Mi marido me fue infiel con una compañera del trabajo, le pedí que se fuera de casa… y al final nadie salió ganando
—No me mientas más, porque ya lo he visto todo.
Eso fue lo primero que le dije a mi marido cuando entró por la puerta con la bolsa del Mercadona, como si fuera una tarde cualquiera. Yo llevaba una hora sentada en la cocina con su móvil delante, abierto por un descuido suyo. No fue que me pusiera a espiarle porque sí. Llevábamos meses raros, sin hablarnos casi, durmiendo como compañeros de piso, y esa misma tarde le saltó un mensaje mientras se duchaba. Vi el nombre de una compañera del trabajo y una frase que no dejaba mucho lugar a dudas.
Él dejó la bolsa en el suelo y me dijo:
—¿Has estado mirando mi móvil?
Y a mí eso me encendió todavía más.
—Sí, y ojalá no lo hubiera hecho.
No voy a hacerme la santa porque yo también llevaba tiempo haciendo las cosas mal. Entre mi trabajo en una gestoría, mi madre con las citas en el centro de salud, los niños, la casa y todo lo demás, yo había dejado la relación completamente aparcada. Cuando él me decía de salir a cenar o de hablar tranquilos, muchas veces le contestaba mal o le decía que no estaba para tonterías. Lo veía agobiado, callado, y en vez de acercarme, me fui cerrando más.
Pero una cosa no quita la otra.
Me reconoció que llevaba unos meses con una compañera de la oficina. No una aventura de una noche, no. Una relación. Me dijo que con ella se sentía escuchado, que en casa se sentía invisible, que yo sólo le hablaba para listas de compra, recibos y horarios de los niños. Y yo le dije:
—Pues haberlo dicho claro antes de acostarte con otra.
Él respondió:
—Lo intenté muchas veces.
Y puede que algo de razón tuviera, pero en ese momento me dio igual. Le pedí que se fuera de casa. No fue una amenaza. Le saqué una maleta y le dije que esa noche no dormía allí.
Los niños estaban en casa de mi hermana, menos mal. Si llegan a ver esa escena, no sé. Él se fue a casa de un amigo del trabajo y al día siguiente me escribió como si nada, preguntando si podía pasar a por más ropa y si hablábamos con calma. Yo ya había llamado a una abogada para informarme del divorcio.
La gente se piensa que cuando descubres una infidelidad lo ves clarísimo, pero no. Yo estaba rabiosa, sí, pero también hecha polvo y con una vergüenza tremenda. No quería contárselo a nadie, y al mismo tiempo necesitaba decírselo a todo el mundo. Al final se lo conté a mi hermana y a mi cuñado, y también a mi madre, que soltó lo típico de “aguantar no hay que aguantar nada, pero piensa en los niños”. Como si una pudiera pensar con la cabeza fría en ese momento.
Cuando se lo dijimos a los niños, fue horrible. No di detalles, claro. Les dijimos que papá y mamá ya no íbamos a seguir juntos y que él se iba a quedar una temporada fuera. El mayor no dijo casi nada, pero cambió con él de un día para otro. Más seco. Más distante. La pequeña preguntó si era porque discutíamos mucho. Y eso me remató, porque era verdad que discutíamos, pero tampoco se merecían cargar con esto.
Durante las primeras semanas yo estaba convencida de que él se iría con la otra y ya está. Pensaba: “Bueno, al menos que no venga luego con dudas”. Pero no pasó eso. Se fue a un piso compartido de alquiler temporal, de esos que encuentras deprisa por Idealista cuando te ves con una bolsa de ropa y poco más, y la relación con esa compañera tampoco duró.
Me enteré después, no porque me lo contara él de primeras, sino porque un día vino a recoger a los niños y se quedó en la puerta más rato de la cuenta. Estaba raro. Más delgado, más apagado. Me dijo:
—Con ella ya no estoy.
Y yo, la verdad, le contesté fatal:
—No me interesa tu vida.
Pero sí me interesaba, aunque fuera para enfadarme más. Luego me dijo que ella también se había agobiado, que mientras todo era a escondidas parecía una cosa y que cuando vio el lío real de una separación, dos niños, abogados y horarios, dio un paso atrás. No la culpo tampoco. Supongo que una cosa es fantasear con “empezar de cero” y otra meterte en el barro de verdad.
Él empezó a quedarse solo. Y lo sé porque, aunque ya no seamos pareja, seguimos atados por mil cosas. El colegio, las extraescolares, la cuenta común que tuvimos que cerrar, la hipoteca de la casa, que sigue a nombre de los dos hasta que resolvamos todo, los fines de semana alternos, las reuniones con la orientadora del cole porque el mayor empezó a bajar en algunas asignaturas… La vida real, vaya.
Lo que más me duele ahora no es ni siquiera lo que hizo conmigo. Es ver la frialdad con los niños. O más bien, que ellos se han enfriado con él. Él intenta acercarse, pero ya no es igual. Antes podían estar viendo un partido o montando cualquier tontería en el salón. Ahora muchas veces el mayor prefiere quedarse en su cuarto cuando le toca ir con su padre. Y la pequeña va, pero luego vuelve más seria. No creo que él sea mal padre. De hecho, creo que está pagando todo junto: lo de la pareja, la culpa, la salida de casa y que los niños no perdonan tan rápido como pensamos.
Y aquí viene la parte en la que yo tampoco quedo bien. Porque a veces, sin querer o queriendo un poco, he soltado comentarios delante de ellos. No insultos ni barbaridades, pero sí frases de esas que van dejando poso. “Pregúntaselo a tu padre, que últimamente sabrá”, “yo no he sido la que se ha ido de casa”… Cosas así. Mi abogada me dijo claramente que tuviera cuidado, y mi hermana también. Que una cosa es estar herida y otra usar a los niños para ajustar cuentas. Me costó reconocerlo, pero tenían razón.
Hace unas semanas, cuando vino a traerlos, me dijo en el rellano:
—Sé que la he liado, pero siento que me he quedado sin familia.
Y yo le dije:
—No te has quedado sin familia. Has roto la confianza y ahora toca asumirlo.
Se quedó callado y asintió. No me pidió volver ni nada parecido. Creo que ni él mismo sabe ya qué esperaba. A veces me da pena. Luego me acuerdo de los mensajes, de las mentiras, de cómo me hizo sentir en mi propia casa, y se me pasa bastante.
Sigo adelante, trabajando, llevando a mi madre a sus revisiones, intentando que los niños estén estables y peleando con papeles del divorcio que parecen no acabarse nunca. Él está en un piso pequeño, solo, y supongo que enfrentándose a lo que ha hecho. Pero aquí nadie ha ganado nada. Ni él, ni yo, y desde luego los niños menos.
Yo tengo claro que no quiero volver, pero también veo que las cosas no son tan simples como “el malo se va y ya está”. Había problemas antes, yo también miré para otro lado mucho tiempo, y él tomó la peor decisión posible.
No sé si alguien ha pasado por algo parecido. ¿Creéis que, aunque la pareja se rompa, una relación entre padre e hijos se puede recomponer de verdad después de algo así?