Después de casarme, descubrí que mi marido solo escucha a su madre: ¿cómo salí de esa cárcel invisible?
—¿Por qué has puesto el vaso ahí, Lucía? Ya te he dicho mil veces que en esta casa los vasos van en el armario de la derecha —la voz de Carmen, mi suegra, retumbó en la cocina como una sentencia. Luis, mi marido, ni siquiera levantó la vista del móvil. Yo apreté los dientes y me obligué a sonreír.
No era la primera vez que Carmen me corregía por algo tan trivial. Desde que nos mudamos a su piso en Vallecas, cada día era una batalla silenciosa. Yo tenía mi propio apartamento en Lavapiés, pero Luis insistió en que su madre necesitaba compañía tras la muerte de su padre. “Solo será un tiempo”, me prometió. “Carmen es muy buena gente, ya verás”.
Pero pronto entendí que en esa casa no había espacio para mí. Todo giraba en torno a Carmen: sus horarios, sus costumbres, sus opiniones. Luis se transformaba en un niño obediente cada vez que ella hablaba. Si yo proponía cenar fuera, Carmen decía que era mejor quedarse porque “la comida de fuera está llena de porquerías”. Si sugería irnos un fin de semana a Toledo, Carmen recordaba que el domingo había cocido y no podía faltar nadie.
Una noche, después de una discusión absurda sobre cómo tender la ropa, me encerré en el baño y lloré en silencio. ¿Cómo había llegado hasta aquí? Yo, que siempre fui independiente, que luché por mi carrera como periodista y defendí mis ideas con uñas y dientes… Ahora me veía reducida a una sombra, pidiendo permiso para todo.
—Luis, ¿podemos hablar? —le pregunté una tarde, mientras él veía el fútbol con su madre.
—¿Ahora? Espera al descanso —me respondió sin mirarme.
Carmen me lanzó una mirada de superioridad. Sentí que sobraba en mi propia vida.
Las semanas pasaban y la situación empeoraba. Carmen empezó a opinar sobre mi ropa (“Ese vestido es muy corto para ir al trabajo”), sobre mis amigas (“No entiendo qué le ves a Marta, siempre va despeinada”), incluso sobre mis horarios (“¿Por qué llegas tan tarde? Las mujeres decentes cenan a las nueve”).
Intenté hablar con Luis varias veces. Siempre me decía lo mismo:
—Es mi madre, Lucía. Hay que entenderla. Ha pasado mucho sola desde que murió papá.
—¿Y yo? ¿Quién me entiende a mí? —le grité una noche, harta de sentirme invisible.
Luis se encogió de hombros y salió de la habitación. Me sentí más sola que nunca.
Un día, después de una discusión especialmente dura porque Carmen había tirado a la basura una carta importante para mí (“Pensé que era propaganda”), decidí llamar a mi hermana Ana.
—No puedes seguir así, Lucía —me dijo Ana—. Vente unos días conmigo. Necesitas respirar.
Pero Luis se negó rotundamente:
—¿Te vas a ir ahora? ¿Vas a dejarme solo con mi madre? ¿Qué va a pensar la familia?
Me sentí atrapada. Empecé a tener insomnio, a perder peso. En el trabajo me costaba concentrarme y mis amigas notaban que ya no era la misma.
Una tarde, mientras preparaba la cena bajo la atenta mirada de Carmen, exploté:
—¡Estoy harta! ¡No soy vuestra criada! ¡Quiero vivir mi vida!
Carmen se llevó la mano al pecho como si le hubiera dado un infarto.
—¡Mira lo que has hecho! —me gritó Luis—. ¡Siempre tienes que montar un drama!
Esa noche dormí en el sofá. Al día siguiente, recogí mis cosas y me fui al apartamento de Ana. Nadie intentó detenerme.
Pasaron semanas sin noticias de Luis. Me sentía culpable y liberada al mismo tiempo. Empecé terapia y poco a poco recuperé mi autoestima. Un día recibí un mensaje de Luis:
“Mi madre dice que deberíamos hablar”.
No contesté. Por primera vez en mucho tiempo, pensé en lo que yo quería. ¿De verdad quería volver a esa cárcel invisible?
Hoy vivo sola en Lavapiés. He vuelto a quedar con mis amigas, he retomado mis hobbies y hasta he adoptado un gato. A veces me pregunto si hice bien en rendirme tan pronto, pero luego recuerdo las noches en vela y las lágrimas escondidas.
¿De verdad el amor justifica perderse a una misma? ¿Cuántas mujeres más viven atrapadas entre las paredes del deber y el miedo al qué dirán?