El dinero que nunca fue mío: La historia de Lucía y el precio de la comodidad
—¿Otra vez has comprado yogures de marca blanca, Lucía? —La voz de Álvaro retumba en la cocina, cortando el aire como un cuchillo. Me giro, con la bolsa aún en la mano, y veo su ceño fruncido.
—Es que estaban de oferta —respondo, bajando la mirada. Siento el rubor subir por mis mejillas, como si hubiera cometido un delito.
—No me gusta que compres cosas sin consultarme. Ya sabes que yo llevo las cuentas —dice, mientras revisa el ticket con una precisión casi quirúrgica.
Podría parecer una escena trivial, pero para mí es el pan de cada día. Vivo en un piso precioso en Chamberí, herencia de la familia de Álvaro. Todo el mundo nos envidia: tenemos una hija preciosa, Martina, de tres años; él tiene un trabajo estable en una consultora; yo, desde que nació Martina, dejé mi puesto de administrativa para cuidar de ella. La decisión fue mía… o eso creía entonces.
Al principio, todo parecía perfecto. Álvaro se encargaba de las facturas, del alquiler (aunque no pagamos porque el piso es suyo), de la compra grande del mes. Yo me ocupaba de Martina y de mantener la casa impecable. Pero poco a poco, empecé a notar que no tenía ni una moneda en el monedero sin pedirle permiso.
—¿Me puedes dejar veinte euros para comprarle unos zapatos nuevos a Martina? —le pregunté una tarde.
—¿Otra vez? Pero si le compramos unos hace dos meses —respondió sin apartar la vista del ordenador.
—Le quedan pequeños…
Suspiró y rebuscó en su cartera. Me dio un billete arrugado y me miró como si estuviera pidiéndole un favor enorme.
Así empezó todo: pequeñas humillaciones diarias que se fueron acumulando como polvo bajo la alfombra. Mis amigas me decían que tenía suerte, que ojalá sus maridos pagaran todo. Pero ninguna sabía lo que era tener que justificar cada céntimo gastado, ni la vergüenza de no poder invitar a un café porque no llevas dinero encima.
Una tarde, mientras Martina dormía la siesta, llamé a mi madre.
—Mamá, ¿tú alguna vez sentiste que no eras dueña de tu vida? —le pregunté.
Ella guardó silencio unos segundos antes de responder:
—Cariño, tu padre siempre fue muy suyo con el dinero… pero nunca me hizo sentir invisible. ¿Te está pasando algo?
No supe qué decirle. ¿Cómo explicarle que me sentía como una invitada en mi propia casa? Que cada vez que quería comprarme un pintalabios tenía que pedir permiso como una niña pequeña.
El día que todo cambió fue cuando Martina se puso mala. Tenía fiebre alta y tosía sin parar. Álvaro estaba en una reunión y no cogía el teléfono. Busqué mi tarjeta sanitaria y me di cuenta de que no tenía ni para un taxi al hospital. Salí corriendo con Martina en brazos hasta la parada del autobús, rezando para que no se desmayara por el camino.
En urgencias me preguntaron si quería pagar el parking o si necesitaba ayuda para volver a casa. Me sentí tan humillada que solo pude asentir con lágrimas en los ojos. Una enfermera me dio veinte euros de su propio bolsillo para el taxi.
Esa noche, cuando Álvaro llegó, le conté lo ocurrido. Esperaba comprensión o al menos un abrazo. Pero solo dijo:
—¿Por qué no esperaste a que yo llegara? Siempre exageras todo.
Me encerré en el baño y lloré hasta quedarme sin fuerzas. Miré mi reflejo en el espejo: ojeras profundas, pelo recogido a toda prisa, ojos apagados. ¿Quién era esa mujer?
Empecé a buscar trabajo a escondidas. Mandaba currículums mientras Martina veía dibujos animados. Cada vez que sonaba el teléfono, mi corazón latía con fuerza: ¿y si era una entrevista? ¿Y si Álvaro se enteraba?
Un día encontré una oferta para trabajar media jornada en una librería cerca de casa. Fui a la entrevista temblando y salí con una sonrisa por primera vez en meses: me habían cogido.
Cuando se lo conté a Álvaro durante la cena, su reacción fue fría:
—¿Y quién va a cuidar de Martina? ¿Vas a dejarla con desconocidos?
—Irá a la guardería unas horas —respondí, intentando sonar firme.
—No necesitamos ese dinero —dijo él, cortante.
—Pero yo sí lo necesito —le respondí por fin, sintiendo cómo se me rompía algo por dentro.
Esa noche dormimos espalda contra espalda. Al día siguiente llevé a Martina a la guardería y fui a mi primer día de trabajo. Sentí miedo y libertad al mismo tiempo. Por primera vez en años tenía mi propio dinero: poco, pero mío.
No fue fácil. Álvaro se volvió más distante; las discusiones aumentaron. Mi madre me apoyó desde el principio; mis amigas empezaron a entenderme cuando les conté la verdad. Descubrí que muchas mujeres viven lo mismo en silencio.
Hoy sigo trabajando en la librería y he abierto una cuenta bancaria solo para mí. No sé qué pasará con mi matrimonio; hay días buenos y días malos. Pero al menos ahora puedo decidir si quiero comprar yogures de marca blanca o invitar a mi hija a un helado sin pedir permiso.
A veces me pregunto: ¿cuántas mujeres más viven tras puertas cerradas, aparentando tenerlo todo mientras no tienen nada propio? ¿Hasta cuándo vamos a normalizar este tipo de control disfrazado de protección?