La decisión de Clara: Un deseo a contracorriente
—Mamá, tengo que decirte algo. —La voz de Clara temblaba, y sus manos jugaban nerviosas con la servilleta del café. Era una tarde lluviosa de marzo en Madrid, y el bullicio del bar apenas lograba tapar el silencio incómodo que se instaló entre nosotras.
—¿Qué pasa, hija? —pregunté, intentando sonar tranquila, aunque mi corazón ya latía con fuerza. Clara nunca había sido buena ocultando sus emociones.
—Quiero tener un hijo. —Lo soltó de golpe, como quien arranca una tirita. Me quedé mirándola, esperando el resto de la frase. Pero no llegó. Solo esa declaración, desnuda y vulnerable.
—¿Y… con quién? —No pude evitarlo. La pregunta salió sola, cargada de una mezcla de sorpresa y miedo.
—Sola, mamá. Quiero ser madre sola. —Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero su voz sonó firme.
En ese instante sentí que el suelo se abría bajo mis pies. No era solo el miedo por ella, por lo que diría la familia, los vecinos del barrio de Chamberí, las amigas del club de lectura… Era también el duelo silencioso por la vida que yo había imaginado para mi hija: una boda bonita en la iglesia de San Ginés, nietos correteando por la casa los domingos, una familia «normal».
—Clara, ¿estás segura? ¿No prefieres esperar un poco más? Quizá conozcas a alguien… —Intenté razonar, pero ella negó con la cabeza.
—Mamá, llevo años esperando. He salido con hombres que no querían comprometerse o que tenían miedo al compromiso. Ya no quiero seguir esperando a que llegue alguien para cumplir mi sueño. Sé que no es lo tradicional, pero… ¿por qué tengo que renunciar a ser madre solo porque no tengo pareja?
La conversación se quedó flotando en el aire durante días. En casa, mi marido Antonio apenas hablaba del tema. Solo una noche, mientras veíamos el telediario, murmuró:
—¿Y si le sale mal? ¿Y si se arrepiente? —No supe qué contestar.
Las semanas siguientes fueron un carrusel de emociones. Clara empezó a investigar clínicas de fertilidad, tratamientos de inseminación artificial… Yo la veía llegar a casa con folletos y papeles llenos de cifras y estadísticas. Una tarde la sorprendí llorando en su habitación.
—¿Te pasa algo? —pregunté suavemente.
—Es todo tan difícil… —sollozó—. Los médicos me dicen que mi reserva ovárica es baja. Que tengo que decidirme ya o puede que no lo consiga nunca.
La abracé fuerte. Por primera vez sentí su miedo como propio: el miedo a no ser suficiente, a quedarse sola, a fracasar delante de todos.
En una comida familiar, mi hermana Pilar soltó un comentario envenenado:
—Bueno, Clara siempre ha sido muy independiente… Pero criar un niño sola es otra cosa. ¿Has pensado en lo que dirán los demás?
Clara bajó la mirada. Yo sentí una punzada de rabia. ¿Por qué nos importa tanto lo que piensen los demás? ¿Por qué las mujeres tenemos que justificar cada decisión?
Las amigas de Clara también opinaban:
—¿Y si te arrepientes? —le preguntó Marta.
—¿No tienes miedo de estar sola? —añadió Lucía.
Pero también hubo apoyo. Su amiga Elena le dijo:
—Si es tu sueño, lucha por él. Yo te ayudaré en lo que pueda.
Poco a poco fui entendiendo que mi papel no era juzgarla ni protegerla del mundo, sino estar a su lado. Una noche me senté en su cama y le dije:
—Clara, si decides seguir adelante, cuenta conmigo. No será fácil, pero no estarás sola.
Vi cómo sus ojos se llenaban de gratitud y alivio. Por primera vez en semanas, sonrió de verdad.
El proceso fue largo y lleno de altibajos: análisis médicos, pinchazos diarios, esperas interminables en la sala de la clínica mientras otras parejas se cogían de la mano… Recuerdo especialmente una mañana fría en la que Clara salió del baño con un test positivo entre las manos. Lloramos juntas durante minutos eternos.
Pero la felicidad duró poco. A las pocas semanas sufrió un aborto espontáneo. El dolor fue devastador. Clara se encerró en sí misma; yo no sabía cómo consolarla.
—¿Por qué me pasa esto a mí? —gritó una noche—. ¿Por qué es tan difícil?
No tenía respuestas. Solo podía abrazarla y recordarle que no estaba sola.
Pasaron meses antes de que recuperara fuerzas para intentarlo de nuevo. Esta vez fue diferente: menos ilusión ingenua, más miedo… pero también más determinación.
Finalmente, tras otro tratamiento y muchas lágrimas, llegó la noticia: estaba embarazada otra vez. Esta vez todo fue bien. El embarazo avanzó sin complicaciones y nueve meses después nació Sofía, una niña preciosa con los ojos grandes y curiosos como los de su madre.
Hoy miro a Clara y a Sofía jugando en el salón y pienso en todo lo que hemos pasado juntas. La familia sigue opinando; los vecinos murmuran; pero yo ya no escucho esas voces.
A veces me pregunto: ¿cuántas mujeres hay en España con sueños parecidos y miedo al qué dirán? ¿Cuántas madres valientes luchan cada día contra prejuicios y soledad? ¿No deberíamos apoyarlas más en vez de juzgarlas?