Descubrí la traición de mi marido desde una cama de hospital: entre el dolor y la esperanza

—¿Por qué no ha venido Luis hoy? —pregunté con voz temblorosa a mi hermana Carmen, mientras el gotero seguía marcando el ritmo lento de mi espera. Era la tercera noche en el hospital de La Paz, y cada minuto se sentía como una eternidad. El diagnóstico de lupus me había dejado sin fuerzas, pero lo que realmente me asfixiaba era la ausencia de mi marido.

Carmen bajó la mirada. Sus dedos jugueteaban nerviosos con la funda del móvil. —Marta… hay algo que tienes que saber —susurró, y en ese instante supe que nada volvería a ser igual.

El aire se volvió denso. El pitido lejano de una máquina se mezclaba con el eco de mi respiración entrecortada. Carmen se sentó a mi lado y, con lágrimas en los ojos, me mostró una serie de mensajes en su teléfono. Eran de Luis. No a ella, sino a otra mujer: mensajes llenos de promesas, risas y palabras que yo ya no recordaba haber escuchado en meses.

Sentí cómo el mundo se partía en dos. Mi cuerpo, ya débil por la enfermedad, se encogió aún más bajo las sábanas ásperas del hospital. —No puede ser… —musité, aunque en el fondo algo dentro de mí ya lo sospechaba. Las noches en vela, las excusas de trabajo, las miradas esquivas… Todo encajaba ahora como piezas de un puzle cruel.

—Lo siento tanto, Marta —dijo Carmen, abrazándome con fuerza—. No sabía si decírtelo ahora, pero pensé que merecías saber la verdad.

Las lágrimas brotaron sin control. No era solo el dolor físico; era la sensación de haber sido traicionada cuando más vulnerable estaba. Recordé nuestra boda en Toledo, los veranos en la playa de San Juan con nuestros hijos, las promesas susurradas bajo las sábanas. ¿En qué momento se rompió todo?

Las visitas al hospital se convirtieron en un desfile de silencios incómodos. Luis venía cada dos días, siempre con prisas, evitando mi mirada. Yo fingía dormir para no tener que enfrentarme a sus mentiras. Mi madre me traía caldo y palabras vacías: “Todo pasa, hija”. Pero yo sentía que nada pasaría jamás.

Una tarde, mientras la lluvia golpeaba los cristales del hospital, Luis apareció con un ramo de flores marchitas. Se sentó a mi lado y suspiró.

—Marta… tenemos que hablar —dijo sin mirarme.

—¿Desde cuándo? —pregunté con voz fría.

Él tragó saliva. —No quería hacerte daño. Todo fue un error… Yo… me sentía solo, tú estabas tan distante con la enfermedad…

Sentí rabia. —¿Y crees que yo no me sentía sola? ¿Que no necesitaba tu apoyo? ¿Que no era suficiente luchar cada día para seguir viva?

Luis bajó la cabeza. —Lo siento…

No respondí. El silencio entre nosotros era más elocuente que cualquier palabra.

Las semanas pasaron y mi cuerpo empezó a responder al tratamiento, pero mi alma seguía rota. Carmen me animaba a pensar en mí misma por primera vez en años. “No eres solo la esposa de Luis ni la madre de Pablo y Lucía”, me repetía.

El alta llegó una mañana fría de enero. Al salir del hospital sentí el aire helado en la cara y supe que tenía que tomar una decisión. Luis me esperaba en casa, pero yo no quería volver a ser la sombra de mí misma.

Esa noche, reuní a mis hijos en el salón. Pablo tenía 14 años y Lucía 10; sus ojos reflejaban miedo e incertidumbre.

—Papá y yo vamos a separarnos —dije con voz firme—. No es culpa vuestra. A veces los adultos cometemos errores y tenemos que aprender a vivir con ellos.

Lucía lloró y Pablo apretó los puños. Luis intentó intervenir, pero le detuve con un gesto.

—Necesito tiempo para sanar —le dije—. Y tú también deberías pensar en lo que realmente quieres.

Me mudé al piso pequeño de mi hermana en Vallecas. Las primeras noches fueron un infierno: insomnio, ansiedad, miedo al futuro. Pero poco a poco empecé a descubrirme de nuevo. Volví a pintar acuarelas, salí a caminar por el Retiro y retomé contacto con amigas que había dejado atrás por priorizar siempre a los demás.

Un día recibí una carta de Luis. Decía que me echaba de menos, que quería intentarlo otra vez. Dudé mucho antes de responderle.

—¿Por qué debería perdonarte? —le pregunté cuando nos vimos en una cafetería cerca del Prado.

Luis lloró como nunca antes le había visto llorar. Me habló de su miedo a perderme, de su arrepentimiento sincero.

—No sé si puedo volver a confiar en ti —admití—. Pero sé que merezco ser feliz, contigo o sin ti.

Hoy, dos años después, sigo reconstruyendo mi vida. Luis y yo mantenemos una relación cordial por nuestros hijos, pero he aprendido a ponerme en primer lugar. La enfermedad sigue ahí, recordándome cada día lo frágil que es todo.

A veces me pregunto: ¿Cuántas mujeres como yo han tenido que romperse para poder volver a empezar? ¿Qué haríais vosotras si os encontraseis entre el dolor físico y la traición más profunda?