El precio de la herencia: cuando la familia se rompe por avaricia
—¡No pienso quedarme ni un minuto más en esta casa! —gritó mi madre, con los ojos llenos de lágrimas, mientras mi padre apretaba los puños y mi abuela se llevaba las manos a la cabeza. Yo tenía seis años y no entendía por qué de repente todos hablaban tan alto, ni por qué mi abuelo, que siempre me sonreía, ahora tenía la mirada perdida en el suelo.
Recuerdo perfectamente ese día. Era una tarde de otoño en nuestro piso de Salamanca. El olor a cocido aún flotaba en el aire, pero el ambiente se había vuelto irrespirable. Mi madre, Carmen, había descubierto que mi padre, Antonio, junto con mis tíos, planeaban vender la casa familiar sin consultarla. Aquella casa no era solo ladrillos y muebles viejos: era el lugar donde habíamos crecido todos juntos, donde los domingos se llenaban de risas y partidas de parchís.
—¿Pero cómo puedes hacerme esto? —sollozaba mi madre—. ¡Es lo único que tengo!
Mi padre no respondía. Solo miraba a mi tío Luis, buscando apoyo. Mi abuela Rosario intentó mediar:
—Antonio, hijo, piénsalo bien. Carmen tiene razón. Esta casa es de todos.
Pero él solo murmuró:
—No pienso seguir viviendo entre recuerdos y reproches. Nos hace falta el dinero.
A partir de ese momento, todo cambió. Mi madre dejó de sonreír. Se encerraba en su habitación durante horas y apenas me hablaba. Mi padre llegaba tarde del trabajo y evitaba cualquier conversación incómoda. La tensión era tan densa que podía cortarse con un cuchillo.
Con el tiempo supe la verdad: mi abuelo había dejado la casa a nombre de todos sus hijos, pero mi padre y mis tíos querían venderla para repartirse el dinero y tapar agujeros económicos. Mi madre, que nunca había ido a la universidad y siempre se sintió menospreciada por ello, temía quedarse sin nada. Para ella, esa casa era su único refugio, su única seguridad.
Un día, mientras jugaba en el pasillo con mi prima Lucía, escuché a mi madre llorar en la cocina. Me acerqué despacio y la vi sentada frente a una taza de café frío.
—¿Por qué papá no te quiere? —le pregunté con inocencia.
Ella me miró con una tristeza infinita y me acarició el pelo.
—No es eso, cariño. A veces las personas dejan que el dinero les nuble el corazón.
Pasaron los meses y la situación empeoró. Las discusiones eran diarias. Mi madre empezó a trabajar limpiando casas para ahorrar algo de dinero «por si acaso». Yo notaba cómo se le encogía el alma cada vez que pasaba por delante del despacho donde mi padre y mis tíos revisaban papeles y cuentas.
La gota que colmó el vaso llegó una noche de invierno. Mi padre llegó borracho a casa y empezó a gritarle a mi madre delante de mí:
—¡Si hubieras estudiado como yo te dije, no estaríamos en esta situación! ¡Siempre has sido una inútil!
Mi madre rompió a llorar y yo me escondí bajo la mesa del comedor, temblando de miedo. Al día siguiente, hizo las maletas y nos fuimos a vivir con mi tía Pilar a las afueras de la ciudad. Nunca volví a ver a mis abuelos ni a mis tíos. Mi padre solo me llamaba para preguntarme si necesitaba algo, pero yo ya no quería hablar con él.
Crecí viendo cómo mi madre luchaba sola para sacarme adelante. Trabajó en supermercados, limpió portales y hasta vendió ropa en mercadillos para poder pagarme los estudios. Yo juré que nunca dejaría que el dinero destruyera lo que más quería.
Años después, cuando terminé la carrera de Magisterio en la Universidad de Salamanca, mi madre estaba radiante de orgullo. Pero yo sentía un vacío enorme: ningún miembro de la familia paterna vino a mi graduación. Ni una llamada, ni una carta.
El tiempo pasó y conocí a Marcos, un chico maravilloso con quien formé una familia propia. Cuando nació nuestra hija Sofía, sentí una mezcla de felicidad y tristeza: mis padres nunca conocerían a su nieta. No porque estuvieran muertos, sino porque yo no podía perdonarles lo que nos habían hecho.
Hace unos meses recibí una llamada inesperada. Era mi padre. Su voz sonaba cansada, derrotada.
—Hija… sé que no merezco tu perdón, pero quería pedirte disculpas por todo lo que pasó. Me equivoqué…
No supe qué decirle. Colgué el teléfono entre lágrimas. Mi madre me abrazó fuerte y me dijo:
—Haz lo que sientas, pero recuerda que nadie puede obligarte a perdonar si no estás preparada.
Desde entonces no dejo de preguntarme si algún día podré dejar atrás el rencor. ¿Es posible reconstruir lo que la avaricia destruyó? ¿O hay heridas que nunca llegan a cerrarse?
A veces miro a Sofía jugar en el parque y me pregunto: ¿será capaz ella de perdonar mis errores cuando crezca? ¿O arrastraremos siempre las cadenas del pasado?