Doble felicidad, doble dolor: Aprendiendo a vivir con el pasado de mi marido
—¿Otra vez ha llamado? —pregunté, con la voz temblorosa, mientras apoyaba la mano sobre mi vientre abultado. El eco de la reforma aún flotaba en las paredes recién pintadas, pero la paz que tanto había anhelado parecía escaparse entre los huecos de las ventanas nuevas.
Miguel, mi marido, bajó la mirada y asintió. —Dice que es urgente. Que no puede esperar.
Sentí una punzada en el pecho. No era la primera vez que Lucía, su exmujer, irrumpía en nuestra vida con sus demandas y reproches. Desde que nos mudamos a esta casa en las afueras de Toledo, pensé que podríamos empezar de cero. Pero el pasado de Miguel tenía raíces profundas, y yo, embarazada de mellizos, me sentía cada vez más pequeña ante su sombra.
—¿Y qué quiere ahora? —insistí, intentando mantener la calma.
—Que hablemos del colegio de Daniel —respondió Miguel, refiriéndose a su hijo mayor, fruto de su primer matrimonio—. Dice que no está de acuerdo con el cambio y que no piensa firmar los papeles.
Me senté en el sofá, agotada. La reforma había sido un infierno: obreros entrando y saliendo, facturas inesperadas, discusiones por cada detalle. Pero nada me desgastaba tanto como esta guerra silenciosa con Lucía. Ella no soportaba que yo existiera, que hubiera reconstruido lo que ella había destruido.
Recuerdo la primera vez que la vi. Fue en la puerta del colegio. Se acercó a mí con una sonrisa helada y me dijo al oído: —Disfruta mientras puedas. Miguel siempre vuelve a lo que conoce.
Desde entonces, cada llamada suya era una amenaza velada. A veces pensaba que nunca podría ser suficiente para Miguel, que siempre habría una parte de él atada a esa mujer y a ese hijo que no era mío.
Una tarde, mientras pintaba la habitación de los bebés, escuché a Miguel hablando por teléfono en el pasillo:
—Lucía, por favor, basta ya… No puedes seguir haciéndonos esto…
Me acerqué despacio y lo vi con los ojos llenos de rabia y cansancio. Cuando colgó, me miró como si quisiera pedirme perdón por algo que no era culpa suya.
—No sé qué más hacer —susurró—. No quiero perderte a ti ni alejarme de Daniel.
Me acerqué y le tomé la mano. —No tienes que elegir. Pero tampoco podemos vivir así para siempre.
Las semanas pasaban y mi embarazo avanzaba. Cada ecografía era una mezcla de alegría y miedo: ¿sería capaz de proteger a mis hijos de este torbellino? ¿Podría algún día sentirme realmente en casa?
Un domingo por la mañana, Lucía apareció sin avisar. Llamó al timbre mientras desayunábamos. Daniel venía con ella, arrastrando una mochila enorme y los ojos bajos.
—Vengo a recoger sus cosas —anunció Lucía desde el umbral—. Ya no quiero que pase los fines de semana aquí.
Miguel se puso tenso. —Eso no es lo que acordamos.
—Pues ahora lo decido yo —replicó ella—. No pienso dejar a mi hijo con una desconocida que juega a ser madre.
Sentí cómo se me rompía algo por dentro. Daniel me miró con tristeza y yo solo pude sonreírle, intentando no llorar delante de él.
Cuando se marcharon, Miguel golpeó la mesa con rabia. —No puedo más…
Me acerqué despacio y le abracé por detrás. —No es tu culpa —le susurré—. Pero tenemos que poner límites. Por nosotros… por los bebés…
Esa noche apenas dormí. Soñé con Lucía riéndose en nuestra cocina, arrancando las fotos de las ecografías del frigorífico. Me desperté sudando, con el corazón desbocado.
Al día siguiente decidí escribirle una carta a Lucía. No para pelear, sino para pedirle paz. Le hablé como mujer a mujer, como madre a madre:
“Sé que es difícil ver cómo tu hijo crece en otra casa. Pero yo no quiero ocupar tu lugar ni robarte nada. Solo quiero construir una familia donde Daniel también tenga un sitio seguro y feliz.”
Nunca supe si leyó la carta. Pero poco a poco las llamadas disminuyeron. Daniel volvió algunos fines de semana y hasta me pidió ayuda con los deberes.
El día que nacieron mis mellizos, Miguel lloró como un niño. Sostuvo a los tres en brazos —Daniel incluido— y me miró con una mezcla de amor y gratitud.
Pero aún hoy, cuando escucho el teléfono sonar tarde por la noche, siento un escalofrío recorrerme la espalda. El pasado nunca desaparece del todo; solo aprende a convivir con nosotros.
A veces me pregunto: ¿Cuánto estamos dispuestos a ceder para proteger nuestra felicidad? ¿Es posible construir un hogar sobre las ruinas del dolor ajeno? ¿Vosotros también habéis sentido alguna vez esa sombra acechando vuestra alegría?