Entre el amor y la culpa: Cuando mi hija adulta no me deja vivir
—¿Otra vez sales esta noche, mamá? —La voz de Nora retumba en el pasillo, cargada de reproche y desconfianza.
Me detengo en seco, las llaves tintineando entre mis dedos. Siento el rubor subir por mi cuello, como si tuviera dieciséis años y estuviera a punto de saltarme el toque de queda. Pero tengo 49 años. Y, sin embargo, aquí estoy, temblando ante la mirada inquisitiva de mi hija.
—Sí, Nora. Voy a cenar con unos amigos —miento. No tengo fuerzas para enfrentar su juicio. No esta noche.
Nora resopla y se cruza de brazos. Su pelo oscuro cae sobre los hombros, igual que el mío cuando tenía su edad. Me mira como si hubiera cometido una traición imperdonable.
—¿Con amigos? ¿O con ese tal Luis? —escupe el nombre como si le quemara la boca.
No respondo. Me limito a bajar la mirada y apretar las llaves con fuerza. Siento una punzada de culpa, pero también una rabia sorda que me arde en el pecho. ¿Por qué tengo que justificarme? ¿Por qué no puedo ser feliz?
Luis apareció en mi vida hace seis meses, en la cola del supermercado. Un hombre sencillo, con manos grandes y sonrisa tímida. Empezamos a hablar de tonterías —el precio del aceite, la huelga de transportistas— y terminamos tomando un café en la plaza Mayor. Desde entonces, cada encuentro ha sido un soplo de aire fresco en mi existencia gris.
Pero Nora no lo soporta. Desde que se enteró de que salgo con alguien, se ha convertido en una sombra pegajosa que me sigue por toda la casa. Me interroga sobre cada llamada, revisa mis mensajes cuando dejo el móvil sobre la mesa y me lanza indirectas envenenadas durante la cena.
—No entiendo por qué tienes que salir tanto —me dice una noche mientras recoge los platos—. ¿No te basta con estar conmigo?
Me muerdo la lengua para no gritarle que no, que no me basta. Que la soledad me ha calado los huesos durante años y ahora solo quiero sentirme viva otra vez.
Mi exmarido, Antonio, se fue cuando Nora tenía quince años. Desde entonces, he sido madre y padre, amiga y confidente. He trabajado horas extra en la farmacia del barrio para pagarle la universidad y he renunciado a mis propios sueños para que ella pudiera cumplir los suyos.
Ahora Nora tiene 26 años, un trabajo estable en una gestoría y sigue viviendo conmigo porque «los alquileres están imposibles». Pero lo cierto es que no quiere soltarme. Y yo tampoco he sabido poner límites.
Una tarde de domingo, mientras preparo una tortilla de patatas, Nora entra en la cocina con el ceño fruncido.
—He visto tu móvil —dice sin rodeos—. Luis te ha escrito: «Te echo de menos».
Me giro despacio, cuchillo en mano.
—¿Has mirado mi móvil?
—No me mientas —responde ella—. ¿Vas en serio con él? ¿Vas a dejarme sola?
La tortilla se me quema mientras discutimos. Gritamos cosas horribles: ella me llama egoísta; yo le digo que es una niña mimada. Al final, ambas terminamos llorando en extremos opuestos del salón.
Esa noche, Luis me llama. Dudo antes de contestar, pero su voz cálida me reconforta.
—¿Todo bien, Carmen?
—No lo sé —susurro—. Siento que tengo que elegir entre ti y mi hija.
Luis guarda silencio unos segundos.
—No tienes que elegir. Pero tampoco puedes dejarte pisotear por nadie, ni siquiera por Nora.
Cuelgo con el corazón encogido. ¿Cómo explicarle a Nora que mi felicidad no es una traición? ¿Cómo convencerla de que ser madre no significa renunciar a ser mujer?
Los días pasan y el ambiente en casa se vuelve irrespirable. Nora apenas me habla; yo camino de puntillas para evitar el conflicto. Un sábado por la mañana, mientras recojo la ropa del tendedero, escucho a Nora llorar en su habitación. Dudo antes de entrar, pero finalmente abro la puerta.
—¿Qué te pasa?
Ella me mira con los ojos hinchados.
—Tengo miedo —admite al fin—. Miedo de perderte. Miedo de quedarme sola.
Me siento a su lado y le acaricio el pelo como cuando era pequeña.
—No vas a perderme —le digo—. Pero tienes que dejarme vivir mi vida también.
Nos abrazamos largo rato. No es una reconciliación definitiva, pero es un comienzo.
Esa noche salgo con Luis sin esconderme ni mentirle a Nora. Cuando vuelvo a casa, ella está viendo una serie en el salón y me sonríe tímidamente.
Sé que nos queda mucho camino por recorrer. Que habrá más discusiones, más lágrimas y más silencios incómodos. Pero también sé que merezco ser feliz.
A veces me pregunto: ¿Cuándo dejamos las madres de tener derecho a una vida propia? ¿Cuándo aprenderán nuestros hijos a soltarnos la mano sin miedo?