Le alquilamos la casa al hermano de mi marido: Cómo casi nos destruyó la familia
—¿De verdad crees que es buena idea, Lucía? —me preguntó mi madre por teléfono, con esa voz que mezcla preocupación y resignación.
Yo miraba el contrato de alquiler sobre la mesa, el nombre de Tomás escrito con mi propia letra. Era el hermano pequeño de Sergio, mi marido, y acababa de quedarse sin trabajo en Madrid. Nos pidió ayuda, y nosotros teníamos esa casa en las afueras de Toledo, vacía desde hacía meses. ¿Qué podía salir mal?
—Es familia, mamá. ¿Cómo no vamos a ayudarle? —le respondí, aunque algo en mi estómago se retorcía.
Firmamos el contrato una tarde lluviosa de noviembre. Tomás llegó con su pareja, Marta, y su hijo pequeño. Parecían agradecidos, casi emocionados. Nos abrazaron, prometieron cuidar la casa como si fuera suya. Sergio me apretó la mano bajo la mesa, orgulloso de nuestra generosidad.
Las primeras semanas todo fue bien. Tomás nos enviaba mensajes agradeciéndonos, incluso nos mandó fotos del niño jugando en el jardín. Pero pronto empezaron los retrasos en el pago. Primero fue una semana, luego dos. Siempre había una excusa: que si Marta estaba enferma, que si no le habían pagado un trabajo temporal.
—No pasa nada —decía Sergio—. Es mi hermano, ya se pondrán al día.
Pero yo veía cómo las facturas se acumulaban y cómo nuestro propio presupuesto se resentía. Empecé a sentirme incómoda cada vez que hablábamos con ellos. Una tarde, después de una discusión sobre el dinero, Tomás me envió un mensaje hiriente: «Solo pensáis en el dinero, no en la familia».
Me dolió más de lo que esperaba. ¿No era precisamente por la familia que les habíamos ayudado?
Las cosas empeoraron cuando Marta empezó a quejarse del estado de la casa. Que si la caldera no funcionaba bien, que si había humedad en una pared. Llamaban a todas horas para pedir arreglos, pero cuando enviábamos a un técnico, nunca estaban en casa o decían que ya lo habían solucionado ellos mismos.
Una noche, después de cenar, Sergio y yo discutimos por primera vez en años:
—No podemos seguir así —le dije—. Nos están tomando el pelo.
—Es mi hermano, Lucía. No puedo dejarle en la calle.
—¿Y nosotros? ¿Quién nos cuida a nosotros?
La tensión creció hasta hacerse insoportable. Mi suegra empezó a llamarme para defender a Tomás: «Siempre has sido muy estricta con él», me decía. Mi cuñada dejó de hablarme. Las cenas familiares se convirtieron en campos de batalla silenciosos.
Un día recibimos una carta del ayuntamiento: los vecinos se habían quejado por ruidos y fiestas hasta tarde en nuestra casa. Cuando llamé a Tomás para pedir explicaciones, me colgó el teléfono.
Sergio empezó a dormir mal. Yo lloraba por las noches, preguntándome cómo habíamos llegado hasta allí. La familia se dividió en dos bandos: los que nos apoyaban y los que defendían a Tomás. Nadie quería ceder.
Finalmente, tras meses de tensión y amenazas veladas, decidimos rescindir el contrato. Fue una conversación fría y dolorosa:
—No podemos seguir así —dije yo, con la voz temblorosa—. Esto nos está destrozando a todos.
Tomás recogió sus cosas sin mirarnos a los ojos. Marta ni siquiera se despidió. El niño lloraba en silencio mientras salían por la puerta.
Hoy la casa está vacía otra vez, pero el silencio pesa más que nunca. Sergio y yo apenas hablamos con su familia. Mi suegra me mira con reproche cada vez que nos cruzamos en el mercado.
A veces me siento culpable; otras veces pienso que solo intenté proteger lo nuestro. ¿Vale la pena arriesgarlo todo por ayudar a la familia? ¿O hay límites que nunca deberíamos cruzar?
¿Vosotros qué haríais? ¿Hasta dónde llegaríais por ayudar a un hermano?