¿Soy una mala madre o solo una mala nuera?

—¿Otra vez llegas tarde a recoger a Lucía? —La voz de Carmen, mi suegra, retumba en el altavoz del móvil como si estuviera sentada en el salón, juzgando cada rincón de mi casa.

Son las cinco en punto. Estoy en la cocina, con el delantal manchado de tomate y las manos temblorosas. El arroz se pega en la olla mientras intento responder con voz serena:

—He salido antes del trabajo, pero había un atasco en la M-30. No he podido hacer más, Carmen.

Silencio. Sé que está frunciendo el ceño al otro lado de la línea. Oigo su respiración pesada, como si estuviera a punto de soltar una sentencia definitiva.

—Siempre tienes excusas, Marta. Antes las madres llegaban a todo. No sé cómo lo hacéis ahora…

Cuelgo antes de que pueda seguir. Me siento en la mesa, con la cabeza entre las manos. El reloj marca las 17:03 y siento que el día se me escapa entre los dedos. Lucía juega en su habitación, ajena a la tormenta que se desata en mi pecho.

No es la primera vez. Desde que me casé con Álvaro, Carmen ha sido una sombra constante: en los cumpleaños, en las cenas de Navidad, incluso en las reuniones del colegio. Siempre tiene algo que decir sobre cómo visto a Lucía, sobre lo que cocino o sobre cómo organizo mi vida. Y yo, cada vez más pequeña, más insegura.

Recuerdo la primera vez que me llamó mala madre. Fue cuando Lucía tenía fiebre y yo no quise llevarla a urgencias por un simple resfriado. «Las madres de verdad no se arriesgan», me dijo. Esa frase se me quedó grabada como una herida abierta.

Hoy, después de ese teléfono, siento que estoy al borde del abismo. ¿Y si tiene razón? ¿Y si no soy suficiente para mi hija? ¿Y si Álvaro también lo piensa y no se atreve a decírmelo?

Álvaro llega a casa a las siete. Me encuentra sentada en el sofá, con los ojos rojos y el móvil aún en la mano.

—¿Otra vez ha llamado tu madre? —pregunta, dejando las llaves sobre la mesa.

Asiento sin mirarle. Él suspira y se sienta a mi lado.

—No le hagas caso, Marta. Ya sabes cómo es…

—Pero tú tampoco dices nada —le reprocho, con un nudo en la garganta—. Siempre soy yo la que tiene que aguantarla.

Él baja la mirada. Sé que le duele este tema tanto como a mí, pero nunca se atreve a enfrentarse a su madre. En esta casa hay cosas de las que no se habla: los silencios pesan más que las palabras.

Esa noche, mientras acuesto a Lucía y le leo su cuento favorito, me fijo en sus ojos grandes y curiosos. Me abraza fuerte antes de dormirse y susurra:

—Mamá, eres la mejor del mundo.

Me echo a llorar en silencio. ¿Por qué no puedo creerle? ¿Por qué dejo que Carmen tenga tanto poder sobre mí?

Al día siguiente, en el parque, me encuentro con Laura, otra madre del colegio. Nos sentamos juntas mientras los niños juegan.

—Te veo preocupada —me dice—. ¿Todo bien?

Le cuento lo del teléfono, los reproches, mi miedo constante a fallar.

—Mira, Marta —me dice Laura—, yo también tengo una suegra así. Pero aprendí que nunca va a estar contenta con nada de lo que haga. Al final tienes que decidir: ¿quieres vivir para ti o para ella?

Sus palabras resuenan en mi cabeza todo el día. Por la noche, cuando Carmen vuelve a llamar para preguntar si Lucía ha cenado «algo decente», respiro hondo y le contesto:

—Carmen, sé que te preocupas por tu nieta, pero yo también soy su madre y hago lo mejor que puedo. Te agradecería que confiaras un poco más en mí.

Silencio al otro lado. Por primera vez no sé qué va a decir.

—Bueno… —balbucea—. Supongo que tienes razón.

Cuelgo temblando pero aliviada. He puesto un límite. Pequeño, pero mío.

Esa noche duermo mejor. Álvaro me abraza y me susurra:

—Estoy orgulloso de ti.

No sé si algún día Carmen dejará de juzgarme o si yo dejaré de sentirme culpable por no ser la nuera perfecta. Pero hoy he dado un paso para ser la madre que quiero ser para Lucía.

¿De verdad es posible ser buena madre sin cumplir siempre las expectativas de los demás? ¿Cuántas veces nos dejamos definir por las voces ajenas y olvidamos escucharnos a nosotras mismas?