La noche en que todo cambió: Un corazón de madre roto
—¡No puede ser él! ¡No puede ser él!— mis manos temblaban tan fuerte sobre el volante que sentí la urgencia de soltarlo y llorar, pero no podía. Era una noche cerrada, un noviembre que mordía hasta los huesos en las afueras de Salamanca. Acababa de salir de una guardia agotadora en el hospital clínico y lo único que deseaba era llegar a casa y abrazar a mi hijo Sergio, quien últimamente apenas me hablaba. Pero aquel cordón policial, las sirenas cruzando la neblina, la mirada grave de los guardias civiles… Aquello no estaba en el plan de ninguna madre.