Cuando mi hermana dejó de contestar el teléfono, entendí todo lo que yo había dejado en sus manos
Mi hermana Laura no contestó al teléfono un martes por la mañana y, durante las primeras dos horas, no me preocupé demasiado.
Esto ahora me cuesta admitirlo. Pensé que estaría en una reunión, que se le habría quedado el móvil sin batería o que, sencillamente, estaría harta de mis audios. Laura era de esas personas que respondían a todo: a mi padre, a la vecina de mi padre, a la farmacia, al banco cuando había que desbloquear alguna tarjeta y a mí cuando yo no encontraba una factura o no sabía qué hacer con una cita médica.
Yo tengo cuarenta y seis años, vivo en Alcalá de Henares, trabajo como comercial para una empresa de suministros de hostelería y siempre voy con la sensación de llegar tarde a algún sitio. Tengo una hija de doce años con mi exmujer, Irene, y no es que me desentienda de mi padre. Iba a verle los domingos, le llevaba alguna cosa que necesitara, hablábamos de fútbol y le arreglaba el wifi cuando se le iba.
Pero la gestión de verdad la llevaba Laura.
Nuestro padre tiene setenta y ocho años y, desde que murió mi madre hace cuatro años, ha ido perdiendo bastante autonomía. No está en una situación extrema, pero se le olvidan las pastillas, se confunde con el día de la semana y hay tardes en las que le da por salir a comprar pan y vuelve dos horas después sin pan y con una bolsa llena de cosas absurdas. Una vez apareció con seis paquetes de servilletas y una planta medio muerta.
Laura vivía a diez minutos de él. Yo, a media hora larga si la M-30 no estaba imposible. Y esa diferencia, que parece una tontería, acabó convirtiéndose en una excusa muy cómoda para mí.
A las once y cuarto me llamó un número fijo. Era una enfermera del Hospital de Torrejón. Me preguntó si era familiar de Laura Martín. Me quedé frío solo por cómo pronunció su nombre, despacio, como si tuviera que prepararme.
Laura se había desplomado en la calle al salir de una cafetería. Una mujer que estaba esperando el autobús llamó al 112. Había sufrido un ictus. La habían atendido rápido, me dijeron eso varias veces, como si fuera una cuerda a la que agarrarse. Estaba ingresada, la estaban valorando y no podían decirme más por teléfono.
Lo primero que pensé fue: “¿Y papá?”
No pensé en mi hermana. No pensé si tenía miedo, si podía hablar, si estaría sola al despertarse. Pensé en quién le daría la medicación a mi padre esa noche.
Me da vergüenza escribirlo, pero fue así. Supongo que mi cabeza buscó lo más práctico porque lo otro era demasiado grande. O porque yo llevaba años acostumbrado a que Laura fuera una especie de red invisible debajo de todos nosotros.
Llamé a mi padre. Me dijo que Laura había pasado el día anterior, que le dejó unos táperes y que le riñó porque seguía guardando los yogures caducados. Lo contó hasta con una media risa.
—¿Por qué? ¿Le ha pasado algo a la niña?
Tuve que sentarme en el coche antes de responderle. Estaba en el aparcamiento de un polígono de Coslada, con una visita pendiente y el café de máquina enfriándose en el portavasos.
—Está en el hospital, papá. Le ha dado una cosa. Voy para allá.
—¿Pero una cosa qué?
No supe qué decirle. “Un ictus” sonaba a una palabra que pertenece a otras familias, a personas mucho mayores, a esas noticias que escuchas en la radio mientras conduces y luego olvidas.
En urgencias había una máquina de café, tres personas hablando por videollamada y un niño llorando porque quería unas patatas. Todo seguía funcionando de una manera ofensiva. Yo mandé mensajes a mi jefe, a Irene para decirle que quizá no llegaría a recoger a Julia del entrenamiento y a mi primo Víctor, que vive en Guadalajara. Después abrí el móvil para buscar la carpeta donde Laura tenía escaneados los informes de mi padre.
No la encontré.
Entonces recordé que no era una carpeta compartida. Estaba en su ordenador. Como también estaban los números de las auxiliares que habían venido alguna vez a casa, las contraseñas de la luz y del gas, el contacto de la neuróloga y no sé cuántas cosas más que, hasta ese momento, yo ni sabía que existían.
Cuando por fin pude verla, llevaba parte de la cara inmóvil y tenía una vía en el brazo. Estaba consciente. Me miró, intentó levantar las cejas y no pudo del todo.
—Papá —dijo, muy bajito.
Y ahí me salió solo:
—Está bien. No te preocupes por papá.
Era mentira. No estaba bien. No porque le hubiera pasado nada ese día, sino porque yo no tenía ni idea de cómo sostener lo que Laura sostenía. Pero se lo dije con una seguridad que no sentía. Ella cerró los ojos un momento, como si esa frase le quitara un peso de encima.
Los días siguientes fueron una mezcla rara de llamadas, listas escritas en cualquier papel y una culpa que me acompañaba incluso cuando dormía. Descubrí que Laura llevaba meses intentando que mi padre aceptara ayuda a domicilio unas horas a la semana. También que había hablado con el centro de salud, que tenía pendiente renovar una receta y que pagaba de su bolsillo a una mujer para hacer una limpieza a fondo cada quince días porque a él le daba vergüenza que la casa estuviera como estaba.
Yo le había dicho varias veces: “Dime si necesitas algo”. Como si pedir ayuda no fuera también otro trabajo.
Mi padre se enfadó cuando le propuse que una auxiliar fuera por las mañanas.
—No necesito una cuidadora. No soy un inválido.
Yo, que ya venía de pasar la noche en un sillón de hospital y de discutir con mi ex por llegar tarde a recoger a Julia, le contesté peor de lo que debía.
—Pues entonces deja de olvidarte de tomarte las pastillas, papá. Porque Laura no puede hacerlo todo.
Se quedó callado. Yo también. En la encimera había un plato con migas y una cafetera que llevaba quién sabe cuánto tiempo sin lavar. Me sentí miserable, pero no retiré lo dicho.
Laura ha mejorado. Eso es lo que nos repiten los médicos: ha mejorado. Camina despacio, habla casi normal, aunque se cansa enseguida y a veces se le atascan palabras sencillas. Tendrá rehabilitación durante bastante tiempo. Su marido, Dani, está con ella y yo voy cuando puedo, aunque esa frase ya no me suena igual que antes.
He empezado a llevar una libreta con las cosas de mi padre. Una libreta de verdad, de las de espiral, porque con las aplicaciones me lío y porque necesito ver las cosas escritas. Los martes voy a hacer la compra con él. Los jueves pasa una auxiliar dos horas y, de momento, él la tolera. Dice que “la chica” coloca las latas donde no debe, pero el otro día le guardó un trozo de bizcocho.
Laura me llamó hace una semana. Estaba llorando, pero intentaba disimularlo.
—Me da mucha rabia no poder ir a ver a papá.
Yo quería decirle que no se preocupara, que ya me ocupaba yo, como si eso arreglara algo. Pero esta vez tardé un poco antes de hablar.
—Ya sé que te da rabia. A mí también me da miedo hacerlo mal.
Hubo un silencio incómodo. Luego dijo “vale” y cambió de tema para preguntarme por Julia.
No sé si de verdad estoy aprendiendo a estar presente o si solo me he activado porque he visto de cerca lo fácil que es que todo se rompa. A veces me descubro deseando, de una forma egoísta, que Laura vuelva a encargarse de todo y que yo pueda volver a ser el hijo que llega los domingos con una bolsa de naranjas.
Después miro la libreta encima de la mesa de mi padre, llena de horarios, teléfonos y tachones, y la guardo en mi mochila antes de irme. Al día siguiente toca llamar a la farmacia.