Cinco años después: ¿Vale la familia más que el dinero?
—¿Otra vez con esto, Lucía? —me espetó Daniel mientras cerraba la puerta del salón con un golpe seco—. ¿No ves que mis padres no pueden pagarnos ahora?
Me quedé de pie, con el recibo en la mano, temblando. El papel estaba arrugado de tanto doblarlo y desdoblarlo durante estos cinco años. Cinco años desde aquella tarde lluviosa en la que su madre, Carmen, nos llamó llorando, suplicando ayuda porque el negocio familiar en Salamanca se venía abajo. Sin pensarlo, transferimos los 40.000 euros que habíamos ahorrado para comprar nuestro piso en Madrid. «La familia es lo primero», me repetía Daniel entonces.
Pero ahora, cada vez que veo a mi madre, Rosario, siento el peso de su mirada inquisitiva.
—¿Y qué? ¿Vas a dejar que te tomen el pelo? —me dijo hace unos días mientras preparaba la tortilla de patatas en su cocina de Vallecas—. Ese dinero era para tu futuro, Lucía. Para tus hijos.
No tengo hijos. No después de tantas discusiones, de noches en silencio, de reproches velados y miradas esquivas. El dinero se convirtió en un fantasma que habita nuestra casa, colándose entre las sábanas y los platos sin fregar.
Recuerdo la última vez que fuimos a Salamanca. La casa de los padres de Daniel olía a humedad y a café recalentado. Carmen nos recibió con una sonrisa forzada.
—Ay, hija, qué alegría verte —me dijo abrazándome—. Perdona el desorden, ya sabes cómo está todo desde que cerramos la tienda.
Durante la comida, nadie mencionó el dinero. Hablamos del tiempo, del precio del aceite de oliva, de la prima Marta que se iba a casar. Pero yo veía cómo Daniel evitaba mi mirada y cómo su padre, Julián, apenas probaba bocado.
Esa noche, en el hostal, le pregunté a Daniel:
—¿Por qué no les dices nada? ¿Por qué tengo que ser yo siempre la mala?
Él suspiró y se tapó la cara con las manos.
—Porque son mis padres, Lucía. Porque si les pido el dinero ahora, sé que no pueden dárnoslo y solo conseguiré humillarles.
—¿Y nosotros? ¿No estamos ya humillados? —le respondí con la voz rota.
Volvimos a Madrid en silencio. Desde entonces, cada conversación termina igual: él defendiendo a sus padres, yo sintiéndome traicionada por todos.
Mi madre no ayuda. Cada vez que me llama es para recordarme lo mucho que trabajaron ella y mi padre para darnos una vida mejor. «No te dejes pisotear», repite como un mantra.
El mes pasado recibí una carta del banco: si no reunimos una entrada en tres meses, perderemos la opción de comprar el piso donde vivimos de alquiler desde hace años. Daniel apenas reaccionó.
—Ya buscaremos otra cosa —dijo encogiéndose de hombros.
Pero yo no quiero otra cosa. Quiero lo que es nuestro. Quiero justicia. Quiero sentir que mi esfuerzo y mi sacrificio valen algo.
Ayer por la noche exploté. Grité, lloré, lancé el recibo contra la pared.
—¡No puedo más! —le grité a Daniel—. ¡No puedo seguir viviendo así! ¡O les pides el dinero o me voy!
Él me miró con una tristeza infinita.
—Si te vas por esto… entonces nunca fuimos realmente una familia.
Me encerré en el baño y lloré hasta quedarme sin lágrimas. Pensé en todo lo que hemos perdido: la confianza, los sueños compartidos, incluso las ganas de formar una familia propia.
Hoy he venido a casa de mi madre buscando consuelo. Ella me abraza fuerte y me susurra al oído:
—A veces hay que elegir entre tener razón o tener paz.
Pero yo no sé si quiero paz si eso significa renunciar a mí misma.
¿Vale más la familia que el dinero? ¿O hay heridas que ni el amor puede curar? ¿Qué haríais vosotros en mi lugar?