Mi hija se casa con mi contemporáneo: El desgarro de una madre española

—¿Mamá, tienes un momento? —La voz de Lucía temblaba, pero sus ojos brillaban con esa determinación que siempre me ha dado miedo y orgullo a partes iguales.

Dejé el cuchillo sobre la encimera, el tomate a medio cortar, y me giré hacia ella. Era sábado por la tarde y el olor a pimientos asados llenaba la cocina. Lucía tenía veintiséis años, pero en ese instante parecía una niña pequeña, como cuando venía a contarme que se había peleado con su amiga Marta en el colegio.

—Claro, hija. ¿Qué pasa?

Se sentó frente a mí, cruzó las manos y respiró hondo. —He decidido casarme con Sergio.

El nombre me golpeó como una bofetada. Sergio. Mi compañero de trabajo durante años, el hombre que siempre me hacía reír en las reuniones aburridas, el que me ayudó cuando murió mi madre. Sergio, que tiene cuarenta y ocho años, sólo cinco menos que yo.

—¿Sergio? —Mi voz sonó más aguda de lo que pretendía.

Lucía asintió, bajando la mirada. —Sí, mamá. Sé lo que piensas, pero…

No la dejé terminar. —¿Cómo ha pasado esto? ¿Desde cuándo? ¿Por qué él?

Ella tragó saliva. —Nos conocimos mejor cuando fui a ayudarte a la oficina el verano pasado. Empezamos a hablar… y surgió algo especial. No lo planeamos.

Me senté pesadamente. Todo giraba a mi alrededor: la cocina, los pimientos, la foto de mi difunto marido en la nevera. Sentí rabia, miedo y una punzada de celos que me avergonzó al instante.

—¿Y él qué dice? —pregunté, casi en un susurro.

—Me quiere, mamá. Dice que nunca ha sentido esto por nadie.

No pude evitarlo: solté una carcajada amarga. —Claro, nunca ha sentido esto… ¿Y tú? ¿De verdad crees que esto puede funcionar?

Lucía se irguió, desafiante. —No soy una niña. Sé lo que hago.

—Pero él podría ser tu padre —escupí sin pensar.

Ella se levantó de golpe. —¡Pero no lo es! Y tú tampoco puedes decidir por mí toda la vida.

El portazo resonó en toda la casa. Me quedé sola, con el corazón latiendo desbocado y las lágrimas asomando sin permiso.

Esa noche apenas dormí. Recordé cuando Lucía era pequeña y me prometía que nunca se iría de casa. Recordé a Sergio contándome chistes malos en la sala de profesores. ¿Cómo no me di cuenta? ¿En qué momento mi hija y él cruzaron esa línea invisible?

Los días siguientes fueron un infierno. Mi hermana Carmen me llamó para preguntarme por qué Lucía estaba tan rara. Mi hijo menor, Álvaro, se enteró por su prima y vino furioso:

—¿Vas a permitir esto? ¡Es ridículo! ¡Ese tío podría ser nuestro padre!

No supe qué responderle. Yo misma no sabía qué sentir: vergüenza ante los vecinos, miedo al qué dirán en el trabajo, tristeza por perder a mi niña.

En la comida familiar del domingo, el ambiente era irrespirable. Mi padre, don Manuel, miraba a Lucía como si fuera una desconocida. Carmen cuchicheaba con su marido y Álvaro ni siquiera levantaba la vista del móvil.

—¿Y cuándo pensáis casaros? —preguntó mi padre con voz dura.

Lucía le sostuvo la mirada. —En septiembre. Queremos algo sencillo.

—¿Y piensas invitar a tus amigos del instituto? ¿Qué les vas a decir? —preguntó Carmen con veneno en la voz.

Lucía apretó los labios. —Que me caso con el hombre al que amo.

Yo sentí una punzada de orgullo y otra de miedo. ¿De verdad podía apoyarla? ¿O debía luchar por salvarla de lo que yo veía como un error monumental?

Esa noche llamé a Sergio. Su voz sonaba nerviosa al otro lado del teléfono.

—Marina…

—¿Por qué ella? —le pregunté sin rodeos.

Hubo un silencio largo.

—No lo planeé —dijo al fin—. Pero Lucía es… diferente. Me hace sentir joven otra vez. Me da esperanza.

—¿Y no te parece egoísta? ¿No piensas en lo que va a sufrir?

Suspiró. —Lo pienso cada día. Pero también pienso en lo feliz que la veo conmigo.

Colgué sin despedirme. Me sentí traicionada por dos personas a las que quería mucho, pero también culpable por no poder alegrarme por ellos.

Las semanas pasaron entre silencios incómodos y discusiones acaloradas. En el trabajo, notaba las miradas y los murmullos cuando Sergio entraba en la sala de profesores. En casa, Lucía apenas me hablaba.

Una tarde, mientras recogía la ropa del tendedero, Lucía se acercó despacio.

—Mamá…

No dije nada.

—Sé que te duele. Pero necesito que confíes en mí. No quiero perderte.

La miré largo rato. Vi en sus ojos el mismo fuego que tenía yo cuando me enamoré de su padre contra la opinión de todos. ¿Quién era yo para juzgarla?

La abracé fuerte y lloramos juntas bajo el sol de Madrid.

Hoy sigo teniendo miedo: miedo al futuro de Lucía, miedo a perderla, miedo a no saber ser buena madre en este nuevo escenario. Pero también sé que no puedo vivir su vida por ella.

A veces me pregunto: ¿Dónde está el límite entre proteger a nuestros hijos y dejarles volar? ¿Seré capaz de aceptar su felicidad aunque no sea como yo la imaginaba?