La abuela que nunca tiene tiempo: La verdad sobre las promesas familiares
—¿Otra vez no puedes, Carmen? —mi voz temblaba entre la rabia y el cansancio, mientras sostenía el móvil con una mano y con la otra intentaba evitar que Mateo, mi hijo pequeño, se subiera a la mesa del salón.
—Ay, Lucía, hija, es que tengo una reunión del club de lectura y luego he quedado para tomar café con las chicas. Otro día, ¿vale? —respondió mi suegra con ese tono dulce que siempre me ha parecido un disfraz.
Colgué sin despedirme. Sergio me miró desde la cocina, donde removía la cena con desgana.
—¿Qué ha dicho mi madre?
—Lo de siempre. Que está ocupada. Que otro día. Que le encantaría ver a los niños pero justo hoy no puede —le respondí, sintiendo cómo la frustración me subía por la garganta como una ola negra.
Sergio suspiró y se encogió de hombros. —Bueno, ya sabes cómo es mi madre…
Eso era lo peor. Sí, ya sabía cómo era Carmen. Siempre contando a sus amigas lo mucho que quería a sus nietos, enseñando fotos en el móvil, presumiendo de lo buena abuela que era. Pero cuando necesitábamos ayuda de verdad —cuando yo tenía que ir al médico, cuando Mateo tenía fiebre y necesitaba que alguien recogiera a Laura del colegio— Carmen siempre tenía algo más importante que hacer.
No podía evitar sentirme engañada. ¿Por qué presumir de algo que no eres? ¿Por qué decirnos que podemos contar con ella si luego nunca está?
Esa noche, mientras acostaba a los niños, Laura me preguntó:
—Mamá, ¿por qué la abuela nunca viene a vernos?
Me quedé callada. ¿Qué le iba a decir? ¿Que su abuela prefería irse de cañas antes que pasar una tarde con ellos? ¿Que las promesas de los adultos a veces son solo palabras bonitas?
—La abuela está muy ocupada, cariño. Pero seguro que pronto viene —mentí, sintiendo una punzada de culpa.
Cuando los niños se durmieron, me senté en el sofá y miré el techo. Sergio se sentó a mi lado y me cogió la mano.
—No te lo tomes así, Lucía. Mi madre siempre ha sido así. No va a cambiar ahora.
—¿Y por qué nos hace creer lo contrario? —pregunté en voz baja.
No hubo respuesta.
Al día siguiente, mientras esperaba en la puerta del colegio a Laura, vi a otras abuelas recogiendo a sus nietos. Charlaban animadas, llevaban mochilas pequeñas colgadas del brazo y les daban besos en la frente. Sentí una mezcla de envidia y tristeza. ¿Por qué nosotros no podíamos tener eso?
Esa tarde llamé a mi madre. Ella vive en Toledo y no puede venir tan a menudo como quisiera, pero cuando viene se desvive por los niños.
—Mamá, ¿tú crees que Carmen nos quiere ayudar de verdad o solo lo dice para quedar bien?
Mi madre suspiró al otro lado del teléfono.
—Lucía, cada uno es como es. No puedes obligar a nadie a ser abuela si no le sale del corazón.
Colgué sintiéndome aún más sola.
El sábado siguiente teníamos una comida familiar en casa de Carmen. Fui con el estómago encogido. Nada más entrar, Carmen abrazó a los niños exageradamente y les llenó de besos.
—¡Mis tesoros! ¡Cuánto os he echado de menos!
Durante la comida, empezó su discurso habitual:
—Es que no sabéis lo que sufro por no verles más. Si pudiera, estaría con ellos todos los días…
No pude más. Dejé el tenedor en el plato y la miré fijamente.
—Carmen, ¿por qué dices eso si luego nunca puedes venir? Siempre tienes algo más importante que hacer.
El silencio cayó sobre la mesa como una losa. Sergio me miró horrorizado. Carmen se quedó boquiabierta unos segundos antes de recomponerse.
—Lucía… yo… tengo mi vida también. No puedo estar siempre disponible —balbuceó.
—No te pedimos que estés siempre disponible —intervine—. Solo que seas sincera con nosotros y sobre todo con los niños. Ellos te esperan y se decepcionan cada vez que no vienes.
Carmen bajó la mirada y jugó nerviosa con la servilleta.
—No sabía que os hacía daño…
Laura se acercó y le cogió la mano.
—Abuela, ¿puedes venir el viernes a mi función del cole?
Carmen dudó un instante antes de responder:
—Haré todo lo posible por estar allí, cariño.
Salimos de allí con un sabor amargo. No sabía si algo iba a cambiar o si todo seguiría igual. Pero al menos había dicho lo que llevaba meses callando.
El viernes llegó y Carmen no apareció en la función del colegio. Laura volvió a casa triste y yo sentí una rabia sorda mezclada con resignación.
Esa noche, mientras recogía los juguetes del suelo del salón, pensé en todas las promesas vacías que llenan las familias: «te ayudaré», «puedes contar conmigo», «siempre estaré ahí»… ¿Por qué nos cuesta tanto decir la verdad? ¿Por qué preferimos quedar bien antes que ser honestos?
Quizá algún día Carmen entienda el daño que hacen sus palabras no cumplidas. O quizá soy yo quien debe aprender a no esperar nada de quien no puede o no quiere darlo.
¿Vosotros también habéis sentido alguna vez esa decepción familiar? ¿Creéis que es mejor decir siempre la verdad aunque duela?