Mi hija pensó que sería su niñera tras jubilarme, pero yo también quiero vivir mi vida

—Mamá, ¿puedes venir a recoger a Lucía al colegio esta semana?— La voz de Marta, mi hija, sonaba más a orden que a petición. Era lunes por la mañana y yo apenas había terminado mi primer café, saboreando el silencio de la casa tras tantos años de madrugones y carreras para llegar al trabajo.

Me quedé mirando el móvil, sintiendo una punzada en el pecho. Había soñado con este momento durante años: la jubilación, el tiempo libre, las mañanas tranquilas en la terraza, los paseos por el Retiro, las clases de cerámica que siempre quise probar. Pero desde que colgué la bata de enfermera hace dos meses, parecía que mi vida se había llenado de nuevas obligaciones, solo que ahora no cobraba por ellas.

—Marta, cariño, esta semana tengo varias cosas planeadas… —intenté explicarle.

—¿Cosas? Mamá, ¿qué cosas? Si ya no trabajas. Además, Lucía te adora y yo no puedo con todo. ¿No entiendes que te necesito?— Su tono era casi de reproche.

Sentí cómo la culpa me apretaba el estómago. ¿Era egoísta querer tiempo para mí? ¿Acaso no había dado ya suficiente?

Recuerdo cuando Marta era pequeña y yo hacía malabares para llegar a todo. Mi madre venía a casa a ayudarme, sí, pero nunca sentí que fuera su obligación. Ahora parecía que para Marta sí lo era. Me pregunté si había fallado en enseñarle a valorar el esfuerzo ajeno.

Esa tarde, mientras paseaba por el barrio de Salamanca, vi a otras mujeres de mi edad empujando carritos de bebé o esperando en la puerta del colegio. Me pregunté si ellas también sentían esa mezcla de amor y resignación.

En casa, abrí el armario donde guardo mis pinceles y acuarelas. Había empezado un cuadro la semana pasada, pero no encontraba nunca el momento para continuarlo. Entre recoger a Lucía, llevarla al parque y preparar la merienda, mis días se llenaban sin darme cuenta.

Esa noche, durante la cena familiar del domingo, Marta volvió al tema delante de todos:

—Mamá, ¿vas a poder quedarte con los niños este verano? Ya sabes que Pedro y yo trabajamos y no tenemos con quién dejarlos.

Mi marido, Antonio, me miró de reojo. Él también esperaba una jubilación tranquila: viajes cortos por España, tardes de cine y paseos juntos. Pero últimamente apenas nos veíamos solos.

—Marta —dije con voz temblorosa—, os quiero mucho y adoro a mis nietos, pero también necesito tiempo para mí. He trabajado toda mi vida y ahora quiero disfrutar un poco.

El silencio fue incómodo. Mi nieta Lucía me miró con sus grandes ojos marrones y sentí una punzada de traición. Pero también sentí alivio por haberlo dicho en voz alta.

—¿Eso significa que no quieres ayudarme?— preguntó Marta, visiblemente dolida.

—No es eso —respondí—. Quiero ayudaros, pero no puedo ser vuestra niñera a tiempo completo. Necesito encontrar un equilibrio.

Pedro intervino entonces:

—Marta, quizá deberíamos buscar una solución alternativa. No podemos cargar todo sobre tu madre.

Marta se levantó de la mesa y fue a la cocina. Oí cómo abría el grifo con fuerza. Antonio me cogió la mano bajo la mesa.

—Has hecho bien —susurró—. Ya era hora de pensar un poco en nosotros.

Esa noche apenas dormí. Me debatía entre la culpa y la necesidad de ser fiel a mí misma. Recordé las veces que pospuse mis sueños por los demás: cuando rechacé aquel viaje a Granada porque Marta tenía exámenes; cuando dejé las clases de baile porque Lucía nació prematura y necesitaban ayuda; cuando renuncié a tantas cosas pequeñas y grandes por mi familia.

Al día siguiente, Marta me llamó temprano:

—Mamá… perdona por ayer. Es que estoy desbordada y pensé que podrías ayudarme más ahora que estás jubilada. Pero entiendo que quieras tu espacio. ¿Podemos hablarlo?

Sentí un nudo en la garganta.

—Claro que sí, hija —le respondí—. Podemos buscar una solución juntas.

Nos sentamos en una cafetería del barrio y hablamos largo rato. Le expliqué cómo me sentía: orgullosa de haber criado una familia unida, pero también cansada de sentirme invisible ahora que ya no trabajo. Marta lloró y me abrazó fuerte.

—No quiero que te sientas obligada —me dijo—. Solo… echo tanto de menos tenerte cerca como cuando era pequeña.

Le prometí estar ahí para ella y para mis nietos, pero también le pedí respeto por mis propios sueños y necesidades. Decidimos buscar una canguro para los días más complicados y repartirnos las tareas entre todos.

Ahora, mientras escribo estas líneas desde un banco del parque del Oeste, siento una mezcla de alivio y tristeza. Sé que he decepcionado un poco a mi hija, pero también sé que he dado un paso necesario para no perderme a mí misma en esta nueva etapa.

¿Es egoísmo querer vivir para una misma después de tantos años entregados a los demás? ¿O es simplemente justicia? ¿Cuántas madres en España se sienten como yo y no se atreven a decirlo?