La noche en que eché a mi hijo y a mi nuera de casa: el límite que nunca quise cruzar

—¡Mamá, no puedes hacer esto! —gritó Lucía, mi nuera, con los ojos enrojecidos y la voz temblorosa.

Me quedé inmóvil en medio del pasillo, con las manos apretadas y el corazón latiendo tan fuerte que apenas podía oír mis propios pensamientos. Mi hijo, Álvaro, estaba detrás de ella, cabizbajo, sin atreverse a mirarme. La maleta azul que le regalé cuando se fue a estudiar a Salamanca estaba a sus pies, abierta, como una herida.

—No me dejas otra opción —susurré, sintiendo cómo se me quebraba la voz—. No puedo seguir así. Esta casa ya no es un hogar.

Nunca pensé que llegaría a este punto. Yo, Carmen, una madre de barrio obrero en Vallecas, siempre he creído que la familia es lo más importante. Pero después de meses de discusiones, gritos y silencios incómodos, la convivencia se había vuelto insoportable. Todo empezó cuando Álvaro perdió el trabajo en la tienda de informática y Lucía, después de meses buscando sin éxito, aceptó un empleo precario en una cafetería del centro. Les ofrecí mi casa para que pudieran ahorrar y salir adelante. Pero la tensión creció como una grieta en la pared: primero fueron los pequeños reproches, luego las discusiones por el dinero, por la comida, por quién limpiaba el baño.

Recuerdo una tarde de marzo, mientras fregaba los platos, escuché a Lucía decirle a Álvaro:

—Tu madre nos trata como si fuéramos unos inútiles. No puedo más.

Me dolió. No era mi intención. Pero también yo estaba agotada: trabajando como auxiliar en una residencia, con turnos partidos y la espalda destrozada. Llegaba a casa y me encontraba la cocina hecha un desastre, la ropa sin tender y a ellos dos encerrados en el salón viendo series.

Una noche, después de otra discusión absurda por el recibo de la luz, exploté:

—¡Basta! No puedo seguir así. Esta casa es pequeña y no hay sitio para tanto rencor.

Álvaro me miró con los ojos llenos de rabia y tristeza:

—¿Nos estás echando?

No respondí. Simplemente fui a mi habitación y cerré la puerta. Lloré hasta quedarme dormida.

La noche decisiva llegó después de que Lucía llegara tarde y despertara a todos con portazos. Álvaro salió a defenderla y acabamos gritando los tres en el pasillo. Los vecinos debieron oírlo todo.

—Mamá, por favor… —dijo Álvaro al día siguiente—. Dame una semana para buscar algo.

—Tenéis tres días —respondí, sintiendo cómo cada palabra me desgarraba por dentro.

Los vi hacer las maletas en silencio. Lucía no volvió a dirigirme la palabra. Álvaro me abrazó antes de irse:

—No sé si podré perdonarte esto.

Cerré la puerta tras ellos y sentí un vacío inmenso. Me senté en la cocina, rodeada del silencio más cruel que he conocido. Pensé en mi madre, en cómo ella también tuvo que tomar decisiones difíciles cuando éramos pequeños y mi padre se quedó sin trabajo. ¿Habría hecho lo mismo?

Los días siguientes fueron una mezcla de alivio y culpa. Dormía mejor, pero cada vez que veía la taza favorita de Álvaro o el abrigo rojo de Lucía colgado detrás de la puerta sentía un nudo en el estómago. Mi hermana Mercedes vino a verme:

—Carmen, hiciste lo que tenías que hacer. No eres una mala madre.

Pero yo no estaba tan segura. ¿Dónde estaban ahora? ¿Tendrían dónde dormir? ¿Me odiarían para siempre?

Una tarde recibí un mensaje de Álvaro: “Estamos bien. Encontramos una habitación en Lavapiés. Necesito tiempo.”

Lloré al leerlo. Quise responderle mil cosas, pero solo pude escribir: “Te quiero.”

Ahora han pasado dos meses. Hablamos poco. Lucía sigue sin dirigirme la palabra. A veces veo fotos suyas en Instagram: sonríen en terrazas pequeñas, rodeados de amigos nuevos. Me alegro por ellos, pero me duele no formar parte de esa nueva vida.

A veces me pregunto si hice lo correcto o si fui demasiado dura. ¿Puede el amor sobrevivir cuando una madre pone límites? ¿O hay heridas que nunca cicatrizan?

¿Vosotros qué haríais? ¿Hasta dónde puede llegar el amor antes de romperse?