No corras hacia el altar, Elvira: La huida de una novia de la familia dominante de su prometido
—¡Elvira, date prisa!— gritó mi madre desde el pasillo, mientras yo, sentada frente al espejo, apenas podía reconocerme bajo el maquillaje y el vestido blanco que pesaba como una losa sobre mis hombros. El reloj marcaba las once y media; en media hora debía estar en la iglesia de San Lorenzo, donde Álvaro y toda su familia me esperaban. Pero en mi pecho solo sentía un nudo, una opresión que no me dejaba respirar.
—¿Estás bien, hija?— preguntó mi padre al entrar, con esa mirada suya de preocupación que siempre intentaba ocultar tras una sonrisa forzada.
—No lo sé, papá. No lo sé…— respondí, y por primera vez en meses sentí que podía ser sincera. Él se acercó y me tomó la mano.
—Si no quieres hacerlo, aún estás a tiempo— susurró, bajando la voz para que mi madre no escuchara. Pero yo solo asentí, incapaz de articular palabra.
Todo había sido tan rápido. Álvaro y yo nos conocimos en la universidad de Salamanca; él era encantador, atento, y su familia… bueno, su familia era otra historia. Los Gutiérrez de la Vega eran conocidos en Valladolid por su empresa de construcción y su apellido resonaba en cada círculo social. Desde el principio, doña Carmen, su madre, dejó claro que yo debía estar a la altura.
—Elvira, cariño, en nuestra familia las mujeres siempre han sido el pilar. Espero que sepas llevar la casa como corresponde— me dijo la primera vez que cené con ellos. Yo sonreí, aunque por dentro sentía que me evaluaban en cada gesto.
La presión aumentó con los preparativos de la boda. Cada decisión era revisada por doña Carmen: el menú debía ser tradicional, la lista de invitados interminable, la música clásica. Incluso mi vestido fue elegido por ella y su hija Lucía. Mi madre intentó defenderme, pero acabó cediendo ante la autoridad de los Gutiérrez.
—No te preocupes, Elvira. Es solo un día— me repetía mi mejor amiga, Marta, mientras me ayudaba a probarme los zapatos.
—Pero ¿y si ese día marca el resto de mi vida?— le respondí una noche, entre lágrimas.
La víspera de la boda, durante la cena familiar, doña Carmen me tomó del brazo y me llevó aparte.
—Mira, Elvira. Álvaro es un hombre de principios y nuestra familia tiene una reputación que mantener. Espero que entiendas lo que eso significa— dijo con voz firme. Sentí que no hablaba de amor, sino de deber.
Esa noche apenas dormí. Me pregunté si realmente quería esa vida: cenas formales cada domingo, vacaciones en Marbella con toda la familia, decisiones tomadas en función del apellido y no del corazón. Recordé a mi abuela, que siempre decía: “Elvira, nunca te pierdas a ti misma por agradar a los demás”.
La mañana de la boda llegó y con ella el vértigo. Mi madre lloraba de emoción, mi padre intentaba tranquilizarme, y yo solo quería huir. Cuando llegó el coche para llevarme a la iglesia, sentí que mis piernas no respondían.
En la puerta de la iglesia, Marta me abrazó fuerte.
—¿Estás segura?— susurró.
—No— respondí, y fue entonces cuando lo supe. No podía hacerlo.
Corrí. Corrí por las calles empedradas del casco antiguo de Valladolid, con el vestido arrastrando por el suelo y las miradas de los transeúntes clavadas en mí. Llamé a un taxi y le pedí que me llevara a casa de mi tía Pilar en Segovia. Allí me refugié durante días, apagando el móvil y evitando cualquier contacto con el mundo exterior.
Mi familia estaba dividida: mi madre no podía entenderlo (“¡Qué vergüenza para todos!”), mi padre me apoyaba en silencio, y mis amigas me enviaban mensajes de ánimo. Álvaro vino a buscarme una semana después.
—¿Por qué, Elvira? ¿Por qué me has hecho esto?— preguntó con los ojos llenos de dolor.
—Porque no era yo la que iba a casarse contigo, Álvaro. Era la Elvira que tu familia quería que fuera— respondí entre sollozos.
Él bajó la cabeza y se marchó sin decir nada más.
Con el tiempo, aprendí a perdonarme. Volví a Salamanca, retomé mis estudios y poco a poco recuperé mi voz. La gente habló durante meses; algunos me llamaron cobarde, otros valiente. Yo solo sé que elegí no perderme a mí misma.
Hoy, años después, sigo preguntándome si hice lo correcto. ¿Cuántas mujeres en España han sentido esa presión? ¿Cuántas han renunciado a sí mismas por cumplir expectativas ajenas?
A veces me miro al espejo y me pregunto: ¿Es mejor decepcionar a todos o vivir una vida que no es la tuya? ¿Qué habríais hecho vosotros en mi lugar?