¿Mamá, te has vuelto loca? Cuando el amor desafía la edad y la familia
—¿Mamá, te has vuelto loca? —La voz de Lucía me golpeó antes de que pudiera quitarme el abrigo. El eco de su indignación llenó el recibidor, mezclándose con el aroma dulce de las rosas que aún sostenía en la mano.
Me quedé quieta, con la llave colgando de la cerradura y el corazón latiendo como si tuviera veinte años. No respondí enseguida. Observé a mi hija: el ceño fruncido, los brazos cruzados, la mirada que buscaba en mi rostro alguna señal de cordura.
—¿Un instructor de baile? ¿Una cita? ¿En tu edad? —insistió, como si cada palabra fuera una piedra lanzada contra mi ventana.
Mi edad. Siempre mi edad. Como si después de los sesenta sólo se pudiera sentir cansancio, resignación o nostalgia. Como si el amor fuera un privilegio reservado para los jóvenes o para las películas.
Dejé el ramo sobre la mesa del recibidor. Las rosas, aún frescas, parecían reírse de la situación. Me recordaban a los días en que Antonio, mi difunto marido, me sorprendía con flores sin motivo alguno. Pero Antonio ya no estaba. Y yo seguía aquí, con mis ganas de bailar y de vivir.
—Lucía, no he hecho nada malo —dije al fin, intentando que mi voz no temblara—. Sólo he ido a tomar un café con alguien que me hace sentir viva.
Ella bufó.
—¿Y qué dirán en el barrio? ¿Qué pensará la familia? Mamá, tienes una reputación. ¿No te das cuenta de lo ridículo que suena?
Sentí una punzada en el pecho. No era sólo su desaprobación; era el peso de todas las miradas, los susurros en la panadería, las risitas en la peluquería del barrio. En nuestro pequeño pueblo cerca de Salamanca, todo se sabe y todo se juzga.
Pero también recordé la risa de Miguel, mi instructor de baile. Cómo me tomó de la mano en la última clase y me susurró: “¿Te gustaría salir conmigo algún día?” Su voz era cálida, sin rastro de burla ni lástima. Sólo curiosidad y deseo genuino de conocerme más allá del paso doble.
—No soy una adolescente —le respondí a Lucía—. Pero tampoco estoy muerta. ¿Por qué tengo que renunciar a sentirme querida?
Ella negó con la cabeza y se marchó al salón, murmurando algo sobre “la dignidad de la edad”.
Me quedé sola en el recibidor, mirando las rosas y preguntándome si realmente estaba haciendo el ridículo. Recordé cómo me temblaban las piernas cuando Miguel me sonrió por primera vez; cómo me sentí ligera bailando con él, como si los años se hubieran evaporado entre compases.
Esa noche cenamos en silencio. Lucía apenas probó bocado y yo jugueteé con el tenedor, incapaz de tragar el nudo en mi garganta. Después se encerró en su cuarto y yo salí al balcón, buscando aire fresco y respuestas.
El móvil vibró en mi bolsillo: un mensaje de Miguel. “¿Lo has pasado bien hoy? Me encantaría volver a verte.”
Sonreí sin querer. Respondí con timidez: “Sí, lo he pasado muy bien. Gracias por las rosas.”
Al día siguiente, en la panadería, noté las miradas. Carmen, la dependienta, me saludó con una sonrisa torcida.
—Te vi ayer con ese chico del centro cultural… —dijo bajito—. ¡Qué valiente eres!
No supe si lo decía en serio o con sorna. Me limité a sonreír y pedir una barra de pan.
Por la tarde Lucía volvió a la carga:
—¿Vas a seguir viéndolo? ¿No te importa lo que diga la gente?
—Me importa lo que siento —le respondí—. Y me gustaría que tú también lo entendieras.
Su silencio fue más duro que cualquier reproche.
Los días pasaron entre clases de baile y discusiones veladas en casa. Mi hermana Pilar me llamó alarmada:
—¿Pero qué haces, Mercedes? ¡Vas a ser la comidilla del pueblo! Piensa en tus nietos…
Pensé en mis nietos: pequeños, inocentes aún para entender los prejuicios adultos. Pensé en mí misma: ¿cuántas veces había renunciado a algo por miedo al qué dirán?
Miguel insistió en verme. Paseamos por el parque, hablamos de música y cine español, reímos como dos viejos amigos. Me sentí ligera otra vez, como si los años no pesaran tanto.
Una tarde, mientras bailábamos un bolero en el centro cultural, Lucía entró sin avisar. Nos vio cogidos de la mano y salió corriendo antes de que pudiera decirle nada.
Esa noche la encontré llorando en su habitación.
—No quiero perderte —me confesó entre sollozos—. Pero no sé cómo aceptar esto.
La abracé fuerte. Sentí su miedo y su amor mezclados con mi propia culpa.
—No tienes que perderme —le susurré—. Sólo tienes que dejarme ser feliz a mi manera.
El tiempo fue suavizando las cosas. Lucía empezó a preguntar por Miguel con menos acritud y más curiosidad. Mis amigas del club de lectura me miraban con una mezcla de admiración y escándalo.
Un domingo llevé a Miguel a casa para comer. Lucía lo observó durante toda la comida, como si intentara descifrar sus intenciones palabra por palabra. Al final del postre, él le dijo:
—Sé que esto es raro para ti. Pero tu madre es una mujer increíble y sólo quiero verla feliz.
Lucía bajó la mirada y asintió en silencio.
Hoy sigo bailando con Miguel cada jueves y cada vez me siento menos culpable por ser feliz. El pueblo sigue murmurando, pero ya no me importa tanto. He aprendido que nunca es tarde para volver a empezar ni para desafiar los prejuicios.
A veces me pregunto: ¿cuántas vidas dejamos pasar por miedo al qué dirán? ¿Cuántas veces renunciamos a nosotros mismos para encajar en moldes ajenos?
¿Y tú? ¿Te atreverías a desafiar las reglas por un poco de felicidad?