron un infierno. Apenas nos hablábamos. Yo empecé a buscar trabajo a escondidas, pero nadie quería contratar a una mujer de 36 años con tres años fuera del mercado laboral. Mis amigas me decían que estaba exagerando, que todas las madres pasaban por eso. Pero yo sentía que me ahogaba.

Un día mi madre vino a visitarnos desde Toledo y me encontró llorando en la cocina—. Hija, ¿qué te pasa? —me preguntó mientras me abrazaba—. Mamá, siento que no valgo nada —le confesé entre sollozos—. Nadie ve lo que hago.

Ella suspiró y me contó cómo había sentido lo mismo cuando éramos pequeños mi hermano y yo—. Pero nunca tuve el valor de pedirle nada a tu padre —me dijo—. Quizá tú sí puedas cambiar las cosas.

Esa noche hablé con Álvaro de nuevo—. No quiero tu dinero como si fuera una extraña —le dije—. Quiero sentirme valorada, reconocida. Quiero que entiendas que esto también es trabajo.

Él bajó la cabeza—. Lo siento, Carmen. No me había dado cuenta de lo sola que estabas.

Empezamos a repartir las tareas: él se encargaba de llevar a Isabella al cole dos días por semana y los sábados cocinábamos juntos. Poco a poco volví a sentirme parte de un equipo.

Pero todavía hay días en los que dudo si hice bien en renunciar a mi carrera por la familia. A veces miro a Isabella dormir y me pregunto si algún día entenderá el sacrificio silencioso de tantas madres españolas.

¿Y vosotras? ¿Alguna vez habéis sentido que vuestro trabajo en casa no vale nada? ¿Creéis que deberíamos exigir más reconocimiento o incluso un sueldo por cuidar de nuestros hijos?