Cuando mi marido eligió a su hermano antes que a nuestra familia: una historia de abandono y lucha

—¿Otra vez te vas, Luis? —le pregunté, con la voz temblorosa, mientras él recogía las llaves del coche sin mirarme a los ojos.

—No puedo dejar a Carmen y los niños solos, Lucía. Ya lo sabes —respondió, casi en un susurro, como si temiera que sus palabras se hicieran demasiado reales.

La puerta se cerró tras él y el eco resonó en el pasillo vacío. Me quedé allí, en la cocina, con las manos mojadas y el corazón encogido. Desde que su hermano Andrés murió en aquel accidente absurdo en la carretera de Toledo, Luis ya no era el mismo. Al principio pensé que era el duelo, esa tristeza muda que se instala en los huesos. Pero pronto me di cuenta de que era algo más: Luis había decidido que su lugar estaba con Carmen, la viuda de Andrés, y sus sobrinos, no conmigo ni con nuestros hijos.

Las tardes se hicieron eternas. Yo preparaba la merienda para nuestros mellizos, Marta y Diego, y trataba de disimular la angustia. Ellos preguntaban por su padre:

—¿Papá va a venir hoy a cenar?

—No lo sé, cariño —mentía, porque en el fondo sí lo sabía: no vendría.

Las semanas pasaron y la distancia entre nosotros creció como una grieta en la pared del salón. Luis llegaba tarde, olía a colonia ajena y traía en los ojos una culpa que no sabía esconder. Yo intentaba hablar con él, pero siempre encontraba una excusa para evitar la conversación.

Una noche, después de acostar a los niños, me armé de valor y le esperé en el sofá. Cuando entró, le miré fijamente:

—Luis, ¿qué está pasando con nosotros? ¿Por qué ya no estás aquí?

Él suspiró, se sentó a mi lado y bajó la mirada.

—No puedo dejarles solos, Lucía. Carmen está destrozada y los niños… son mis sobrinos. Andrés me lo pediría si pudiera.

—¿Y nosotros? ¿Tus propios hijos? ¿Yo? —mi voz se quebró—. ¿No merecemos también tu presencia?

Luis no respondió. Se levantó y se encerró en el baño. Aquella noche dormí sola, abrazada a la almohada y al miedo de perderle para siempre.

Los comentarios en el barrio no tardaron en llegar. En la panadería, Marisa me miraba con lástima:

—Dicen que tu marido pasa más tiempo en casa de Carmen que en la suya…

Yo fingía no escuchar, pero cada palabra era una astilla más en mi orgullo. Mi madre me llamaba cada día:

—Lucía, hija, tienes que hablar con él. No puedes dejar que esto siga así.

Pero yo ya lo había intentado todo: cartas, mensajes, cenas especiales… Nada funcionaba. Luis estaba allí físicamente, pero su alma se había mudado a otra casa.

Un domingo por la tarde, Marta se cayó en el parque y se hizo una herida profunda en la rodilla. Lloraba desconsolada y yo la llevé corriendo al centro de salud. Mientras le curaban la herida, me di cuenta de que Luis ni siquiera sabía lo que estaba pasando. Le llamé varias veces pero no contestó. Cuando por fin volvió mi llamada horas después, solo acertó a decir:

—Perdona, estaba ayudando a Carmen con los deberes de los niños.

Sentí una rabia sorda crecer dentro de mí. ¿En qué momento habíamos dejado de ser su prioridad? ¿Por qué tenía que sentirme culpable por necesitarle?

Esa noche le esperé despierta otra vez. Cuando llegó, le enfrenté:

—Luis, esto no puede seguir así. No puedes vivir dos vidas. O estás aquí o allí, pero no en ningún sitio.

Él me miró con ojos cansados:

—No lo entiendes, Lucía. Andrés era mi hermano. Le prometí cuidar de su familia si algún día le pasaba algo.

—¿Y tu familia? ¿No merecemos también tu promesa?

Luis calló. El silencio entre nosotros era tan denso que podía cortarse con un cuchillo.

Los días siguientes fueron una sucesión de rutinas vacías: llevar a los niños al colegio, hacer la compra en el Mercadona del barrio, escuchar las risas ajenas en el parque mientras yo sentía que mi vida se desmoronaba poco a poco.

Una tarde recibí un mensaje inesperado de Carmen:

“Lucía, siento mucho todo esto. No quiero ser un problema entre vosotros.”

Me quedé mirando el móvil sin saber qué responder. No era culpa suya; ella también había perdido mucho más de lo que yo podía imaginar.

Esa noche decidí hablar con Luis por última vez. Le cité en nuestra cafetería favorita, donde solíamos ir cuando éramos novios.

—Luis —le dije mientras removía el café—, tienes que decidir dónde quieres estar. No puedo seguir luchando sola por esta familia.

Él me miró largo rato antes de contestar:

—No sé cómo hacerlo, Lucía. Siento que si dejo a Carmen y los niños solos les fallo… pero si sigo así te pierdo a ti y a nuestros hijos.

Las lágrimas rodaron por mis mejillas sin poder evitarlo.

—Ya nos estás perdiendo —susurré.

Volvimos a casa en silencio. Esa noche Luis durmió en el sofá y yo entendí que algo se había roto para siempre.

Hoy escribo estas líneas mientras mis hijos duermen. Luis sigue dividido entre dos hogares y yo sigo aquí, intentando mantenernos unidos aunque ya no sé si queda algo por salvar.

A veces me pregunto: ¿Hasta dónde debemos sacrificarnos por los demás antes de olvidarnos de nosotros mismos? ¿Es justo pedirle a alguien que elija entre su pasado y su presente? ¿Qué haríais vosotros si estuvierais en mi lugar?