Cuando llamaron a Ana desde el hospital, llevaba diez años sin saber nada de su padre
La llamada me entró un martes a las once y pico de la mañana, mientras estaba en la cola de la frutería. Había salido un momento de la gestoría donde trabajo porque necesitaba despejarme y comprar cuatro cosas para casa. Vi un número fijo de Madrid y estuve a punto de no cogerlo.
Una mujer me preguntó si era Ana Sanz. Luego dijo que llamaba del Hospital Universitario de La Princesa y que mi padre, Javier Sanz, había ingresado tras un desmayo en la calle. Los sanitarios del SUMMA 112 habían encontrado mi número en su móvil.
Me quedé mirando las mandarinas como si acabaran de decirme algo en otro idioma.
—¿Está bien? —pregunté, y al oírme pensé que no tenía derecho a hacer esa pregunta.
La mujer dijo que estaba estable, que le estaban haciendo pruebas, pero que vivía solo y necesitaban localizar a algún familiar.
Mi padre se fue de casa cuando yo tenía veintitrés años. No fue una separación de esas que se van pudriendo poco a poco y al final nadie se sorprende. Una noche dijo que iba a bajar a por tabaco. Mi madre y yo estábamos viendo un programa malo en la tele, de esos que se comentan sin mirar. No volvió.
A los dos días mandó un mensaje. No a mí, a mi madre. Decía que necesitaba empezar de cero, que no quería seguir haciendo daño. Durante unos meses supimos que estaba con otra mujer. Después ni eso. Se divorciaron, vendimos el piso de Carabanchel donde había crecido y mi madre se fue a un alquiler pequeño en Alcorcón. Yo empecé a trabajar casi de inmediato porque estaba terminando un ciclo y en casa cualquier dinero venía bien.
Diez años. Ni un cumpleaños, ni una Navidad, ni siquiera cuando murió mi abuela. Nada.
Llamé a mi madre desde la calle. Ella no gritó al principio. Se quedó muy callada.
—¿Y qué quieren de ti?
—No sé. Que vaya, supongo.
—Ana, ese hombre eligió no tener hija. No dejes que ahora te coloque su vida encima porque se ha hecho mayor y está solo.
Me dolió que lo dijera así, aunque en el fondo era exactamente lo que yo pensaba. Le contesté que solo iba a pasar a verle, que no estaba firmando nada. Mi madre dijo “haz lo que te dé la gana” y colgó. Cuando se enfada de verdad, no da portazos. Habla bajito.
Fui al hospital al salir del trabajo. En admisión me hicieron esperar bastante, entre gente con bolsas, abrigos sobre las rodillas y caras de no haber dormido. Cuando por fin entré en la habitación, tardé unos segundos en reconocerlo.
Mi padre siempre había sido ancho, de esos hombres que llenaban el pasillo con su voz y olían a colonia después de afeitarse. El hombre de la cama estaba hundido dentro de un pijama azul demasiado grande. Tenía la piel grisácea y una vía en la mano. Dormía con la boca un poco abierta.
Me vio antes de que yo supiera qué decir.
—Ana.
Nada más. No “hija”, no “cuánto has crecido”, por suerte. Creo que si hubiera dicho una frase de esas habría salido corriendo.
Le dije que me habían llamado del hospital. Asintió. Intentó incorporarse y sonrió, una sonrisa mínima que me puso de mala leche.
—No hacía falta que vinieras.
—Pues parece que sí hacía falta, porque no había nadie más.
Se le borró la sonrisa. Yo me senté, pero no cerca. Estuvimos un rato hablando de cosas absurdas: que le habían hecho un electro, que la comida era horrible, que se había mareado en el portal de su edificio. Ni él ni yo mencionamos los diez años. Era como tener un armario enorme en medio de la habitación y rodearlo con cuidado para no rozarlo.
Los médicos dijeron que no había sido un infarto, pero sí tenía una insuficiencia cardiaca que llevaba tiempo sin controlar. También diabetes, la tensión disparada y una movilidad bastante limitada por una lesión antigua en la cadera. Le dieron el alta a los cinco días con una lista de pastillas, revisiones y recomendaciones. Él vivía en un tercero sin ascensor, en un piso que apenas conocía, por la zona de Usera.
—Me apañaré —dijo.
Yo sabía que no se iba a apañar. Lo vi intentando guardar sus cosas en una bolsa de deporte: un cargador roto, dos camisetas, un neceser, unas gafas con cinta adhesiva en una patilla. Me entró una rabia enorme. No ternura. Rabia. Porque había convertido su vida en aquello y, aun así, me estaba tocando a mí estar allí mirándolo.
Le propuse que se quedara unos días en mi casa, en Vallecas. Vivo sola desde que mi compañera se fue a vivir con su novio. Tengo un segundo sin ascensor, tampoco es que sea el Ritz, pero hay una habitación pequeña que uso de despacho y para dejar la ropa limpia sin doblar.
Mi madre dejó de hablarme casi dos semanas cuando se enteró.
—Le estás premiando —me dijo cuando por fin aceptó verme para tomar café.
—No le estoy premiando. Está enfermo.
—Tu padre también estaba sano cuando decidió desaparecer.
No supe qué responder. Me limité a remover el café hasta que se enfrió. Mi madre no estaba enfadada solo por él. Creo que también estaba dolida porque yo podía hacer algo que ella no podía ni plantearse. Y yo, de alguna manera, sentía que la traicionaba.
Los primeros días con mi padre fueron incómodos hasta para comprar pan. Quería ayudar y hacía cosas mal: puso una lavadora mezclando toallas blancas con una camiseta roja, se empeñaba en fregar aunque se quedaba sin aire, apagaba la calefacción porque decía que gastaba demasiado. Una tarde encontré varias monedas colocadas en fila sobre la mesa de la cocina. Me explicó que estaba calculando cuánto podía aportar de sus ahorros y de la pensión que le quedaría cuando resolviera unos papeles.
Le dije que guardara eso.
—No quiero ser una carga.
Ahí sí le contesté peor de lo que debía.
—Pues haberlo pensado hace diez años.
No se defendió. Se quedó mirando las monedas. Luego las metió en el bolsillo de su chaqueta y se fue despacio a su habitación. Aquella noche no cenamos casi nada.
A la semana siguiente me pidió perdón. No hizo un discurso. Estábamos esperando en la consulta de cardiología y soltó, mirando la puerta cerrada:
—Fui un cobarde. No sé si sirve de algo decirlo ahora.
Yo tenía preparada una lista entera de cosas para decirle. La noche del tabaco. Los cumpleaños. Mi madre llorando en el baño pensando que yo no la oía. El dinero que faltaba. Las veces que inventé excusas delante de amigos porque me daba vergüenza decir que mi padre simplemente se había ido.
Pero allí, sentado con un bastón entre las rodillas, parecía tan cansado que no dije ninguna. Solo le pregunté por qué no llamó nunca.
Tardó tanto que pensé que no iba a contestar.
—Porque cada mes que pasaba me daba más vergüenza. Y porque estaba con otra persona, sí. Pero tampoco era feliz. Eso no es una excusa, Ana. Es solo… lo que fue.
No le perdoné en ese momento. Ni creo que se perdone una vida entera en una sala de espera que huele a desinfectante. Pero por primera vez me pareció que no estaba intentando quedar bien.
Mi padre sigue en mi casa. Ya van cuatro meses, no unos días. Ha empezado rehabilitación y algunos días baja solo hasta el quiosco. Mi madre ha hablado con él una única vez por teléfono. Fue una conversación breve, rara, sin gritos. Después ella me llamó y dijo que necesitaba tiempo. Yo también.
A veces vuelve a poner mal la lavadora. A veces me cuenta cosas de cuando yo era pequeña que ni recordaba. Y otras veces lo oigo toser por la noche y me enfado, sin saber exactamente con quién.
Aún no sé cuánto tiempo se quedará ni qué vamos a ser el uno para el otro cuando esto pase. De momento, esta tarde tengo que salir antes para acompañarlo al médico. He dejado descongelándose unas lentejas y él insiste en que puede hacerlas solo. No puede, pero seguramente le dejaré intentarlo.