La casa que nunca fue mía: una madre frente a la traición familiar
—¿Pero cómo que la casa va a estar a nombre de tu madre, Sergio? —escuché mi propia voz temblar, rota entre la rabia y el miedo, mientras miraba a mi hija Lucía, que se encogía en el sofá, con una mano sobre su vientre de seis meses.
Sergio me sostuvo la mirada, desafiante, como si yo fuera una intrusa en su vida. —Es lo mejor para todos, Carmen. Mi madre nos ha ayudado mucho y así evitamos problemas si algún día pasa algo. Además, es lo que se hace en mi familia.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. ¿Cómo podía ser que después de tantos años de sacrificios, de ayudarles con la entrada del piso pequeño, ahora quisieran dejar a mi hija y a mis nietos sin nada? En ese momento, recordé todas las noches en vela, los turnos dobles en la panadería para poder darles algo de dinero cuando nació su primer hijo. Y ahora, ¿esto?
Lucía no decía nada. Sus ojos brillaban con lágrimas contenidas. Yo sabía que ella no estaba de acuerdo, pero también conocía ese miedo suyo a contrariar a Sergio. Desde que se casaron, él siempre había tenido la última palabra. «Es su carácter», me decía Lucía, «pero me quiere». Yo callaba, por no meterme demasiado, por no ser la suegra entrometida. Pero esto era distinto.
—Mamá, por favor… —susurró Lucía— No quiero más discusiones. Estoy cansada.
—¿Cansada? —le respondí— ¡Pero si no luchas ahora, mañana te puedes quedar en la calle! ¿No ves lo que está pasando? ¿No ves cómo te está manipulando?
Sergio se levantó bruscamente. —No pienso tolerar que vengas aquí a meter cizaña. Esta es nuestra decisión y punto.
Me marché de su casa con el corazón hecho trizas. Caminé por las calles de nuestro barrio en Vallecas sin rumbo fijo, repasando cada palabra, cada gesto. ¿En qué momento perdí a mi hija? ¿En qué momento dejó de confiar en mí para confiar ciegamente en él?
Esa noche no dormí. Llamé a mi hermana Pilar, que siempre ha sido mi confidente.
—Carmen, tienes que hablar con Lucía a solas —me aconsejó—. Hazle ver las consecuencias. Si la casa está a nombre de la suegra y pasa cualquier cosa… tu hija se queda sin nada. Y tus nietos también.
Al día siguiente, esperé a que Sergio saliera para el trabajo y fui al piso de Lucía. Ella me abrió con cara cansada, ojerosa.
—Mamá, no quiero pelearme contigo —me dijo antes siquiera de saludarme.
—No vengo a pelearme —le respondí— Vengo a hablarte como madre. ¿De verdad crees que Sergio hace esto por vuestro bien? ¿O es por proteger los intereses de su familia?
Lucía rompió a llorar. —No sé qué hacer… Tengo miedo de perderlo todo. Si le llevo la contraria, se enfada y…
—¿Y qué? —le interrumpí— ¿Vas a vivir toda la vida bajo sus normas? ¿Y si un día él decide dejarte? ¿Dónde vas a ir con los niños? Piensa en ti, Lucía. Piensa en tus hijos.
Nos abrazamos largo rato. Sentí su temblor y su fragilidad. Era mi niña otra vez, asustada y perdida.
Esa tarde recibí una llamada inesperada: era Antonio, el padre de Sergio. Quería hablar conmigo.
—Carmen —me dijo con voz grave— Entiendo tu preocupación, pero en nuestra familia siempre hemos hecho así las cosas. Mi mujer tiene todas las propiedades porque así evitamos líos si hay divorcios o problemas legales.
—¿Y mi hija qué? —le respondí— ¿No tiene derecho a nada después de vender su piso y poner todo lo que tiene?
Antonio guardó silencio unos segundos.
—Mira, Carmen… Si quieres evitar problemas mayores, mejor deja las cosas como están.
Colgué temblando de rabia e impotencia. ¿Qué clase de familia era esta? ¿Por qué mi hija tenía que renunciar a todo?
Pasaron los días y la tensión crecía. Sergio cada vez estaba más frío con Lucía; ella apenas comía y yo temía por la salud del bebé. Una tarde, mientras recogía al pequeño Marcos del colegio, me encontré con Ana, una vecina abogada.
—Carmen, eso no es legalmente justo —me dijo tras escuchar mi historia— Si tu hija pone dinero en la compra, tiene derecho a figurar como propietaria. Puede exigirlo ante notario.
Esa noche reuní el valor para hablar con Lucía otra vez.
—Tienes que exigir tus derechos —le dije— No estás sola. Yo te apoyo. Y si hace falta, vamos juntas al notario o al abogado.
Lucía dudó mucho, pero al final aceptó hablar con Sergio delante de mí.
La conversación fue un infierno:
—¡No pienso cambiar nada! —gritó Sergio— ¡Esta casa será de mi madre y punto!
—¡Pues entonces yo no pongo ni un euro! —dijo Lucía por fin, con una fuerza que nunca le había visto— ¡Y si hace falta me voy con los niños!
Sergio se quedó helado. Por primera vez vio que Lucía podía plantarse.
Al final, tras muchas discusiones y lágrimas, accedió a poner la casa a nombre de ambos. Pero la herida quedó ahí: la confianza rota, el miedo latente.
Hoy miro a mi hija y me pregunto: ¿Cuántas mujeres en España viven situaciones parecidas? ¿Cuántas callan por miedo o por amor mal entendido? ¿Qué haríais vosotras si estuvierais en mi lugar?