Un año, tres hijos y un solo corazón: la historia de Lucía
—¿Estás loca, Lucía? ¿Cómo vas a criar tú sola a tres niños? —La voz de mi madre retumbó en el salón, tan fría como el mármol de la mesa donde apoyaba sus manos temblorosas.
Me quedé mirando el suelo, incapaz de sostenerle la mirada. Afuera llovía, y las gotas golpeaban los cristales como si quisieran entrar y ser testigos de mi vergüenza. Tenía veintinueve años, un piso pequeño en Vallecas y una barriga que apenas había empezado a crecer otra vez. Mi hija mayor, Alba, jugaba en silencio con sus muñecas en la esquina, ajena al huracán que se desataba sobre su madre.
Todo empezó el invierno pasado. Tras separarme de Sergio, me prometí que no volvería a confiar en nadie. Pero la vida tiene un sentido del humor cruel. Conocí a Marcos en una fiesta de cumpleaños. Fue una noche, nada más. Un error, pensé después. Pero dos meses más tarde, el test de embarazo me devolvió a la realidad: iba a ser madre otra vez. Cuando se lo conté a Marcos, desapareció. Ni una llamada, ni un mensaje. Solo silencio.
Mi madre fue la primera en enterarse. «¿Otra vez?», me dijo, con esa mezcla de decepción y cansancio que solo las madres saben usar. Mi padre ni siquiera habló; se limitó a encender un cigarro y salir al balcón. Sentí que les fallaba, pero no podía hacer otra cosa. No podía renunciar a ese hijo.
El embarazo fue duro. Trabajaba como cajera en un supermercado y las horas de pie me destrozaban la espalda. Alba empezó a tener pesadillas y yo apenas dormía. Las vecinas murmuraban cuando pasaba por el portal: «Pobre chica, tan joven y ya con dos…». Yo apretaba los dientes y seguía adelante.
En junio nació Mateo. Era pequeño y llorón, pero cuando lo tuve en brazos sentí algo parecido a la paz. Mi madre vino al hospital, le miró la carita arrugada y suspiró: «Bueno, al menos es sano». Pensé que todo empezaría a mejorar, pero la vida tenía otros planes.
Apenas dos meses después de volver al trabajo, empecé a sentirme rara otra vez. Mareos, cansancio extremo… No podía ser. Pero era: otro embarazo. Esta vez no hubo fiesta ni hombre ni explicación lógica. El médico me dijo que era raro, pero no imposible: mi cuerpo se había recuperado rápido y, por algún milagro o desgracia, estaba embarazada de nuevo.
Cuando se lo conté a mi madre, rompió a llorar. «¿Qué has hecho para merecer esto?», sollozaba. Yo no tenía respuesta. Mi padre dejó de hablarme durante semanas. En el barrio ya no murmuraban: directamente me miraban con lástima o desprecio.
El tercer embarazo fue el más duro. El cansancio era insoportable; Alba empezó a tener problemas en el colegio porque los otros niños decían que su madre era una «loca» o una «buscona». Mateo enfermó varias veces y yo tenía que pedir favores para que alguien me lo cuidara mientras iba al médico o al trabajo.
Una tarde, mientras Alba lloraba porque una niña le había dicho que su padre no la quería y Mateo gritaba con fiebre alta, me derrumbé en el baño. Me senté en el suelo frío y lloré hasta quedarme sin lágrimas. Pensé en rendirme, en dejarlo todo e irme lejos. Pero entonces escuché la voz de Alba llamándome: «Mamá, ¿estás bien?». Y supe que no podía fallarles.
En diciembre nació Sofía. La miré y sentí miedo: miedo de no poder con todo, miedo de fracasar como madre y como hija. Pero también sentí amor, un amor tan grande que dolía.
Mi madre vino a casa unos días después del parto. Me encontró dando el pecho a Sofía mientras Alba hacía los deberes y Mateo dormía en el carrito.
—No sé cómo lo haces —me dijo en voz baja—. Pero eres más fuerte de lo que crees.
No contesté; solo asentí mientras las lágrimas me caían por las mejillas.
Hoy mis hijos tienen uno, dos y tres años. Vivo con ellos en el mismo piso pequeño de Vallecas. Trabajo por las mañanas y limpio casas por las tardes para llegar a fin de mes. A veces me siento invisible: para el Estado, para los vecinos, para mi propia familia. Pero cada noche, cuando los tres duermen juntos en la cama grande porque tienen miedo de la oscuridad, sé que todo ha valido la pena.
A veces me pregunto si algún día dejarán de juzgarme por mis errores y verán todo lo que he luchado por mis hijos. ¿Cuántas mujeres hay como yo en España, peleando cada día contra el qué dirán? ¿Y tú? ¿Qué harías si tu vida cambiara así de repente?