Desmayé en la comida familiar porque mi marido no me ayudaba con nuestro bebé: ¿Es este el final de nuestra familia?
—¿Otra vez llorando, Lucía? —La voz de mi suegra resonó en el salón, mezclándose con el llanto de Hugo, que no paraba desde hacía horas. Sentí cómo las miradas se clavaban en mí, como si fuera una madre incapaz, como si todo lo que hacía estuviera mal. Álvaro, mi marido, estaba sentado al otro lado de la mesa, riéndose con su hermano sobre el último partido del Real Madrid, completamente ajeno a mi desesperación.
Intenté calmar a Hugo, pero mis brazos temblaban. Llevaba semanas sin dormir más de dos horas seguidas. Desde que nació nuestro hijo, todo había cambiado. Yo había cambiado. Antes era una mujer alegre, con energía para todo, pero ahora solo era una sombra de mí misma. Y lo peor era que me sentía sola. Completamente sola.
—Lucía, ¿quieres que te ayude? —preguntó mi cuñada Marta, acercándose con una sonrisa forzada.
—No, gracias —respondí casi en un susurro, intentando no romperme delante de todos. No quería que vieran lo rota que estaba por dentro.
Pero la verdad es que necesitaba ayuda. La necesitaba desesperadamente. Álvaro y yo habíamos hablado mil veces sobre cómo sería tener un hijo. Él prometió estar a mi lado, compartir las noches en vela, los pañales, los miedos. Pero cuando Hugo llegó, todo ese compromiso se esfumó. Él volvía tarde del trabajo y, cuando estaba en casa, se refugiaba en el móvil o en la tele. «Estoy cansado», decía siempre. Como si yo no lo estuviera.
La comida familiar era la primera vez que salíamos los tres desde el parto. Yo quería que todo saliera bien, que la familia viera que podíamos con esto, que éramos una familia feliz. Pero Hugo no paraba de llorar y yo sentía que me ahogaba.
—¿Por qué no le das el pecho aquí mismo? —sugirió mi suegra en voz alta, haciendo que todos se giraran hacia mí.
Sentí cómo me ardían las mejillas. No quería dar el pecho delante de todos, pero tampoco quería discutir. Así que me levanté y fui al baño con Hugo en brazos. Allí me miré al espejo: ojeras profundas, pelo desordenado, ojos rojos de tanto llorar. Me senté en la tapa del váter y rompí a llorar mientras intentaba alimentar a mi hijo.
—No puedo más —susurré—. No puedo más…
Volví al salón con Hugo dormido en brazos y traté de sonreír. Pero el cansancio era demasiado. Apenas probé bocado y sentía un zumbido constante en los oídos. De repente, todo se volvió borroso. Escuché voces lejanas:
—¡Lucía! ¿Estás bien?
Y después, nada.
Me desperté tumbada en el sofá, rodeada de caras preocupadas. Álvaro sostenía a Hugo con torpeza y mi madre me acariciaba la frente.
—Te has desmayado —dijo mi padre—. Tienes que cuidarte más.
Quise gritarle que no podía cuidarme porque nadie me cuidaba a mí. Que estaba agotada porque nadie me ayudaba. Que me sentía invisible.
Álvaro evitaba mirarme a los ojos. Cuando por fin nos quedamos solos en casa esa noche, le pregunté:
—¿Por qué no me ayudas? ¿Por qué tengo que hacerlo todo yo?
Él suspiró y se encogió de hombros.
—No sé… Yo trabajo mucho… Tú estás de baja… Pensé que podrías con ello.
Sentí una mezcla de rabia y tristeza tan intensa que tuve que apartar la mirada para no llorar otra vez.
—No soy una máquina —le dije—. También necesito descansar, también necesito sentirme apoyada…
Él no respondió. Se fue al dormitorio y cerró la puerta tras de sí.
Esa noche dormí en el sofá con Hugo sobre mi pecho. El silencio de la casa era ensordecedor. Pensé en todas las veces que había soñado con formar una familia, en todas las promesas rotas, en todas las veces que había callado para no discutir delante del niño.
Al día siguiente, mi madre vino a verme.
—Lucía, hija… No puedes seguir así —me dijo mientras recogía los platos del desayuno—. Habla con Álvaro. Pide ayuda si la necesitas. No estás sola.
Pero yo sí me sentía sola. Más sola que nunca.
Pasaron los días y nada cambió. Álvaro seguía ausente y yo cada vez más agotada. Empecé a pensar si esto era lo que quería para mi hijo: una madre rota y un padre ausente.
Una tarde, mientras paseaba con Hugo por el parque del Retiro, vi a una pareja joven jugando con su bebé. Reían juntos, se miraban con complicidad. Sentí una punzada de envidia tan fuerte que tuve que sentarme en un banco para no llorar delante de todos.
Esa noche, cuando Álvaro llegó tarde otra vez y ni siquiera preguntó por nosotros, tomé una decisión.
—Álvaro —le dije con voz firme—, si no cambias, si no empiezas a estar presente de verdad… esto se acaba.
Él me miró sorprendido, como si nunca hubiera imaginado que yo pudiera plantarme así.
—¿De verdad quieres separarte? —preguntó con miedo en la voz.
—No quiero separarme —respondí—. Quiero una familia de verdad. Pero no puedo hacerlo sola.
No sé qué pasará mañana ni si podremos salvar lo nuestro. Pero sé que merezco algo mejor para mí y para Hugo.
¿De verdad es tan difícil entender lo que necesita una madre? ¿Cuántas mujeres más tienen que romperse antes de ser escuchadas?