Entre el amor y la guerra: La primera cena con mi futura suegra
—¿De verdad vas a ponerte ese vestido, Lucía? —La voz de mi madre temblaba mientras me ayudaba a abrocharme la cremallera. Yo asentí, intentando no mostrar mis nervios. Era la primera vez que iba a cenar con la familia de Álvaro, mi prometido, y sentía un nudo en el estómago. Mi madre había preparado su mejor sonrisa y su mejor tortilla de patatas para impresionar, pero yo intuía que nada sería suficiente para Carmen, la madre de Álvaro.
La casa de los padres de Álvaro estaba en una urbanización de las afueras de Madrid, con setos perfectamente recortados y un silencio incómodo que se colaba por las rendijas de las ventanas. Al llegar, Carmen nos recibió con dos besos fríos y una mirada que recorrió a mi madre de arriba abajo, como si evaluara cada detalle: el abrigo barato, los zapatos gastados, el peinado sencillo.
—Encantada, señora Carmen —dijo mi madre, extendiendo la mano.
—Carmen, a secas —respondió ella, sin sonreír.
El padre de Álvaro, don Manuel, apenas murmuró un saludo antes de desaparecer tras el periódico. Álvaro me apretó la mano bajo la mesa del comedor, pero no dijo nada. Yo sentía cómo el aire se volvía más denso con cada minuto.
Durante la cena, Carmen no perdió oportunidad de lanzar indirectas. Cuando mi madre mencionó que trabajaba en una tienda de barrio, Carmen arqueó una ceja y soltó:
—Qué curioso, yo siempre he pensado que el pequeño comercio está condenado a desaparecer. Hoy en día todo el mundo compra por internet.
Mi madre sonrió con dignidad, pero vi cómo se le humedecían los ojos. Yo miré a Álvaro, esperando que interviniera, pero él bajó la mirada al plato.
—¿Y tú, Lucía? —preguntó Carmen—. ¿Sigues con esa beca en la universidad pública? Álvaro me contó que aún no tienes trabajo fijo.
Sentí que me ardían las mejillas. Antes de que pudiera responder, mi madre intervino:
—Lucía es muy trabajadora. Seguro que pronto encuentra algo estable.
Carmen soltó una risa seca.
—Bueno, en esta familia siempre hemos valorado la estabilidad y el esfuerzo. Álvaro ya tiene su plaza en el banco desde hace años.
La conversación se volvió una sucesión de comparaciones veladas: los logros de Álvaro frente a mis incertidumbres, los viajes al extranjero de su familia frente a nuestras vacaciones en Benidorm. Cada palabra era una puñalada disfrazada de cortesía.
En un momento dado, Carmen se dirigió directamente a mi madre:
—¿Y su marido? ¿No ha podido acompañarnos?
Mi madre tragó saliva.
—Falleció hace tres años.
Carmen asintió con una mueca que no supe interpretar.
—Vaya, qué pena. Bueno, la vida sigue, ¿no?
Sentí cómo se me rompía algo por dentro. Miré a Álvaro suplicando apoyo, pero él seguía mudo, como si no quisiera ver lo que estaba ocurriendo. La cena terminó en un silencio sepulcral. Cuando nos despedimos, Carmen me abrazó con frialdad y susurró al oído:
—Piensa bien si este es el mundo al que quieres pertenecer.
De camino a casa, mi madre no dijo nada. Yo tampoco podía hablar; tenía un nudo en la garganta y las lágrimas amenazaban con desbordarse. Al llegar a nuestro piso pequeño pero cálido, mi madre se encerró en su habitación y yo me desplomé en el sofá.
Esa noche no dormí. Repasé cada palabra, cada gesto. ¿Por qué Álvaro no me defendió? ¿Por qué su madre necesitaba humillarnos? ¿Era posible construir una vida juntos si nuestras familias estaban en guerra?
Al día siguiente, enfrenté a Álvaro:
—¿Por qué no dijiste nada anoche?
Él suspiró y se encogió de hombros.
—Sabes cómo es mi madre… No quería empeorar las cosas.
—¿Y yo? ¿Y mi madre? ¿No merecíamos tu apoyo?
Álvaro guardó silencio. Sentí que algo se quebraba entre nosotros.
Durante semanas intenté convencerme de que todo mejoraría. Que Carmen acabaría aceptándome. Pero cada vez que pensaba en esa cena, sentía rabia y tristeza. Mi madre evitaba hablar del tema; yo evitaba hablar con Álvaro. El amor se fue llenando de dudas y resentimientos.
Ahora escribo esto sentada en la terraza de nuestro piso, viendo cómo cae la tarde sobre Madrid. Me pregunto si el amor puede sobrevivir cuando las familias se odian. ¿Merece la pena luchar por alguien que no te defiende? ¿O es mejor aceptar que hay guerras que no podemos ganar?
¿Vosotros qué haríais? ¿Creéis que el amor puede superar el desprecio y la humillación familiar?