Siempre di todo por mi hija, pero ahora siento que no tengo lugar en su vida: la confesión de una madre española

—¿Por qué no me avisas antes de venir, mamá?—. La voz de Lucía, mi hija, retumba en el pasillo del piso que con tanto esfuerzo le ayudé a conseguir. Siento el frío de sus palabras más que el de la calle madrileña en pleno enero. Me quedo parada, con la bolsa de croquetas caseras en la mano, y noto cómo se me encoge el corazón.

No sé cuándo empezó esta distancia entre nosotras. Recuerdo cuando Lucía era pequeña y corría a mis brazos después del colegio, con las rodillas llenas de raspones y los ojos brillantes de historias. Yo era su refugio, su consuelo, su todo. Trabajé durante años en la panadería del barrio, doblando turnos, ahorrando cada euro para que ella pudiera estudiar y tener lo que yo nunca tuve. Cuando por fin consiguió ese trabajo en la consultora y ahorramos juntas para la entrada del piso, sentí que mi sacrificio había valido la pena.

Pero ahora, mientras ella cierra la puerta tras de mí con un suspiro, me doy cuenta de que algo se ha roto. —Mamá, tengo una reunión en diez minutos— dice sin mirarme a los ojos. Dejo las croquetas en la encimera y busco alguna excusa para quedarme un poco más, para sentirme útil, para no ser solo una visita incómoda.

—¿Quieres que te ayude a recoger la ropa?— pregunto, intentando sonar casual. Ella niega con la cabeza y se encoge de hombros. —No hace falta, ya lo hago luego—. Su tono es cortante, casi impaciente. Me siento fuera de lugar en este piso moderno, lleno de muebles nuevos y fotos de viajes con amigas que apenas conozco.

Recuerdo cuando Lucía lloraba porque no podía ir a la excursión del colegio; yo vendí mi anillo de boda para pagarle el viaje. Recuerdo las noches sin dormir cuando tenía fiebre y yo le cantaba nanas hasta que se calmaba. ¿En qué momento pasé de ser imprescindible a ser una molestia?

Me siento en el sofá y observo cómo ella teclea frenéticamente en el portátil. El silencio es incómodo. —¿Te apetece cenar conmigo esta noche?— pregunto con voz temblorosa. Ella duda unos segundos antes de responder: —No sé si podré, igual salgo con Marta y los del trabajo…—

La punzada en el pecho se hace más fuerte. Me levanto despacio y busco mis llaves. —Bueno, no quiero molestarte más— murmuro. Ella apenas levanta la vista. —Gracias por las croquetas, mamá— dice casi por compromiso.

Salgo al rellano y cierro la puerta despacio, intentando no hacer ruido. Bajo las escaleras con lágrimas en los ojos, sintiéndome más sola que nunca. ¿En qué momento mi vida dejó de tener sentido fuera de ser madre? ¿Quién soy yo ahora que Lucía ya no me necesita?

Esa noche, en mi pequeño piso de Carabanchel, miro las fotos antiguas: Lucía con trenzas, Lucía en su primer día de universidad, Lucía abrazándome fuerte después de aprobar el MIR. Siempre estuve ahí para ella. Siempre di todo lo que tenía y más.

Al día siguiente intento llamarla. El teléfono suena varias veces antes de que salte el buzón de voz. Le dejo un mensaje: —Solo quería saber cómo estás… Llámame cuando puedas—. Sé que probablemente no lo hará.

En el mercado, las vecinas me preguntan por Lucía. —¡Qué suerte tienes de tener una hija tan lista!— dice Carmen mientras pesa los tomates. Yo sonrío y asiento, pero por dentro siento un vacío inmenso.

Una tarde decido pasar por su piso sin avisar. Veo luces encendidas y risas tras la puerta. Dudo antes de llamar al timbre. Cuando abre, Lucía está rodeada de amigos; hay música y copas sobre la mesa. Me mira sorprendida y dice en voz baja: —Mamá, ahora no es buen momento…—

Me marcho antes de que nadie note mi presencia. Camino por las calles frías de Madrid preguntándome si hice algo mal, si quizá la protegí demasiado o si le exigí demasiado poco.

Días después recibo un mensaje suyo: “Perdona si estoy distante, mamá. Tengo mucho trabajo y necesito mi espacio.” Leo esas palabras una y otra vez intentando entenderlas. ¿Espacio? ¿De qué sirve tanto espacio si entre nosotras solo hay distancia?

En el fondo sé que Lucía está construyendo su vida, como yo quise para ella. Pero no puedo evitar sentirme desplazada, como si ya no tuviera sitio ni en su casa ni en su corazón.

A veces pienso en llamarla y decirle todo lo que siento: el orgullo, el amor inmenso, pero también la tristeza y la soledad que me ahogan desde que dejó de necesitarme. Pero siempre me detengo; no quiero cargarla con mis miedos ni mis heridas.

Hoy he decidido escribir esta historia porque sé que no soy la única madre española que se siente así: invisible tras años de sacrificio, sola después de haberlo dado todo.

¿Es este el precio de querer demasiado? ¿Alguna vez volveré a sentirme parte de su vida o tendré que aprender a dejarla ir sin perderme a mí misma?