El brindis amargo: una noche de revelaciones en Madrid
—¿De verdad vas a ponerte eso, Lucía? —La voz de Javier cortó el aire de la cocina como un cuchillo afilado, justo cuando yo estaba aliñando la ensalada. Me quedé quieta, la cuchara suspendida, sintiendo cómo el calor subía a mis mejillas.
—¿Qué pasa con mi vestido? —pregunté, intentando sonar despreocupada, aunque por dentro me hervía la sangre.
Javier me miró de arriba abajo, con esa media sonrisa que últimamente me resultaba insoportable. —Nada, nada… solo que parece que vas a una reunión de vecinos, no a una cena con amigos. Pero bueno, tú misma. —Se encogió de hombros y se sirvió una copa de vino, como si no hubiera dicho nada.
Me mordí el labio para no contestar. No era la primera vez que soltaba un comentario así, pero esa noche, con el reloj marcando las nueve y los invitados a punto de llegar, me dolió más que nunca. Quizá porque llevaba toda la tarde preparando la cena, limpiando el piso, y hasta había comprado flores frescas en la floristería de la esquina, solo para que todo estuviera perfecto. Y aún así, para él, nunca era suficiente.
El timbre sonó y tuve que tragarme las lágrimas. Marta y Sergio entraron con una botella de Rioja y un ramo de flores. Marta, mi mejor amiga desde la universidad, me abrazó fuerte y me susurró al oído: —Estás guapísima, tía. —Le sonreí agradecida, aunque sentía que la sonrisa me temblaba.
La cena transcurrió entre risas, anécdotas y el bullicio típico de una noche madrileña. Javier, como siempre, se puso en modo anfitrión perfecto: servía el vino, contaba chistes, y no paraba de hacer comentarios sobre lo afortunado que era de tener «una esposa tan apañada». Cada vez que lo decía, sentía que me ardían las entrañas. ¿Apañada? ¿Eso era todo lo que veía en mí?
En el postre, Javier se levantó con su copa y, golpeando suavemente la mesa con una cuchara, pidió silencio. —Quiero hacer un brindis —anunció, mirando a todos con esa sonrisa de anuncio de colonia—. Por Lucía, mi mujer perfecta, que siempre lo tiene todo bajo control. —Todos aplaudieron y yo forcé una sonrisa, pero por dentro ya había tomado una decisión.
Mientras recogía los platos, Marta me siguió a la cocina. —¿Estás bien? —me preguntó en voz baja.
—No lo sé, Marta. Siento que me estoy perdiendo a mí misma. —Me apoyé en la encimera, mirando mis manos temblorosas—. Javier ya no me ve. Solo ve a la mujer que le organiza la vida. —Marta me apretó el brazo y me miró con esa complicidad que solo tienen las amigas de verdad.
Cuando los invitados se fueron, Javier se acercó por detrás y me dio un beso en la mejilla. —Ha salido todo perfecto, como siempre. —Pero yo ya no podía más. Me giré y lo miré a los ojos.
—¿Sabes qué, Javier? Estoy cansada de ser perfecta para ti. ¿Alguna vez te has preguntado si tú eres perfecto para mí? —Él se quedó mudo, sorprendido, como si nunca se le hubiera pasado por la cabeza.
Esa noche dormí en el sofá, abrazada a una manta y a mis pensamientos. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que había recuperado una parte de mí que creía perdida. ¿Cuántas veces aceptamos comentarios que nos duelen solo por mantener la paz? ¿No merecemos, acaso, que nos miren con amor y no con exigencia? ¿Y tú, alguna vez te has sentido invisible en tu propia casa?