¿Hasta dónde llega el amor de una abuela? La semana que cambió mi vida en casa de mi hija

—María, ¿puedes venir a Madrid la semana que viene? De verdad, no sé cómo lo vamos a hacer con Pablo si no vienes —me suplicó mi hija Lucía por teléfono, la voz temblorosa y agotada.

No lo dudé. ¿Cómo iba a decirle que no? Pablo, mi nieto de cinco años, es mi alegría. Y Lucía, mi única hija, siempre ha contado conmigo desde que su marido, Álvaro, empezó a trabajar tantas horas en la consultora. Así que preparé mi maleta en Gijón y cogí el tren a Madrid, con la ilusión de pasar tiempo con mi nieto y ayudar un poco en casa.

Pero nada más llegar, sentí un nudo en el estómago. Lucía me recibió con un beso rápido y una lista interminable de cosas por hacer: “Mamá, la comida está sin preparar. Pablo tiene que bañarse antes de las siete. ¿Puedes recoger la ropa del tendedero? Ah, y si puedes pasar la aspiradora por el salón…”.

Me quedé helada. No era la bienvenida cálida que esperaba. Pablo vino corriendo a abrazarme y sentí que todo valía la pena, pero enseguida Lucía me interrumpió: “¡Pablo! ¡No molestes a la abuela! María, ¿puedes ayudarme con esto?”.

Los días siguientes fueron una sucesión de tareas: limpiar baños, hacer la compra, preparar cenas para todos, recoger juguetes, planchar camisas de Álvaro… Apenas tenía tiempo para sentarme con Pablo a leerle un cuento o jugar con él. Por las noches, caía rendida en el sofá cama del despacho, preguntándome si esto era lo que realmente necesitaban de mí.

El jueves por la tarde, mientras doblaba una montaña de ropa en silencio, escuché una conversación en la cocina:

—Mamá está aquí y todo es mucho más fácil —decía Lucía a Álvaro—. No sé cómo lo haríamos sin ella.
—Ya, pero tampoco puede quedarse para siempre —respondió él—. Además, últimamente parece cansada.

Sentí un pinchazo en el pecho. ¿De verdad no se daban cuenta de lo que estaba haciendo? ¿O simplemente daban por hecho que yo debía sacrificarme sin rechistar?

Esa noche, mientras preparaba una tortilla para cenar, Pablo entró corriendo y me abrazó por la espalda.
—Abuela, ¿puedes jugar conmigo después?
Le sonreí con tristeza.
—Claro que sí, cariño. Solo termino esto y voy contigo.

Pero cuando fui al salón, Lucía ya le había puesto una película para que estuviera tranquilo mientras ella respondía correos del trabajo. Me senté a su lado y le acaricié el pelo, sintiendo una soledad inmensa en medio de mi propia familia.

El viernes exploté. Álvaro llegó tarde y dejó los zapatos llenos de barro en medio del pasillo. Lucía me pidió que los limpiara porque “mañana tiene una reunión importante”. Me levanté despacio y le dije:
—Lucía, he venido a ayudarte con Pablo, no a ser la criada de la casa.
Ella se quedó boquiabierta.
—Mamá… solo te lo pido porque estamos desbordados.
—Lo entiendo —le respondí—, pero yo también tengo mis límites. Quiero estar con mi nieto, pero no puedo hacerme cargo de todo. Necesito descansar y disfrutar de él, no sentirme invisible.

Se hizo un silencio incómodo. Álvaro ni siquiera levantó la vista del móvil. Lucía se fue al baño y escuché cómo lloraba bajito tras la puerta.

Esa noche apenas dormí. Me sentía culpable por haber hablado así, pero también aliviada por haber dicho lo que llevaba días guardando. Por la mañana, Lucía se acercó a mí mientras preparaba café.
—Perdona, mamá. No me he dado cuenta de todo lo que te estábamos pidiendo. Solo quería que estuviéramos bien…
La abracé fuerte.
—Lo sé, hija. Pero también necesito sentirme querida y respetada.

El sábado fue diferente. Desayunamos juntos sin prisas. Pablo me llevó al parque y jugamos como hacía años que no jugaba con nadie. Lucía y Álvaro recogieron la casa entre los dos y hasta prepararon la comida. Por primera vez en toda la semana sentí que formaba parte de la familia y no solo del servicio doméstico.

El domingo por la tarde hice la maleta para volver a Gijón. Pablo lloró al despedirse y Lucía me prometió que vendrían a visitarme pronto. En el tren de vuelta miré por la ventana y pensé en todo lo vivido esos días: el cansancio extremo, las lágrimas escondidas en el baño, las risas con Pablo…

¿Hasta dónde debe llegar el amor de una madre o una abuela? ¿Es justo renunciar siempre a uno mismo por los demás? ¿O debemos aprender a poner límites incluso con quienes más queremos?

¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Dónde pondríais el límite entre ayudar y perderse a uno mismo?