El regalo que rompió a mi familia: una nevera, dos hermanos y demasiados silencios
—¿De verdad crees que mamá necesita otra nevera? —me espetó mi hermano Luis, con ese tono seco que siempre usa cuando algo no le interesa.
Me quedé mirándole, el móvil aún pegado a la oreja, mientras en la cocina de mi piso de Vallecas el reloj marcaba las diez y media de la noche. Había esperado todo el día para llamarle, para proponerle lo que creía que sería un regalo perfecto para mamá. La nevera de casa llevaba años haciendo ruidos extraños, y cada vez que iba a verla, la veía suspirar resignada cuando se le congelaban los tomates o el motor hacía ese zumbido como de animal herido.
—Luis, la nevera está fatal. Y mamá no va a comprarse una nueva sola. Pensé que podríamos regalarle una entre los dos. Tú y yo, como cuando éramos pequeños y le hacíamos dibujos juntos —intenté sonar alegre, como si no notara el muro invisible que él levantaba entre nosotros.
Silencio. Al otro lado de la línea, sólo escuchaba su respiración y el eco lejano de la tele. Sabía que estaba en casa de su novia, Marta, en Chamberí, ese piso moderno donde todo es blanco y silencioso, tan distinto al nuestro.
—Mira, Lucía —dijo al fin—, yo este mes voy justo. Entre el alquiler y el coche… Además, mamá está bien como está. No hace falta gastar tanto dinero en una nevera. Si quieres, cómprala tú.
Sentí cómo se me encogía el pecho. No era sólo el dinero; era la desgana, la falta de ganas de compartir algo juntos para mamá. Recordé cuando éramos niños y peleábamos por ver quién le daba primero el regalo del Día de la Madre. Ahora, ni siquiera quería compartir el gasto.
—No es sólo por el dinero, Luis —le dije bajito—. Es por hacer algo juntos. Mamá siempre dice que lo que más le duele es vernos distantes.
—Pues que no se preocupe tanto —replicó él—. Cada uno tiene su vida. No estamos para tonterías.
Colgó sin despedirse. Me quedé mirando la pantalla del móvil, sintiendo una mezcla de rabia y tristeza. ¿En qué momento nos habíamos convertido en dos extraños?
Esa noche apenas dormí. Me revolvía en la cama pensando en mamá, en cómo fingía alegría cuando le llevábamos cualquier tontería porque lo importante era vernos juntos. Pensé en papá, en cómo nos reñía cuando discutíamos por cosas pequeñas: “Sois hermanos, eso es para toda la vida”, decía siempre.
Al día siguiente fui a ver a mamá. Vivía sola desde que papá murió hace tres años. La encontré sentada en la terraza, con su bata azul y una taza de café frío entre las manos.
—¿Qué te pasa, hija? Tienes mala cara —me preguntó nada más verme.
Me senté a su lado y le conté lo de la nevera, intentando restarle importancia.
—No te preocupes por eso —me dijo acariciándome el pelo—. Mientras tenga a mis hijos cerca, me da igual si la nevera hace ruido o no.
Pero vi en sus ojos ese brillo triste que sólo aparece cuando hablamos de Luis. Desde que se fue de casa apenas venía a verla; siempre tenía excusas: el trabajo, Marta, los amigos…
Esa tarde fui a mirar neveras al MediaMarkt del centro comercial. Había modelos preciosos, pero todos costaban más de lo que podía permitirme sola. Llamé a mi amiga Carmen para desahogarme.
—¿Por qué siempre me toca a mí? —le pregunté—. Luis nunca está cuando hace falta.
—Porque eres la mayor y porque tienes corazón —me respondió ella—. Pero no puedes cargar tú sola con todo.
Al final, compré una nevera sencilla pero bonita. Pagué a plazos y pedí que la llevaran el día del cumpleaños de mamá. No le dije nada a Luis; pensé que si no quería participar, tampoco merecía compartir el momento.
El día del cumpleaños llegó y fui temprano a casa de mamá para recibir a los del transporte. Cuando llegó Luis, con media hora de retraso y un ramo de flores comprado en la gasolinera, se quedó mirando la nevera nueva con cara de sorpresa.
—¿Ya la has comprado? —preguntó, como si no pudiera creerlo.
—Sí —respondí seca—. Pensé que era lo mejor.
Mamá intentó mediar, como siempre.
—Lo importante es que estéis aquí los dos —dijo sonriendo forzada—. La nevera es preciosa, Lucía. Gracias.
Luis no dijo nada más durante un buen rato. Comimos juntos pero había un silencio incómodo entre nosotros. Al final de la comida, cuando mamá fue a la cocina a preparar el café, Luis se acercó a mí.
—No tenías derecho a hacerlo sin mí —me susurró enfadado—. Ahora parezco un egoísta delante de mamá.
Le miré fijamente.
—No necesitaba tu permiso para cuidar de nuestra madre —le respondí—. Pero sí esperaba tu apoyo.
Luis apretó los labios y se fue sin despedirse apenas de mamá. Ella me abrazó fuerte antes de irse a dormir esa noche.
—No te preocupes por tu hermano —me dijo—. Algún día entenderá lo que es estar solo.
Han pasado semanas desde aquel día y apenas he hablado con Luis. Mamá intenta hacer como si nada hubiera pasado, pero yo sé que algo se ha roto entre nosotros. A veces me pregunto si hice bien en comprar la nevera sola o si debí esperar más tiempo para convencerle. O quizá hay heridas entre nosotros que ni una nevera nueva puede arreglar.
¿De verdad los regalos pueden unir o separar a una familia? ¿O son sólo excusas para sacar a la luz todo lo que callamos durante años?