Corazón en Dos Idiomas: La Historia de Marta y el Secreto de Barcelona

—¿Por qué ahora, Luis? —le pregunté una noche, mientras él pegaba otra nota adhesiva en la nevera: «leche – leche». Su respuesta fue un encogimiento de hombros y una sonrisa forzada.

No era la primera vez que me despertaba a las seis de la mañana con el eco de un «¡buenos días!» dirigido al microondas. Al principio me hacía gracia. Pensé que era su forma de combatir el tedio de la rutina, una especie de terapia contra la crisis de los cuarenta. Pero pronto, las palabras en español invadieron cada rincón de nuestro piso en Chamberí. «Corazón – serce», leí una mañana en el espejo del baño. Me miré fijamente y sentí un escalofrío.

Luis nunca había mostrado interés por los idiomas. Siempre decía que con el castellano y el fútbol tenía suficiente para ser feliz. Pero ahora, cada día llegaba a casa con una nueva expresión: «No pasa nada», «Hasta luego», «Te echo de menos»… ¿A quién echaba de menos?

Una tarde, mientras preparaba la cena, escuché su móvil vibrar insistentemente. No suelo fisgonear, pero esa vez algo me empujó a mirar. Un mensaje iluminó la pantalla: «Te espero en Barcelona. No tardes. Besos, Lucía». Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.

—¿Quién es Lucía? —le pregunté esa noche, con la voz temblorosa.

Luis se quedó helado. Bajó la mirada y murmuró:
—Es solo una amiga del curso de español.

No le creí. Mi intuición me gritaba que había algo más. Esa noche no dormí. Me levanté y recorrí el piso, leyendo cada nota adhesiva como si fueran pistas en una novela negra: «ventana – okno», «llave – klucz», «mentira – kłamstwo». ¿Cuántas mentiras caben en un matrimonio?

Al día siguiente, llamé a mi hermana Carmen. Siempre ha sido mi refugio en las tormentas.
—Marta, tienes que enfrentarlo —me dijo—. No puedes vivir con esa duda.

Así que lo hice. Busqué en su ordenador y encontré correos electrónicos, fotos en la Sagrada Familia, mensajes llenos de promesas y palabras en español que nunca me había dicho a mí: «Eres mi alegría», «No puedo esperar a verte».

Me sentí invisible. ¿En qué momento dejé de ser su alegría? ¿Cuándo se apagó la chispa entre nosotros? Recordé nuestros veranos en Cádiz, las risas con los niños en la playa, las noches de vino y confidencias. Todo parecía tan lejano…

Cuando Luis volvió del trabajo, le esperé sentada en el sofá, rodeada de sus notas adhesivas.
—¿Por qué? —pregunté simplemente.

Se sentó frente a mí y por primera vez en años le vi llorar.
—No sé cuándo empezó —dijo—. Me sentía vacío, perdido… Lucía me hizo sentir vivo otra vez.

—¿Y yo? —pregunté—. ¿No merecía al menos una explicación?

Luis no supo responderme. El silencio entre nosotros era más denso que nunca.

Esa noche dormí sola. Al día siguiente, Luis hizo las maletas y se fue a Barcelona. Los niños preguntaron por él; inventé una excusa sobre un viaje de trabajo. Pero pronto la verdad salió a la luz.

Mi hijo mayor, Pablo, me abrazó fuerte:
—Mamá, no llores más. Estamos contigo.

Los días siguientes fueron un torbellino de emociones: rabia, tristeza, alivio… Me sentía frágil pero también extrañamente libre. Empecé a salir a caminar por el Retiro, a tomar café con Carmen, a leer novelas que tenía olvidadas en la estantería.

Un día encontré una nota adhesiva que Luis había dejado en mi mesilla: «fuerza – siła». Sonreí con amargura. Quizá era lo único sincero que me había dejado.

Pasaron los meses y aprendí a vivir sin Luis. Descubrí que podía reírme otra vez, que mis hijos eran mi mayor apoyo y que yo también podía empezar de nuevo. Incluso me apunté a clases de inglés; no para huir, sino para demostrarme que aún podía aprender cosas nuevas.

A veces me pregunto si Lucía sabe todo lo que dejó atrás Luis para estar con ella. Si alguna vez sentirá el peso de las palabras no dichas, de los silencios compartidos durante años.

Hoy miro mi reflejo en el espejo y me digo: «coraje – valor». Porque al final, lo más difícil no fue perder a Luis, sino reencontrarme conmigo misma.

¿Y vosotros? ¿Creéis que es posible reconstruirse después de una traición así? ¿O hay heridas que nunca terminan de cerrar?