No soy la criada de nadie: Mi lucha por ser más que ama de casa
—¿De verdad crees que esto es lo único que sé hacer? —le grité a Fernando mientras lanzaba el trapo al suelo, las manos aún húmedas de fregar los platos del desayuno. Él ni siquiera levantó la vista del móvil. Mi hija Lucía, con apenas seis años, me miró asustada desde la puerta de la cocina. Sentí una punzada en el pecho, pero ya no podía callar más.
Ocho años atrás, cuando Fernando y yo nos casamos en la iglesia de San Isidro, creía que la vida sería como esas películas románticas que tanto me gustaban. Él era atento, cariñoso, y siempre decía que juntos podríamos con todo. Pero poco a poco, mi papel en la familia se fue reduciendo a limpiar, cocinar y cuidar de todos… menos de mí misma.
Al principio no me importaba. Me hacía ilusión preparar la casa, decorar cada rincón, sorprenderle con su comida favorita después de un día largo en la oficina. Pero con el tiempo, todo se convirtió en rutina. Nadie agradecía nada. Mi suegra, Carmen, venía cada domingo y encontraba siempre algo que criticar: “Las ventanas están sucias”, “Lucía debería ir más arreglada”, “Fernando necesita camisas planchadas”.
Una tarde, mientras planchaba una montaña de ropa, escuché a Carmen decirle a Fernando en voz baja: “Krystyna es buena chica, pero le falta mano dura con la casa”. Sentí rabia e impotencia. ¿Acaso no veía todo lo que hacía? ¿No era suficiente?
Intenté hablarlo con Fernando esa noche. —Estoy cansada, Fer. Siento que nadie valora mi esfuerzo —le dije mientras él veía el partido del Real Madrid.
—No exageres, mujer. Si no fuera por ti, esto sería un caos —respondió sin apartar la vista del televisor.
Pero no era suficiente. No quería ser solo la que limpia y cocina. Tenía sueños: quería volver a trabajar como profesora de literatura, salir con amigas, sentirme viva. Pero cada vez que lo mencionaba, Fernando ponía excusas:
—¿Y quién va a cuidar de Lucía? ¿Quién va a hacer la cena? Además, con lo que gano yo tenemos de sobra.
Un día, mi amiga Marta me invitó a una charla sobre mujeres y trabajo en el centro cultural del barrio. Dudé en ir; Fernando se molestaría si llegaba tarde y Lucía tenía deberes. Pero algo dentro de mí gritaba que debía hacerlo. Aquella tarde escuché a otras mujeres contar historias parecidas: madres entregadas que un día se dieron cuenta de que habían dejado de ser ellas mismas.
Volví a casa con una mezcla de esperanza y miedo. Al entrar, Fernando estaba sentado en el sofá con cara de pocos amigos.
—¿Dónde estabas? Lucía tenía hambre y no encontraba nada para cenar.
—He salido un rato. No soy la única que puede preparar la cena —le respondí temblando por dentro.
Él bufó y se fue a la habitación dando un portazo. Esa noche lloré en silencio para no despertar a Lucía.
Los días siguientes fueron una batalla constante. Intenté repartir las tareas: le pedí a Fernando que ayudara con la compra y a Lucía que recogiera sus juguetes. Pero todo eran protestas y malas caras.
Una mañana, mientras preparaba el desayuno, Lucía me preguntó:
—Mamá, ¿por qué siempre estás cansada?
No supe qué responderle. Me miré al espejo y apenas me reconocí: ojeras profundas, el pelo recogido deprisa, ropa vieja y sin gracia. ¿Dónde estaba la Krystyna alegre y soñadora?
Decidí buscar trabajo. Mandé currículums a varios colegios y academias. Cuando se lo conté a Fernando, se enfadó aún más.
—¿Y ahora qué? ¿Vas a dejar tirada a tu familia por un capricho?
—No es un capricho —le respondí con voz firme—. Es mi vida también.
La tensión creció en casa. Carmen empezó a venir más seguido “para ayudar”, pero solo conseguía hacerme sentir peor. Un día exploté:
—¡Basta ya! No soy vuestra criada ni vuestra niñera. Soy una persona y merezco respeto.
Fernando me miró como si no me reconociera. Carmen se fue ofendida y Lucía se echó a llorar.
Esa noche dormí en el sofá. Pensé en separarme, en marcharme lejos… pero no podía abandonar a Lucía ni a mí misma.
Poco a poco empecé a poner límites: si no ayudaban en casa, no habría cena caliente ni ropa planchada. Al principio fue duro; Fernando protestaba y Carmen intentaba manipularme con chantajes emocionales.
Pero algo cambió en mí. Empecé a salir más, retomé contacto con amigas y acepté un trabajo a media jornada en una academia del centro. Lucía empezó a verme más feliz y hasta Fernando tuvo que aprender a cocinar algo más que pasta.
No fue fácil ni rápido. Hubo discusiones, lágrimas y silencios incómodos. Pero hoy puedo decir que ya no soy solo ama de casa; soy mujer, madre y profesional.
A veces me pregunto: ¿Por qué nos cuesta tanto hacernos valer dentro de nuestra propia familia? ¿Cuántas mujeres españolas viven esta misma historia en silencio? ¿Hasta cuándo vamos a aceptar ser invisibles?