Me desmayé en la comida familiar porque mi marido no me ayudaba con nuestro bebé: ¿Es este el final de nuestra familia?

—¿Otra vez te has olvidado de cambiarle el pañal, Alejandro? —mi voz temblaba, pero no era de rabia, sino de puro agotamiento. El llanto de Mateo, nuestro bebé de apenas dos meses, resonaba en el pasillo del piso de mis suegros en Chamberí. Era domingo y toda la familia estaba reunida para celebrar el cumpleaños de mi cuñada Lucía. Yo apenas podía mantenerme en pie.

Alejandro ni siquiera levantó la vista del móvil. —Ahora voy, Carmen, tranquila —murmuró, como si no fuera urgente, como si no llevara semanas durmiendo a trompicones y haciendo todo sola. Mi suegra, Mercedes, me miró con esa mezcla de lástima y juicio que tanto detesto. “Las mujeres de antes no se quejaban tanto”, parecía decirme con los ojos.

Me senté en la mesa con Mateo en brazos, intentando disimular las ojeras y el temblor en mis manos. Nadie preguntó cómo estaba. Nadie notó que llevaba días sin apenas comer ni dormir. Solo Lucía, entre risas y brindis, me susurró: —¿Estás bien, Carmen? Tienes mala cara.

No supe qué responder. ¿Cómo explicar que me sentía invisible? Que desde que nació Mateo, Alejandro se había convertido en un fantasma en casa: salía temprano para trabajar, volvía tarde y cuando estaba presente, era como si no estuviera. Todo el peso del bebé, la casa y mis propias inseguridades caía sobre mí. Y yo… yo ya no podía más.

La comida avanzaba entre platos de cocido y conversaciones banales sobre política y fútbol. Yo solo pensaba en cuándo podría irme a casa a llorar a solas. Mateo empezó a llorar otra vez. Miré a Alejandro suplicando ayuda, pero él solo se encogió de hombros.

—¿No puedes hacerle callar? —dijo mi suegro desde el otro extremo de la mesa.

Sentí cómo se me encogía el pecho. Me levanté para ir al baño con Mateo en brazos. El pasillo se me hizo eterno. De repente, todo se volvió borroso. Un pitido agudo llenó mis oídos. Y luego… nada.

Desperté tumbada en el sofá del salón, rodeada de caras preocupadas. Mercedes me abanicaba con una revista. Lucía sostenía a Mateo, que seguía llorando desconsolado. Alejandro tenía cara de susto, pero no se acercó.

—¿Qué ha pasado? —pregunté con voz débil.

—Te has desmayado, hija —dijo Mercedes—. ¿Has comido algo hoy?

No supe qué responder. Me sentí humillada, expuesta ante toda la familia. Las lágrimas me brotaron sin poder evitarlo. Nadie entendía lo sola que me sentía.

Esa noche, ya en casa, enfrenté a Alejandro:

—No puedo más así. Necesito que me ayudes con Mateo. No soy una máquina.

Él suspiró y se pasó la mano por el pelo.

—Carmen, estoy cansado también. El trabajo me tiene frito…

—¡Pero yo también estoy agotada! —grité—. No puedo hacerlo todo sola. Hoy me he desmayado delante de todos por tu culpa.

Se hizo un silencio espeso entre nosotros. Por primera vez vi miedo en sus ojos.

—No sabía que estabas tan mal…

—¡Porque no miras! —solté entre sollozos—. No ves nada de lo que hago ni cómo estoy. Me siento sola incluso cuando estás aquí.

Esa noche dormí en la habitación de Mateo. Alejandro no vino a buscarme.

Los días siguientes fueron un infierno silencioso: él salía aún más temprano y yo apenas le dirigía la palabra. Mi madre me llamaba cada día para preguntar cómo estaba, pero no quería preocuparla más. En el parque, otras madres hablaban de lo mucho que les ayudaban sus parejas; yo solo asentía fingiendo una normalidad que no existía en mi vida.

Una tarde, mientras acunaba a Mateo mirando por la ventana la Gran Vía iluminada, sentí una punzada de rabia y tristeza mezcladas. ¿Esto era la maternidad? ¿Esto era el matrimonio que había soñado?

Una noche, después de acostar a Mateo tras otra jornada interminable, me senté frente a Alejandro en el salón.

—¿De verdad quieres seguir así? —le pregunté con voz rota—. Porque yo ya no puedo más.

Él bajó la mirada y murmuró:

—No sé cómo ayudarte…

—Empieza por estar presente —le dije—. Por preguntar cómo estoy, por cambiar un pañal sin que te lo pida, por abrazarme cuando lloro…

Las lágrimas rodaron por mis mejillas mientras él se acercaba tímidamente y me tomaba la mano por primera vez en semanas.

No sé si esto será suficiente para salvarnos. No sé si podré perdonar la soledad ni olvidar el cansancio acumulado. Pero sé que merezco ser vista y cuidada.

¿Hasta cuándo una mujer debe aguantar sola? ¿Cuántas veces más tendré que gritar para que alguien escuche mi dolor?