Entre reproches y abrazos rotos: El frágil lazo con mi hija Lucía
—¿Por qué nunca puedes quedarte con los niños cuando te lo pido, mamá?—. La voz de Lucía retumbó en el pasillo, tan fría como la lluvia que golpeaba los cristales del piso de Carabanchel. Me quedé quieta, con las llaves aún en la mano y el corazón encogido. No era la primera vez que me lo decía, pero cada vez dolía más.
—Lucía, sabes que tengo el turno en la farmacia…— intenté explicarme, pero ella ya había girado la cara, los ojos húmedos de rabia y decepción.
—Da igual. Los padres de Sergio siempre están disponibles. Ellos sí ayudan de verdad—. Y con ese último dardo, se encerró en su habitación. Me quedé sola en el pasillo, escuchando el eco de sus palabras y preguntándome en qué momento se había roto todo entre nosotras.
Recuerdo cuando Lucía era pequeña y me buscaba para todo. Yo era su refugio, su consuelo tras cada caída. Pero ahora, a sus treinta y dos años y con dos hijos pequeños, parece que solo soy un obstáculo más en su vida. ¿En qué momento pasé de ser imprescindible a ser insuficiente?
La comparación con los padres de Sergio me persigue como una sombra. Ellos viven en un chalé en Pozuelo, están jubilados y tienen tiempo para ir a recoger a los niños al colegio, llevarlos al parque o quedarse a dormir si hace falta. Yo, en cambio, sigo trabajando en la farmacia del barrio porque la pensión de viudedad apenas me da para pagar el alquiler y la luz. Mi vida no es tan cómoda como la suya, pero eso Lucía no lo ve.
A veces pienso que todo empezó a cambiar cuando murió su padre. Aquella noche, hace ya ocho años, Lucía se quedó sentada a mi lado en el hospital, agarrándome la mano mientras yo lloraba en silencio. Desde entonces, me he sentido sola incluso cuando estoy rodeada de gente. Y ahora, con cada reproche suyo, siento que pierdo un trozo más de ella.
El domingo pasado fue el cumpleaños de mi nieto Álvaro. Llegué tarde porque tuve que cubrir una guardia inesperada. Cuando entré en el salón, todos estaban ya sentados: Sergio cortando la tarta, sus padres repartiendo platos y Lucía con cara de pocos amigos. Me senté en una esquina, intentando no molestar.
—¿Ves?—susurró Lucía a Sergio, creyendo que no la oía—. Siempre llega tarde o pone excusas.
Me mordí los labios para no llorar delante de todos. Al terminar la fiesta, me acerqué a Lucía en la cocina.
—Perdona por llegar tarde. No fue culpa mía—le dije bajito.
Ella ni siquiera me miró.—No te preocupes, mamá. Ya estamos acostumbrados.—
Esa noche no pude dormir. Me levanté varias veces a mirar las fotos antiguas: Lucía disfrazada de princesa en el carnaval del colegio; Lucía abrazando a su padre en el Retiro; Lucía y yo riendo en la playa de Benidorm. ¿Dónde quedó esa complicidad? ¿Por qué ahora solo ve mis ausencias y no mis esfuerzos?
En el trabajo, mis compañeras me dicen que no me lo tome tan a pecho.—Los hijos son así—me dice Pilar—. Cuando crecen solo ven lo que les falta.— Pero yo no puedo evitar sentirme culpable. ¿Debería dejar el trabajo y vivir con menos para estar más disponible? ¿O es injusto que me exijan tanto cuando hago lo que puedo?
Un día, mientras reponía medicamentos en la farmacia, recibí un mensaje de Lucía: “Álvaro tiene fiebre alta. ¿Puedes venir?” Sentí un nudo en el estómago. No podía salir antes del cierre y se lo dije por WhatsApp. No hubo respuesta.
Esa noche llamé a casa y fue Sergio quien contestó.—No te preocupes, Carmen. Ya está mejor.—
Colgué sintiéndome invisible.
Pasaron semanas sin apenas hablarnos. En Navidad, intenté acercarme llevando un roscón y regalos para los niños. Cuando llegué, los suegros de Lucía ya estaban allí, ayudando a preparar la cena.
—¡Carmen!—me saludó Mercedes, la madre de Sergio, con esa sonrisa perfecta que siempre me hace sentir pequeña—. Qué bien que has venido.—
Lucía apenas me dirigió la palabra durante toda la noche. Solo al irme se acercó:
—Mamá… ¿Por qué nunca puedes estar cuando te necesito?—
No supe qué decirle. Me limité a abrazarla torpemente y salí al portal con lágrimas en los ojos.
A veces pienso en dejarlo todo e irme lejos. Pero luego recuerdo las risas de mis nietos cuando les leo cuentos o las pocas veces que Lucía me sonríe sin reservas y sé que no puedo rendirme.
Hace unos días recibí una carta de Lucía. No un mensaje ni una llamada: una carta escrita a mano, como las de antes.
“Mamá,
Sé que últimamente solo te pido cosas y te echo en cara lo que no puedes darme. Estoy cansada y a veces siento que nadie me entiende. Los padres de Sergio ayudan mucho, sí, pero tú eres mi madre y te necesito cerca aunque no siempre pueda decírtelo bien. Perdóname si te hago daño con mis palabras. Te quiero.”
Le respondí esa misma noche:
“Lucía,
Siempre he hecho lo mejor que he sabido por ti. A veces siento que no llego a todo y me duele verte sufrir. Ojalá podamos aprender a hablarnos sin reproches y recordar lo mucho que nos queremos.”
No sé si esta carta cambiará algo entre nosotras. Pero al menos sé que seguimos intentándolo.
¿De verdad basta el amor para curar las heridas del pasado? ¿O hay cosas que ni siquiera una madre puede arreglar sola? ¿Vosotros qué pensáis?