Me negué a cuidar de mi nieta y ahora mi familia me ha dado la espalda: ¿Soy egoísta o simplemente humana?
—¿De verdad, mamá? ¿Vas a dejarme tirada ahora que más te necesito?—. La voz de Lucía, mi hija, retumbó en el salón como un trueno. Yo estaba sentada en la mesa de la cocina, con las manos temblorosas sobre el mantel de cuadros, mirando la taza de café frío. Mi nieta, Sofía, jugaba en el suelo con sus muñecas, ajena al huracán que se desataba sobre su cabeza.
No respondí enseguida. Sentí cómo el nudo en la garganta me ahogaba. ¿Cómo explicarle a mi hija que no podía? ¿Cómo decirle que después de tantos años cuidando de todos, ya no me quedaban fuerzas?
Lucía acababa de separarse de su marido, Sergio. La situación era insostenible: discusiones diarias, gritos, portazos. Yo había sido testigo de todo, siempre intentando mediar, siempre poniendo la otra mejilla. Cuando finalmente se fue de casa con Sofía, pensé que por fin encontraría algo de paz. Pero la vida tenía otros planes.
—Mamá, sólo te pido unas semanas. Tengo que buscar trabajo, no puedo dejar a Sofía sola y la guardería está llena—. Lucía me miraba con los ojos rojos, suplicantes.
—Lucía, hija…— intenté decirle, pero ella me interrumpió.
—¡Siempre has estado ahí para todos menos para mí!— gritó, y sentí cómo cada palabra era un dardo en el pecho.
No era cierto. Había estado para ella más veces de las que podía contar: cuando suspendió Selectividad y lloró durante días; cuando perdió a su primer amor y se encerró en su cuarto; cuando nació Sofía y no sabía ni cómo cambiar un pañal. Pero ahora… ahora era diferente.
Desde que murió mi marido, Antonio, hace dos años, la soledad se había instalado en casa como un huésped incómodo. Había aprendido a convivir con ella, a llenar los silencios con libros y paseos por el parque. Pero también había aprendido a escucharme a mí misma, a reconocer mis límites. Y esta vez, mi cuerpo y mi mente decían basta.
—No puedo, Lucía. Estoy cansada. No duermo bien desde hace meses, tengo dolores en las piernas y el médico dice que debo descansar—. Mi voz sonó débil incluso para mí.
Lucía se levantó bruscamente, recogió a Sofía y salió dando un portazo. El silencio que quedó fue aún más doloroso que sus gritos.
Al día siguiente, comenzaron las llamadas. Primero fue mi nuera, Marta:
—¿Pero cómo puedes negarte?— me dijo con tono frío.— Si yo tuviera una madre así, no sé qué haría…
Luego mi cuñada Carmen:
—En mi época las abuelas se desvivían por los nietos. Ahora sólo pensáis en vosotras.—
Incluso mis suegros, desde su piso en Salamanca:
—María, hija, Lucía lo está pasando muy mal. No es momento de pensar en ti.—
Me sentí juzgada por todos lados. Como si ser abuela fuera una obligación sagrada y no un papel que también cansa y desgasta.
Los días pasaron y Lucía dejó de hablarme. Sofía ya no venía los sábados a desayunar churros conmigo ni a ver películas antiguas en el sofá. El vacío era insoportable.
Una tarde, mientras regaba las plantas del balcón, vi a Lucía pasar por la calle con Sofía de la mano. No levantó la vista. Me dolió más que cualquier reproche.
Empecé a dudar de mí misma: ¿Era tan mala madre? ¿Tan mala abuela? Recordé a mi propia madre, Rosario, que siempre decía: “Las mujeres tenemos que ser fuertes para todos”. Pero yo ya no podía más.
Una noche llamé a mi hermana Pilar:
—No puedo dormir —le confesé entre lágrimas.— Siento que he fallado a todos.
Pilar suspiró al otro lado del teléfono:
—María, tienes derecho a cuidarte. Nadie lo entiende porque siempre has sido la fuerte.—
Pero las palabras de Pilar no calmaban mi culpa. En el supermercado me encontré con una vecina:
—¿Qué tal Sofía? Hace tiempo que no la veo contigo.—
Sentí las miradas inquisitivas del barrio, los susurros en la panadería: “Esa es la abuela que no quiere cuidar de su nieta”.
Una tarde recibí un mensaje inesperado de Sergio, el exmarido de Lucía:
—Sé que todo esto es difícil para ti también. Si necesitas hablar, aquí estoy.—
No respondí. No sabía qué decirle al hombre que tanto daño le había hecho a mi hija.
Pasaron semanas así. Un domingo cualquiera, mientras veía fotos antiguas en el móvil, recibí una llamada de Lucía.
—Mamá…— Su voz era apenas un susurro.— Lo siento. Estoy desbordada.—
Lloramos juntas al teléfono durante minutos interminables. Me contó que había encontrado un trabajo temporal limpiando oficinas por las noches y que una vecina le ayudaba con Sofía cuando podía.
—No quiero perderte —me dijo.— Pero tampoco quiero verte enferma.—
Acordamos vernos al día siguiente para hablar cara a cara. Cuando llegó el momento, nos abrazamos largo rato sin decir nada.
—Quizá podamos buscar otra solución —sugerí.— Puedo cuidar de Sofía algún día suelto, pero no todos los días.—
Lucía asintió entre lágrimas.
Ahora intento reconstruir los puentes rotos con mi familia. Algunos aún me miran con recelo; otros empiezan a entenderme poco a poco. Pero sé que nada volverá a ser igual.
A veces me pregunto: ¿Hasta dónde debe llegar una madre o una abuela por su familia? ¿Dónde está el límite entre el amor y el sacrificio propio? ¿Realmente somos egoístas por querer cuidarnos?