“¡Sinvergüenza! ¡Tú no tienes hijos, y yo soy madre!” – El día que mi cuñada destrozó mi cumpleaños para no devolverme el dinero
—¡Sinvergüenza! ¡Tú no tienes hijos, y yo soy madre!— gritó Marta, mi cuñada, con la copa de vino temblando en su mano, mientras todos los ojos en la mesa se clavaban en mí. El jamón serrano se quedó a medio cortar, el cava burbujeando en las copas, y el silencio cayó como una losa sobre mi 35 cumpleaños.
No podía creer lo que estaba pasando. Había preparado todo con tanto cariño: la tortilla de patatas de mi abuela, la ensaladilla rusa que tanto le gusta a mi hermano Luis, hasta la tarta de Santiago que siempre triunfa en casa. Quería celebrar, reírme, sentirme querida. Pero ahí estaba yo, con el corazón encogido y las mejillas ardiendo de vergüenza.
Todo empezó hace seis meses, cuando Marta vino a verme con los ojos hinchados de llorar. —Ana, por favor, no sé a quién más acudir. Nos han subido la hipoteca y no llegamos a fin de mes. ¿Podrías prestarme dos mil euros?—. Me pilló por sorpresa, pero no dudé ni un segundo. Marta es la mujer de mi hermano Luis, madre de mis dos sobrinos. Siempre pensé que éramos familia, que podíamos contar las unas con las otras.
Le di el dinero sin papeles, sin condiciones. —Cuando puedas— le dije. Pero los meses pasaron y ni una palabra. Cada vez que le preguntaba, me respondía con evasivas: que si el colegio de los niños, que si la lavadora se había roto, que si estaban esperando una paga extra.
Así llegamos a mi cumpleaños. Pensé que sería el momento perfecto para hablarlo con calma, entre familia. Pero Marta tenía otros planes.
—Marta, ¿podemos hablar un momento?— le susurré mientras recogía los platos del primer plato.
Ella me miró con esa sonrisa tensa que últimamente siempre lleva puesta. —¿Ahora? ¿No ves que estoy con los niños?—
—Es solo un minuto— insistí.
Fuimos a la cocina. —Marta, sé que estáis pasando un mal momento, pero necesito saber cuándo podrás devolverme el dinero. Yo también tengo gastos…—
No me dejó terminar. —¡Siempre igual contigo! ¿No puedes dejarme en paz ni hoy? ¡Solo piensas en el dinero!—
Me quedé helada. —No es eso… Solo quiero saber…—
De repente, salió al comedor y alzó la voz para que todos la oyeran:
—¡Ana me está acosando por un préstamo! ¡Como si yo fuera una ladrona! ¡Pero claro, ella no tiene hijos ni sabe lo que es tener responsabilidades!—
Sentí cómo todos me miraban: mi madre apretando los labios, mi padre bajando la cabeza, Luis sin atreverse a mirarme a los ojos. Mi sobrina pequeña se tapó los oídos y empezó a llorar.
Quise defenderme, decir que solo pedía lo justo, pero las palabras se me atragantaron. ¿Cómo podía Marta darme ese golpe bajo? ¿Por qué usar el hecho de que no tengo hijos como un arma contra mí? ¿Acaso ser madre te da derecho a todo?
Mi madre intentó mediar:
—Chicas, por favor… No es momento ni lugar…—
Pero Marta seguía:
—¡Claro! Como tú nunca has tenido que preocuparte por nadie más que por ti misma… ¡No sabes lo duro que es criar a dos niños!—
Luis intentó calmarla:
—Marta, basta ya…—
Pero ella no paraba:
—¡No pienso aguantar que me humilles delante de todos! ¡Si tanto te importa el dinero, quédate con tu fiesta!—
Y se marchó dando un portazo, llevándose a los niños consigo. Luis fue tras ella sin decir palabra.
El resto de la familia se quedó en silencio. Mi padre intentó cambiar de tema hablando del fútbol; mi madre recogía platos sin mirarme; mis tíos cuchicheaban entre ellos. Yo solo quería desaparecer.
Esa noche no pude dormir. Me sentí traicionada y sola. ¿Por qué nadie me defendió? ¿Por qué ser mujer sin hijos me convierte en menos válida? ¿Por qué en esta familia siempre hay que callar para no molestar?
Al día siguiente recibí un mensaje de Luis: “Perdona por lo de ayer. Marta está muy nerviosa últimamente. Ya hablaremos.” Ni una palabra sobre el dinero.
Durante semanas nadie mencionó el tema. Mi madre me llamó para preguntarme si estaba bien, pero enseguida cambió de tema cuando le hablé del préstamo. “Son cosas de familia”, dijo. “Ya se arreglará.”
Pero yo no podía dejarlo pasar. No era solo el dinero: era el respeto, la confianza rota, el dolor de sentirme una extraña en mi propia casa.
Un mes después decidí enfrentarme a Marta cara a cara. Fui a su casa un domingo por la tarde. Me abrió la puerta con cara de pocos amigos.
—¿Qué quieres ahora?—
Respiré hondo:
—Solo quiero hablar como adultas. No merezco lo que me hiciste delante de todos. Te ayudé porque confiaba en ti.—
Marta bajó la mirada:
—Lo siento… Me sentí acorralada y exploté.—
—¿Y el dinero?— pregunté con voz temblorosa.
Suspiró:
—Te lo devolveré en cuanto pueda. Pero entiende que ahora mismo no puedo.—
Me marché sin decir nada más. No sé si algún día recuperaré ese dinero o si nuestra relación volverá a ser como antes.
Ahora miro atrás y me pregunto: ¿Por qué en las familias españolas hablar de dinero es casi un tabú? ¿Por qué las mujeres nos atacamos en vez de apoyarnos? ¿Vale la pena ayudar a quien no sabe agradecerlo?
¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Alguna vez os ha pasado algo parecido en vuestra familia?